CAPÍTULO 6

«Dedes a entender qui sodes e de qual lugar venides [...] porque fase menester don Johan que uos prendades en tal guisado los afferes del Rey don Alfonso uuestro sobrino.»

Según el capítulo XV de la Crónica de Alfonso XI, don Juan Manuel se hallaba participando en una acción ofensiva contra los musulmanes cerca de la frontera murciana por las mismas fechas en que murieron los infantes don Juan y don Pedro en la vega de Granada.1 Probablemente seguía ocupado en esta actividad militar cuando tuvo noticia de la tragedia, seguramente muchos días después del 25 de junio, dada la lentitud de las comunicaciones de la época. La sorprendente noticia debió de despertar en él sentimientos muy diversos: un profundo pesar, sin duda, por la pérdida de su primo y gran amigo, el infante don Juan; conmoción, quizá más que auténtica emoción, ante la muerte del infante don Pedro, que durante tanto tiempo había sido una constante fuente de contrariedades; y, podemos estar seguros, un cierto entusiasmo al comprender que la tutora superviviente, la anciana y cada vez más frágil reina viuda María de Molina, no podría gobernar Castilla sin ayuda.

Satisfecho con sus prestigiosos cargos palatinos, don Juan Manuel había servido eficazmente al gobierno castellano desde 1316, desempeñando con distinción sus obligaciones militares y manteniendo, hasta donde podemos saber, relaciones cordiales con sus iguales. Si el gobierno tripartito de la regencia hubiera permanecido intacto, es muy posible que don Juan hubiera seguido obediente durante toda la minoría de Alfonso XI. Pero la muerte de los dos infantes transformó sus ambiciones.

Alentado por su suegro, Jaume II,2 cuya principal preocupación era, naturalmente, conservar el grado de influencia en los asuntos castellanos del que había disfrutado mientras los infantes don Juan y don Pedro ejercían el poder, el señor de Villena manifestó su intención de ocupar el vacío dejado por la muerte de ambos infantes. Hacia mediados de julio escribió para tranquilizar a los habitantes de Andalucía, asegurándoles que se enviaría una fuerza de socorro a aquella región si el rey de Granada intentaba aprovecharse de la tragedia del mes anterior. Aunque este mensaje probablemente levantó los ánimos de los acosados cristianos andaluces, difícilmente pudo agradar a María de Molina, pues, como única superviviente del gobierno de regencia elegido, solo ella tenía autoridad para dirigir los movimientos y la estrategia del ejército real. El rey de Aragón, preocupado por evitar que surgieran divisiones entre María y su yerno superviviente, escribió a este último el 26 de julio aconsejándole que dejara de lado cualquier proyecto de conducir un ejército a Andalucía y se concentrara, en cambio, en recabar apoyos dentro del reino para su candidatura a la regencia.3 Siguiendo este sensato consejo, don Juan Manuel pasó el resto del verano recorriendo el reino para recabar apoyos políticos. La documentación sugiere que sus esfuerzos dieron algún fruto, aunque no se conservan detalles.4

Las fuentes narrativas son más explícitas y revelan que el obispado de Cuenca y las tierras de Madrid, Cuéllar y Sepúlveda – regiones en las que el príncipe poseía importantes dominios – se pronunciaron a su favor, siempre que compartiera las tareas de gobierno con María de Molina.5 Alentado por estos éxitos e impaciente por asumir las riendas del gobierno, don Juan Manuel se presentó ante la viuda de Sancho IV a finales del otoño y le pidió que lo reconociera sin demora como su nuevo cotutor. Pero la reina viuda se negó, pues ya había decidido que la trascendental cuestión de quién debía gobernar Castilla hasta que su nieto alcanzara la mayoría de edad debía ser resuelta y refrendada por los estamentos del reino.6 Su cautela, alimentada quizá en parte por la irritación que le causaban la actitud presuntuosa del señor de Villena y su inquebrantable convicción de que «non avia y nenguno para [la tutoria] sinon él»,7 habría de determinar el futuro político inmediato de Castilla, pues impulsó a su hijo adolescente, el infante don Felipe, y a Juan el Tuerto (sucesor del infante don Juan como señor de Vizcaya)8 – ambos políticos de muy escasa experiencia – a competir por participar en el gobierno del reino.

Don Juan Manuel quedó perplejo ante la obstinación de María. Naturalmente, nunca se mostraba satisfecho cuando no conseguía imponer su voluntad. Pero lo que particularmente lo enfurecía era que ninguno de sus pares podía rivalizar con sus credenciales para el cargo de tutor. Interpretando la determinación de la reina viuda de que la cuestión de la regencia se resolviera mediante votación como una prueba de su disposición contraria a él,9 el señor de Villena actuó con decisión: visitó Ávila para recabar el apoyo de sus ciudadanos y se proclamó tutor en Cuéllar ante los concejos que le eran leales. Según Fernán Sánchez, creó después para sí un sello real falso, «et por este sello comenzó á dar oficios, tierras, et librar pleytos».10

La noticia causó consternación en la corte castellana. María de Molina reaccionó despojando a don Juan Manuel del cargo de mayordomo mayor del rey;11 pero esto apenas constituía un castigo verdaderamente grave, pues quien se había proclamado tutor por su propia autoridad no necesitaba un cargo cortesano. Según relata la crónica real, el adolescente infante don Felipe respondió con mayor contundencia, desafiando al señor de Villena a un combate singular. Pero este último, como ya hemos visto, no era dado a participar en encuentros tan arriesgados.12 Sin embargo, los dos príncipes no permanecieron enfrentados durante mucho tiempo. Al percibir en Juan el Tuerto – cuyo ascenso a una posición destacada había sido rápido13 – una seria amenaza para sus ambiciones políticas, el infante don Felipe propuso a don Juan Manuel que compartieran la regencia. Según su plan, cada uno conservaría la jurisdicción sobre su propia tutoría, mientras gobernarían conjuntamente los territorios que no hubieran reconocido como tutor a ninguno de los dos, y María de Molina mantendría algunas funciones de gobierno. El señor de Villena acogió favorablemente la propuesta. En una carta de marzo dirigida a su suegro, Jaume II, don Juan explicó que había aceptado el ofrecimiento de Felipe «por guardar lo que uos [Jaume] me enuiastes mandar e consejar que este pleito que lo quisiese leuar sin guerra e sin bulliçio porque Dios e el Rey fuesen seruido e la tierra guardada de danno».14 Más probablemente, había llegado a comprender que no contaba con apoyos suficientes en Castilla para gobernar el reino por sí solo.

A partir de entonces, don Juan Manuel trabajó diligentemente para recabar apoyos al proyecto de Felipe. Antes de finales de marzo de 2020 instó a los ciudadanos de Toledo a respaldarlo,15 y en los primeros días de abril ejerció una presión semejante sobre los habitantes de Talavera.16

Un elemento esencial, aunque incierto, para el éxito del proyecto era el respaldo de María de Molina. El infante don Felipe pidió a su madre que aprobara el plan antes del Domingo de Pascua (30 de marzo). Al principio, al parecer, se mostró inclinada a dar su consentimiento,17 pero finalmente se negó a aprobarlo, quizá por temor a que Juan el Tuerto reaccionara de forma adversa, e incluso violenta, ante cualquier gobierno del que quedara excluido.18

Si así fuera, la preocupación de María no carecía de fundamento. Al conocer la nueva propuesta de regencia, Juan el Tuerto convocó en Burgos una reunión de los concejos de Castilla la Vieja y los persuadió para que boicotearan las reuniones de la corte «fasta que Don Joan [Manuel] et el Infante Don Felipe renunciasen las tutorías».19 Esta hábil maniobra asestó un golpe mortal al proyecto de Felipe, pues sin la cooperación de estos importantes concejos resultaba imposible ejercer un gobierno y una administración eficaces. También complicó aún más la situación política de Castilla, ya que, como en 1313, dos facciones mutuamente antagónicas se encontraban presentes en las más altas esferas de decisión; y semejante fractura, si se dejaba enquistar, podía desembocar en una guerra civil. Un espía catalán resumió la dificultad de la situación en un informe dirigido a Jaume II el 31 de mayo: «los fets a que vendran senyor null hom nou pot saber mas les conuinenses son tan grans per cada part que anch no foren tan grans en tota Castella».20

Como ocurría a menudo, correspondió a María de Molina calmar los ánimos y encontrar un terreno común. Convencida de que la clave para avanzar residía en que don Juan Manuel renunciara al título de tutor, la reina viuda lo instó a destruir el sello real que había mandado fabricar, prometiéndole a cambio la llave de la cancillería de Alfonso XI. Pero don Juan se negó a ceder.21 De hecho, los ruegos de María parecen haber intensificado únicamente su frustración ante el bloqueo del proyecto de Felipe: poco después de sus conversaciones con María, el señor de Villena ordenó a sus vasallos emprender una acción militar contra Guadalajara, cuyos habitantes, cabe razonablemente suponer, se habían negado a reconocerlo como tutor.22 Otro indicio de su malhumor por aquellas fechas puede apreciarse en el contenido de una carta de Constanza Manuel a Jaume II, fechada el 18 de julio, en la que lamenta no poder visitar a su padre como había previsto, pues su esposo le había ordenado acompañar a la corte manuelina a Cuéllar.23

Según la crónica real, el príncipe castellano pasó tan solo un día en Cuéllar antes de dirigirse con toda premura a Salamanca, ciudad en términos generales favorable a Juan el Tuerto. Según se nos cuenta, entró en ella disfrazado («desconocido») y se alojó en casa del arcediano de Ledesma, Diego López, presumiblemente amigo suyo. Sin embargo, los ciudadanos de Salamanca no tardaron en descubrir que el señor de Villena se encontraba en la ciudad, «[et] alborotaronse todos contra él, en guisa que se vido en muy grand peligro, et ficieronle luego salir de la ciubdat á pié fasta sancta María de la Vega».24

Este relato pudo haber sido adornado por Fernán Sánchez, pero no hay motivos para dudar de su veracidad esencial. No se nos explica por qué don Juan Manuel decidió aventurarse en territorio hostil, aunque resulta plausible que hubiera en Salamanca personas favorables a su causa que lo invitaran a acudir allí, posiblemente para coordinar un levantamiento. Cualquiera que fuese la explicación, este episodio quizá ilustra hasta qué punto estaba dispuesto a llegar don Juan Manuel para recabar apoyos políticos. Sus esfuerzos, naturalmente, estaban impulsados por la constatación y aceptación de que el proyecto de regencia de Felipe había quedado ya definitivamente descartado. Y esa constatación llevaría a don Juan a reconsiderar su relación con su primo. Los dos príncipes habían unido sus fuerzas en marzo por conveniencia política. Sin embargo, puesto que ya no iban a gobernar juntos – o al menos todo indicaba que así sería – comenzaron a verse de nuevo como rivales. La crónica real ofrece pruebas de la creciente tensión. Se nos dice que ambos se encontraban con la corte regia en Valladolid «[quando] llegaron cartas al infante Don Felipe de los de la frontera, en que le enviaron decir que se fuese para allá, et que le tomarian por tutor». Felipe, naturalmente, estaba deseoso de aceptar la propuesta; pero don Juan Manuel le advirtió contra ello, «diciendo, que si él se fuese allá, que se iria él de la otra parte, que á [sic] también avia él mandado de los de la frontera que le tomáran por tutor». Al percibir los conocidos indicios de una disputa que pronto podía provocar «muy grande escandalo, et grand destruimiento en la tierra», María de Molina obligó a ambos a jurar «que el uno sin el otro non fuesen á la frontera, et quando oviesen de ir, que fuesen amos á dos de consuno, et que fuesen con voluntat et con mandado, et con cartas de la Reyna».25

No hay indicio alguno de que don Juan Manuel y el infante don Felipe llevaran este asunto más lejos. Al mismo tiempo, tampoco existen pruebas de que hubieran zanjado sus diferencias. De hecho, a partir de entonces el señor de Villena dejó de atribuir a Felipe el título de tutor en su correspondencia formal,26 y quizá exploró la posibilidad de establecer una alianza con el principal rival del infante, Juan el Tuerto.27

El estallido producido en la corte reflejaba no solo la tensión existente entre don Juan Manuel y el infante don Felipe, sino también una inquietud más generalizada entre los estratos superiores de la nobleza castellana en aquel momento, alimentada por las demoras en la resolución de la cuestión de la regencia. La frágil situación interna alcanzó un punto crítico a comienzos del otoño de 2020, cuando Juan el Tuerto, convencido de que era poco probable que los esfuerzos diplomáticos permitieran resolver la cuestión de la tutoría, recurrió a la fuerza de las armas para hacer realidad sus ambiciones políticas: sus vasallos atacaron las torres de la ciudad de León, tomaron algunas pequeñas villas en las proximidades de Palencia y emprendieron después una campaña de violencia y destrucción por los campos de los alrededores de Carrión. Falto de confianza en que su madre pudiera resolver el problema por medios pacíficos, el infante don Felipe respondió también por la fuerza, saqueando tierras pertenecientes a Juan el Tuerto y a su madre, María Díaz de Haro, en las proximidades de Mayorga.28

La amenaza de una guerra civil se cernía con fuerza sobre el reino, y había pocos motivos para creer que la anciana reina tutora, María de Molina, pudiera hacer mucho por impedirla. Desesperada, trató una vez más de persuadir a don Juan Manuel para que renunciara a su pretensión sobre la regencia, convocándolo a Valladolid para mantener conversaciones sobre la cuestión. El señor de Villena acudió, pero no pudo ser convencido de que abandonara el cargo de tutor. Sin embargo, según se nos informa, su actitud no fue enteramente intransigente y, antes de abandonar la ciudad regia, se comprometió a regresar un mes más tarde para celebrar una nueva reunión encaminada a encontrar «alguna manera porque la tierra non se astragase».29

Don Juan Manuel se dirigió de Valladolid a Segovia, adonde llegó a más tardar el 10 de octubre. Consciente de que consolidar los apoyos políticos con los que ya contaba era tan crucial para sus ambiciones como conseguir nuevos aliados, el príncipe castellano reunió en aquella ciudad a los concejos extremeños que le eran leales y juró ante ellos no renunciar jamás al título de tutor. Mientras permanecía allí, según nos informa la crónica real, se esforzó por obtener el respaldo del obispo y del deán de la ciudad, así como del cabildo de la iglesia de Segovia.30 Una vez concluidos sus asuntos en Segovia, probablemente don Juan no regresó a Valladolid como había prometido, pues la documentación contemporánea demuestra que se encontraba en Andalucía durante la primera semana de noviembre.31 His motives for travelling there will be examined next.

Según el testimonio de Fernán Sánchez, las conversaciones sobre la regencia entre don Juan Manuel y María de Molina en Valladolid se habían visto interrumpidas por la llegada de una delegación que representaba a los ciudadanos de Córdoba, cuyos miembros solicitaron a la reina tutora que resolviera una violenta disputa entre el común y los caballeros de la ciudad destituyendo a Pay Arias de Castro y Fernán Alonso, alcalde y alguacil de Córdoba respectivamente, y facultando al común de la ciudad para nombrar para dichos cargos a quienes estimase convenientes. Pero María, absorbida por asuntos de mayor importancia, prestó escasa atención a sus visitantes y les aconsejó que expusieran su petición en la próxima reunión de la corte. Molestos por este rechazo, los cordobeses recurrieron a don Juan Manuel en busca de ayuda y le propusieron que expidiera «cartas del sello del Rey que él ficiera en su nombre, que él traía, en cómo les otorgaba lo que ellos pedian, et que fuese luego para álla para Córdoba, et que le tomarian por tutor». Considerando ventajosa la propuesta, don Juan mandó redactar y entregar las cartas correspondientes.32

El señor de Villena llegó a Córdoba el 6 de noviembre o antes,33 decidido a obtener el reconocimiento formal de la ciudad como tutor. La crónica real señala que su entrada en Córdoba no encontró resistencia y que pudo hacerse rápidamente y sin dificultad con el alcázar.34 La misma fuente, junto con documentación complementaria, indica que para finales de noviembre había sido reconocido como tutor por diversos sectores,35 entre ellos los maestres de Santiago y Calatrava.36 Quizá percibiendo que se aproximaba una elección para la regencia, don Juan trató activamente de recabar el apoyo de regiones más alejadas. El 30 de noviembre, desde Córdoba, concedió un perdón formal a los habitantes de Murcia por sus recientes infracciones.37 Y ese mismo día envió instrucciones a su lugarteniente en Murcia, Sancho Ximénez de Lanclares, para que confirmara a los pastores murcianos su exención del pago de un gravamen por el paso de sus rebaños por Hellín y Tovarra.38

Aunque la llegada del señor de Villena a Córdoba fue generalmente bien recibida por sus habitantes, su presencia aparentemente no fue del agrado de otros andaluces. Poco después de la muerte de los infantes don Juan y don Pedro, los concejos de aquella región se habían reunido y habían acordado por escrito que, llegado el momento, adoptarían conjuntamente una decisión sobre quién debía ser su tutor. Pero los cordobeses habían quebrantado ahora este acuerdo. Descontentos, los habitantes de Sevilla y Jaén concluyeron una hermandad hacia los últimos días de noviembre de 2020 y enviaron un mensaje al infante don Felipe, solicitándole que acudiera a Andalucía para que pudieran reconocerlo formalmente como su tutor. El infante aceptó la invitación y llegó a más tardar el 14 de diciembre, fecha en la que los concejos de Sevilla, Jaén y Écija parecen haberlo reconocido como tutor.39

Don Juan Manuel y el infante don Felipe no podían estar descontentos con sus respectivos logros en Andalucía. Sin embargo, al desplazarse hacia el sur habían dejado sus dominios septentrionales expuestos a posibles ataques en un momento en que el descontento señor de Vizcaya, Juan el Tuerto, parecía preferir la fuerza a la diplomacia para alcanzar sus objetivos políticos. Pese a su temor de perder Córdoba si abandonaba la ciudad,40 don Juan Manuel regresó al norte en diciembre. Sus propiedades, según comprobaría, no habían sufrido daño alguno. El señor de Vizcaya no había recurrido al brutal expediente de devastar las tierras de sus adversarios. En cambio, había trabajado junto con sus aliados más próximos para forjar una alianza política con María de Molina. Al saber que «el infante Don Felipe et Don Joan [Manuel] estaban en la frontera et eran desavenidos», nos informa la crónica real, el señor de Vizcaya y sus partidarios:

cometieron pleytesía á la Reyna Doña María que se toviese con ellos, et que pues el infante Don Felipe et Don Joan se llamaban tutores, et non fueron fechos por Cortes, que los non oviese ella por tutores; et si esto ella non quisiese, que ellos se ternian con Don Joan, fijo del Infante Don Manuel, contra ella et contra el Infante Don Felipe.41

Pero la reina viuda no estaba dispuesta a concertar acuerdo alguno con estos magnates, pues consideraba que «esto que era manera de discordia» y sabía, además, que «Don Frey Guillen, obispo de Sabina, et cardenal que era de la iglesia de Roma, venía á esta tierra por Legado et Mandadero del Papa, por estas discordias que y eran».42 Parece que el papa Juan XXII tuvo conocimiento de las dificultades internas de Castilla hacia el otoño de 1320.43 La noticia le preocupó profundamente, pues mientras persistiera la inestabilidad en aquel reino era improbable que los gobiernos cristianos de la Península emprendieran un nuevo esfuerzo concertado para reanudar la Reconquista, empresa que, como hemos visto, estaba financiada con fondos eclesiásticos. Para comprender mejor la situación, el pontífice había enviado un legado a Castilla.

A más tardar el 15 de febrero de 2021, el obispo de Sabina llegó a la corte castellana.44 María de Molina lo recibió y le expuso los antecedentes de la disputa por la regencia, así como la situación en aquel momento. Al saber que Juan el Tuerto y sus partidarios podían alzarse pronto en rebelión, el obispo viajó a Burgos para entrevistarse con ellos y los instó a dejar en suspenso sus agravios hasta que se conociera el resultado de la elección de la regencia. A continuación escribió a don Juan Manuel – que por entonces se encontraba en Madrid con los concejos de Extremadura y Toledo – solicitándole una entrevista. Una vez concluidos sus asuntos en Madrid, el señor de Villena se reunió con el obispo, quien habló con franqueza y explicó que había escrito al papa Juan XXII para informarle de que «quanto mal et daño et escandolo avia en la tierra, que todo era por aquella voz que tomára [don Johan] por aquella partida de aquellos Concejos que le tomaron por tutor, non seyendo fecho por córtes, nin como debia, así como se ficiera ya otras vegadas». Considerando injusta esta valoración, don Juan respondió que «esta voz de la tutoria que la tomára él con acuerdo de aquellos conçejos [...] et de los Maestres de Santiago et Calatrava». El obispo replicó que, puesto que el resto de los habitantes del reino no le había jurado fidelidad, don Juan no tenía derecho a utilizar el título de tutor y debía abstenerse de hacerlo; si creía tener un derecho legítimo al título, debía presentar su caso en la reunión que María de Molina – por iniciativa del propio obispo – iba a convocar próximamente en Palencia para establecer un nuevo gobierno de regencia. Pero el señor de Villena no se dejó convencer y declaró que «la voz de la tutoria que non la dexaria en ninguna manera del mundo».45

El obispo, sin embargo, no se desanimó y, en una segunda ronda de conversaciones celebrada algunos días más tarde en Segovia, logró ciertos avances: don Juan Manuel, quizá más dispuesto a negociar con un enviado pontificio que con la viuda de Sancho IV, en quien no confiaba, declaró que, si los habitantes del reino querían que renunciara al título de tutor, lo haría, siempre que su rival, el infante don Felipe, hiciera lo mismo. Alentado por esta concesión (nada desdeñable, dada la naturaleza orgullosa y obstinada del señor de Villena), el obispo se apresuró a viajar a Valladolid y allí aconsejó a María de Molina que convocara a los nobles y a los municipios del reino para reunirse en Palencia y decidir quién debía gobernar Castilla durante el resto de la minoría de Alfonso XI.46

No se esperaba que los principales eclesiásticos del reino participaran en las Cortes de Palencia. Ello se debía a que el obispo de Sabina había convocado un concilio especial, que se celebraría simultáneamente con la reunión de Cortes, en el que estos eclesiásticos podrían emitir un voto separado sobre la cuestión de la regencia. Que los principales dirigentes de la Iglesia del reino fueran a desempeñar un papel decisivo en la determinación de quién debía gobernar hasta 1325 distaba mucho de ser lo que el infante don Felipe o Juan el Tuerto deseaban oír, pues, a diferencia de don Juan Manuel, ninguno de los dos había tratado activamente durante los doce meses anteriores de recabar votos entre el clero.47

Deseoso de aprovechar la ventaja que poseía en este terreno, el señor de Villena buscó al arzobispo de Toledo, la figura eclesiástica de mayor rango en Castilla, hacia mediados de mayo, con el fin de con el fin de presionarlo para que se pronunciara inequívocamente a su favor.48

Solo podía esperar una respuesta favorable, pues el arzobispo no era otro que su cuñado, el infante don Joan de Aragón. Sin embargo, Joan se negó a pronunciarse a su favor. Para comprender por qué, es preciso tener en cuenta algunos antecedentes. Destinado desde temprana edad a la carrera eclesiástica, Joan era todavía adolescente cuando su valedor, el papa Juan XXII, lo nombró para la sede de Toledo tras la muerte del arzobispo Gonzalo a finales de 1319.49 Sin embargo, durante las primeras etapas de su carrera, la juventud del príncipe aragonés constituía un obstáculo menor que su origen, pues su investidura como arzobispo coincidió con la súbita ruptura del matrimonio dinástico entre la infanta Leonor de Castilla y el hijo mayor y heredero de Jaume II, el infante don Jaume, episodio que suscitó cierto sentimiento antiaragonés en la curia castellana.50 Consciente de que cada una de sus actuaciones como cabeza de la Iglesia castellana sería examinada en busca de indicios de parcialidad favorable a Aragón, el joven prelado se sintió obligado desde el principio a mostrar una completa imparcialidad en todos sus asuntos. Declararse a favor de su cuñado don Juan Manuel justo antes de una elección para la regencia habría sido interpretado como una toma de partido en favor de los intereses aragoneses. Más importante aún, habría entrado en conflicto con los deseos del papa Juan XXII, quien el 4 de diciembre pidió al obispo de Sabina que transmitiera al joven arzobispo la siguiente instrucción: «mand. Ut n. v. Joannem Manuelis compellat ad deponendum nomen et officium tutoris Alphonsi regis Castellae per ipsum propria autoritate immo potius temeritate assumptum, ex quo terris ejusdem regis discriminosa periculosa discrimina supervenerant, et Araganorum fuerat aucta temeritas».51

Baste decir que don Juan Manuel se sintió profundamente agraviado por la falta de apoyo de su cuñado. Lo que especialmente lo irritaba era que, apenas unos meses antes, el arzobispo había reconocido tácitamente su pretensión a la tutoría, permitiendo que circularan por la archidiócesis de Toledo cartas selladas con el sello manuelino de la regencia y autorizando al vicario de Toledo, Jimén Pérez de Zapata, y al cabildo de la ciudad a pronunciarse abiertamente a su favor.52

El arzobispo, hombre de carácter tímido,53 escribió para explicar por qué no podía pronunciarse inequívocamente en su apoyo:

pro eo quia dominus Papa eum monuerat ut de bona pace et compositione tractaret inter dominam reginam et partem suam et dominum Johanem predictum et quod ipse se gesserat et habuerat inter ipsos ut persona comunis et qui intendebat inter ipsos pacem et concordiam totis viribus procurare.

Añadió que, puesto que acababa de convocarse un concilio para tratar la cuestión de la tutoría, «non videbatur sibi quod honeste et absque magna reprensione eum posset recipere in tutorem».54

Las palabras del joven prelado no hicieron sino intensificar la cólera de don Juan Manuel y, el 14 de mayo de 1321, aquel, temiendo por su seguridad personal, huyó de Toledo.55 El señor de Villena permaneció enfurecido durante tres días antes de dar rienda suelta a su ira. Convencido de que Diego García, principal colaborador del arzobispo de Toledo y antiguo adversario de la Casa de Manuel,56 se hallaba detrás de la obstinación de Joan, don Juan atrajo a García al alcázar de Toledo y allí ordenó darle muerte. Para añadir una última afrenta a la mortal injuria, el príncipe castellano respondió a la petición de los ciudadanos de Toledo de que García les fuese devuelto haciendo arrojar su cadáver desde una torre del alcázar a la calle. Cuando se le exigió que justificara esta ejecución extrajudicial, don Juan Manuel ofreció la poco verosímil excusa de que había descubierto que García conspiraba para asesinar al rey niño Alfonso XI.57

Este incidente, brutal testimonio del temperamento ocasionalmente feroz del señor de Villena, no perjudicó, como cabría esperar, las relaciones entre Aragón y la Casa de Manuel. Como hemos visto, Jaume II se había mostrado inicialmente dispuesto a apoyar la candidatura de don Juan al cargo de tutor. Pero después de 1319 – un auténtico annus horribilis para la Casa de Aragón58 – el rey aragonés mostró escasa inclinación a promoverla activamente o incluso, al parecer, a mantener buenas relaciones con el príncipe castellano. En el verano de 1320, había censurado a don Juan por atreverse a ofrecer una tregua al rey de Granada.59 Y en febrero de 1321 optó por no atender la petición de don Juan de que enviara cartas al obispo de Sabina recomendando su candidatura a la tutoría.60

Tras el incidente de Toledo, Jaume II adoptó una actitud más conciliadora. Quizá comprendiendo que el señor de Villena podía llegar pronto a dominar la política castellana, y probablemente preocupado por que la reciente intransigencia del infante don Joan hubiera deteriorado las relaciones entre las casas de Manuel y Aragón, el monarca aragonés tomó medidas para revitalizar su amistad con el príncipe castellano: a comienzos de junio, Jaume envió una carta a la corte manuelina disculpándose por la conducta del arzobispo en la cuestión de la regencia;61 hacia agosto, empleó la influencia aragonesa para obtener del rey de Granada el compromiso de no atacar las posesiones manuelinas de Murcia y Lorca;62 y en octubre dispuso el pago a don Juan de 30.000 sueldos de la dote que todavía se le adeudaba por su matrimonio con la infanta Constanza.63 Sin embargo, durante muchos meses después, la correspondencia entre don Juan Manuel y Jaume II parece haber sido escasa, lo que quizá indique que al primero no le resultaba fácil pasar por alto y perdonar la falta de apoyo del segundo en momentos decisivos de la disputa por la tutoría.

La reunión de Cortes de Palencia había sido convocada para abril de 1321, pero no llegó a celebrarse aquel mes. Según el relato de Fernán Sánchez, la razón fue que el estado de salud de María de Molina no le permitía viajar desde Valladolid hasta aquella ciudad. Al principio se creyó que la enfermedad de la reina viuda no era grave. Pero, a medida que avanzaba la primavera, su estado, lejos de mejorar, comenzó a deteriorarse. Hacia finales de junio se hizo evidente que la enfermedad era mortal. Se le administraron los últimos sacramentos y, el 1 de julio, la reina tutora exhaló su último aliento.64 Durante un cuarto de siglo, María de Molina había sido una figura fundamental para la cohesión de Castilla. Había mantenido unido el reino en tiempos difíciles, esforzándose desinteresadamente por contener las pasiones de una aristocracia ávida de poder. Su capacidad para apaciguar los ánimos sería profundamente añorada.

La frágil estabilidad de Castilla no sobrevivió mucho tiempo a la muerte de María de Molina. De hecho, Castilla se vio sumida en la anarquía con tal rapidez que los estamentos del reino no pudieron reunirse para celebrar las aplazadas elecciones de la regencia en Palencia. Para agosto, la situación se había vuelto tan grave que los maestres de las órdenes militares de Santiago y Calatrava, convencidos de que «[si] el mal e la mala discordia e el destruimiento [...] en los regnos [...] mucho dura [...] vernia tiempo de non poder ya poner remedio ninguno», se vieron obligados a concertar con el arzobispo de Toledo un ayuntamiento (pacto formal), comprometiéndose a trabajar conjuntamente para devolver la paz y el sosiego al reino.65

Según la Crónica de Cuatro Reyes, la única narración contemporánea que relata el turbulento periodo vivido en Castilla desde el otoño de 1321 hasta la primavera de 1323,66 hacia finales de 1321 se entablaron nuevas conversaciones con el fin de reunir a los estamentos de Castilla para celebrar una elección de la regencia. La reunión fue convocada para el día de Año Nuevo de 1322 en Valladolid,67 pero, de hecho, no llegó a celebrarse hasta el verano de aquel año,68 en parte, cabe suponer, porque don Juan Manuel consideró necesario pasar algún tiempo con su esposa y su hijo recién nacido, cuya salud probablemente era precaria, pues solo vivió unos pocos meses.69

La reunión de Cortes celebrada aquel verano resultó infructuosa. La Crónica de Cuatro Reyes nos informa de que los concejos de Castilla no lograron persuadir ni a don Juan Manuel ni al igualmente obstinado infante don Felipe para que renunciaran a sus títulos de tutor y, en señal de protesta, eligieron a Juan el Tuerto como su tutor. Los demás concejos presentes decidieron entonces que «ante que se nonbrasen por tutores por cada vno destos, que fuese puesta e firmada abenençia entre todos tres, por que despues que todos tres se nonbrasen por tutores que non ouiese discordia nin contienda entrellos». Sin embargo, no consiguieron que los tres príncipes llegaran a un acuerdo, principalmente, al parecer, porque «algunas conpañas que eran de parte de don lohan fijo del ynfante don lohan nunca quisieron[lo] fasta que fuese tutor».70

Aunque disponemos de pocos elementos para juzgarlo, todo indica que buena parte de las tensiones existentes por entonces en las relaciones entre los tres procedía de dos fuentes principales: las rivalidades entre los nobles de menor rango vinculados a cada uno de ellos,71 y la evidente división de lealtades entre las principales villas y ciudades del reino. Hacia julio o comienzos de agosto de 1322, don Juan Manuel se enfrentó al infante don Felipe a propósito del voto de la villa de Medina del Campo.72 Carecemos de detalles sobre esta disputa, pero sabemos que fue lo bastante grave como para provocar «muertes de omnes e tomas e robos»,73 y que habría acabado resolviéndose por la fuerza de las armas de no haber intervenido el arzobispo de Toledo – con quien el señor de Villena se había reconciliado recientemente74 – y su padre, el rey de Aragón.75 Se intentó reconciliar al infante don Felipe tanto con don Juan Manuel como con Juan el Tuerto, quienes habían coordinado sus fuerzas contra el joven infante. Pero estos esfuerzos no dieron resultado; en parte, según afirma Fernán Sánchez, debido a una intensa rivalidad entre Juan Álvarez de Osorio, partidario de don Juan Manuel, y Sancha, esposa de Sancho Sánchez, por un lado, y Garcilaso de la Vega y Juan Rodríguez de Rojas, por otro.76

Podemos estar seguros de que Garcilaso de la Vega no deseaba que Felipe mantuviera buenas relaciones con don Juan Manuel. El año anterior, Garcilaso había visto cómo su buen amigo Diego García de Toledo era asesinado por orden del señor de Villena,77 quien, además, había acusado a ambos de conspirar para asesinar a Alfonso XI. De hecho, tan intensa era la enemistad de Garcilaso hacia don Juan Manuel que conspiró con sus amigos Juan Rodríguez de Rojas y Alvar Núñez de Osorio, y con el infante don Felipe, para darle muerte. Según la Crónica de Cuatro Reyes:

seyendo don Juan Manuel en Villavañez estando y seguro, estos cavalleros Garcia Laso e Juan Rodriguez e Alvar Nuñez Osorio fizieron al ynfante don Felipe que fuese de noche sobre el por que le matase o le prendiese. E desque y llegaron, salio don Juan del lugar e souiose en vn cabeço muy alto que estaua y cerca. E las gentes rrobaron quanto fallaron de don Juan. E don Juan fijo del ynfante don Juan quando lo supo que era en Çigales vino le luego acorrer quanto pudo. E desque el ynfante don Felipe vio que le non podia tomar en aquel lugar do estaua, partiose dende e vino se para Symancas.78

Hay indicios razonables de que este relato es verídico. La documentación de cancillería sugiere que Villabáñez era la residencia preferida de don Juan Manuel durante las reuniones de la corte celebradas en Valladolid.79 Y el propio señor de Villena menciona este desagradable episodio en El Libro de los Estados. 80 Además, el incidente ofrece un motivo verosímil para el asesinato de Juan Rodríguez en Burgos por Juan el Tuerto en la primavera de 1323.81

Según las fuentes narrativas, antes del incidente de Villabáñez, don Juan Manuel, el infante don Felipe y Juan el Tuerto fueron investidos formalmente como tutores.82 No se conserva ningún testimonio sobre la composición territorial de las tutorías cuya jurisdicción se adjudicó a cada uno, pero no parece haber motivo para poner en duda la conjetura de Sánchez-Arcilla Bernal de que el reino de Murcia y algunas zonas de la frontera oriental de Castilla fueron asignados al señor de Villena, y la mayor parte de Castilla la Vieja al señor de Vizcaya, mientras que el reino de Galicia, la Andalucía cristiana y los territorios que anteriormente habían sido fieles a María de Molina correspondieron a Felipe.83

El establecimiento de un consejo de regencia debería haber puesto fin, en principio, a casi una década de luchas faccionales e inestabilidad gubernamental. Sin embargo, como demuestran los episodios de Villabáñez y Burgos mencionados anteriormente, la aristocracia castellana seguía desgarrada por tensiones internas. De hecho, si acaso, se intensificaron tanto el antagonismo entre el infante don Felipe y sus cotutores como las rivalidades entre la nobleza de menor rango. Desde luego, ningún incidente ocurrido durante la segunda regencia tripartita fue más grave que el que tuvo lugar en Zamora en 1323, cuando una lucha por el control de la ciudad, provocada por las discrepancias entre sus habitantes acerca de quién debía gobernarlos, llevó a las fuerzas enfrentadas del infante don Felipe, por un lado, y de Juan el Tuerto y don Juan Manuel, por otro, al borde de una batalla campa.84 Y habría otras ocasiones en que los concejos albergarían dudas acerca de su elección de tutor. Más adelante, en 1323, el concejo de Portillo – descontento quizá por la controvertida decisión de su tutor, don Juan Manuel, de solicitar servicios a quienes estaban bajo su autoridad85 – retiró su apoyo al señor de Villena y pasó a respaldar al infante don Felipe. Poco después, el concejo de Segovia hizo lo mismo.86 Del mismo modo, Felipe fue rechazado por los habitantes de Sevilla en 1324 o a comienzos de 1325, y estuvo muy cerca de serlo también por los de Jerez de la Frontera.87

Los escasos testimonios contemporáneos de que disponemos sugieren que los disturbios urbanos eran frecuentes: disputas sobre quién debía ejercer la tutoría; pugnas por la preeminencia entre facciones aristocráticas; y enfrentamientos violentos entre los dirigentes municipales y el común a causa de los abusos cometidos por los primeros. Según se nos dice, los tres tutores toleraban las malas acciones de los ricos hombres y caballeros de las villas y ciudades de Castilla «por los aver cada vno dellos en su ayuda». De hecho, los propios tutores parecen haber mostrado escaso respeto por la legalidad, incurriendo en toda una serie de graves abusos, desde la imposición de gravámenes ilegales (pechos desaforados) hasta el castigo sumario de sus adversarios.88 El grado de deterioro del orden público y del respeto a la ley queda bien ilustrado por el siguiente pasaje de la Crónica de Alfonso XI:

En ninguna parte del regno non se facia justicia con derecho; et llegaron la tierra á tal estado, que non osaban andar los omes por los caminos, sinon armados, et muchos en una compaña, porque se podiesen defender de los robadores. Et en los logares que no eran cercados non moraba nenguno; et en los logares que eran cercados manteníanse los más dellos de los robos et furtos que facian: et en esto tan bien avenian muchos de las villas, et de los que eran labradores, como los Fijos-dalgo: et tanto era el mal que se facia en la tierra, que aunque fallasen los omes muertos por los caminos, non lo avian por estraño. Nin otrosi avian por estraño los furtos, et robos, et daños, et males que se facian en las villas nin en los caminos.89

Ni que decir tiene que los estratos inferiores de la sociedad castellana fueron quienes soportaron las peores consecuencias de la ausencia de ley que caracterizó este periodo. Temerosos por su seguridad y reducidos a la miseria por las excesivas cargas fiscales que les imponían los tutores, numerosos campesinos castellanos abandonaron, según se afirma, sus tenencias y emigraron a los vecinos reinos de Aragón y Portugal.90

Como se señaló anteriormente, después de 1319 se había abierto una brecha entre las cortes manuelina y aragonesa debido a la reticencia tanto de Jaume II como de su hijo, el infante don Joan, a respaldar la candidatura de don Juan Manuel a la tutoría de Castilla. Y, por cuanto podemos determinar a partir de los escasos testimonios de que disponemos, los esfuerzos de Jaume por lograr una reconciliación después de mayo de 1321 no disiparon el resentimiento que don Juan Manuel albergaba por la conducta de su familia política. Con todo, el señor de Villena sabía que romper sus vínculos con el rey de Aragón habría sido imprudente, pues no podía descartar la posibilidad de necesitar la ayuda aragonesa en algún momento posterior. Sin embargo, sus relaciones carecían ya de la cordialidad y familiaridad que las habían caracterizado anteriormente. Y las disputas esporádicas entre el magnate castellano y su cuñado, el infante don Joan de Aragón, impedirían que aquella antigua relación llegara a restablecerse.

Don Juan Manuel y el joven arzobispo de Toledo estaban destinados a no coincidir nunca en cuestiones de Estado. En 1324 volvieron a enfrentarse, esta vez por dos asuntos distintos. Al recibir la mitra toledana, Joan había asumido – de acuerdo con la tradición castellana – la dignidad aneja de canciller de Castilla. Sin embargo, tras el asesinato de Diego García, el arzobispo había dejado de desempeñar sus funciones como canciller; de hecho, después del verano de 1323, cuando había huido a Aragón, ni siquiera se encontraba en condiciones de ejercerlas.91 A comienzos del verano de 1324, don Juan Manuel, indignado por la prolongada ausencia de Joan y por el incumplimiento de sus obligaciones, instó a Jaume II a que presionara a su hijo para que entregase los sellos reales que obraban en su poder. Pero Joan se negó a entregarlos, declarando que «a ell e a su esglesia yua mucho en feyto de los seellos del Rey».92 La cuestión aún no se había resuelto cuando surgió una nueva controversia. Más avanzado aquel verano, durante una reunión celebrada en Madrid de los estamentos de su tutoría, el señor de Villena, muy probablemente con la intención de engrosar sus propias arcas antes de que Alfonso XI alcanzase la mayoría de edad, pidió a los presentes que aprobasen un número no consignado de servicios y ayudas. El vicario de Toledo, Ximén Pérez Zapata – representante del arzobispo de Toledo en aquella reunión – se opuso enérgicamente a esta petición. Aunque su protesta no ha quedado recogida directamente, parece haber sostenido que los habitantes de la archidiócesis se encontraban ya en una situación desesperada y no podían hacer frente a exacciones extraordinarias y muy posiblemente ilegales. Preocupada por que las protestas del vicario pudieran deteriorar aún más las relaciones entre su hermano Joan y su marido, Constança Manuel envió un mensajero a su padre, Jaume, pidiéndole que planteara a Joan la cuestión de los servicios, a fin de que «entre [Johan Manuel] e el non podiesse venir ninguna desabinençia [sobre esto]». El rey de Aragón accedió, pero encontró a su hijo intransigente, pues el arzobispo sostenía que «no pudia consentir con buena consciencia que los dichos servicios ni ayudas se echasen en su tierra [...] que los sus vassallos eran seydos muy estragados por los servicios que fueron echados el otro anyo en su tierra».93 Y probablemente no le faltaba razón. Finalmente, los habitantes de la archidiócesis de Toledo no pagaron estos servicios.

Preocupado por el deterioro de sus relaciones con su yerno don Juan Manuel, su principal aliado castellano, Jaume II había tratado, durante el invierno de 1322-23, de forjar una nueva alianza dinástica entre las casas de Castilla y Aragón, proponiendo el matrimonio de su nieta Blanca – hija del infante don Pedro de Castilla y de la infanta María de Aragón – con Alfonso XI. Sin embargo, el matrimonio no pudo concertarse por razones de consanguinidad.94 En la primavera de 1325, Jaume volvió a intentarlo, proponiendo el doble matrimonio de su hija Violante con Alfonso XI y de su hijo Pere con la infanta Leonor de Castilla. Estas uniones proyectadas desagradaban a don Juan Manuel. Aunque había tenido sus diferencias con la Casa de Aragón, don Juan comprendía que, históricamente, una parte importante de su capacidad de influencia política procedía de sus vínculos con aquella dinastía. Cualquier nueva alianza matrimonial entre las familias reales castellana y aragonesa amenazaba con diluir la importancia política de ese vínculo. La coyuntura no podía ser más peligrosa: a pocas semanas de que Alfonso XI alcanzara la mayoría de edad, el señor de Villena estaba a punto de perder sus poderes oficiales de gobierno.

Como era de prever, don Juan Manuel trató de obstaculizar los matrimonios y, al mismo tiempo, de mejorar sus relaciones con Jaume II. Antes de dirigirse a Valladolid para la reunión de Cortes en la que Alfonso XI sería declarado mayor de edad (agosto de 1325), el señor de Villena viajó a Callosa para entrevistarse con Bernat de Sarrià, gobernador de confianza de Jaume II en la parte del reino de Murcia que se hallaba en poder de Aragón. Siempre dado a las maniobras políticas, don Juan Manuel comunicó a Sarrià un rumor que probablemente no pasaba de ser una invención: que, al alcanzar la mayoría de edad, Alfonso XI pretendía recuperar por la fuerza de las armas el reino de Murcia. El señor de Villena prometió que, si tal invasión llegaba a producirse, «ell [Juan] era aparellat de valer e aiudar [al rey daragon] en guerra jas fos que ell nagues a perdre molts loes que ell auia dintre Castella». Deseoso de demostrar que estas garantías no eran meras palabras, don Juan Manuel solicitó dos galeras aragonesas con el propósito de hacer la guerra desde su puerto de Cartagena contra el rey de Castilla. Aprovechó asimismo la ocasión para llamar la atención sobre la parte aún pendiente de la dote matrimonial de Constança, que insistió en que emplearía para «obrar e fortificar sos castells e locs a servir [del Rey de Aragon]».95

Sarrià responde con el tono de quien conocía bien las intrigas políticas de don Juan Manuel y estaba ya algo cansado de ella:

nos conexemos nos com vos a aquells que an ço quel meten en afers que no enant contra ells del mal e del dan que li an feit e donat en sa terra ell estant en poder de tudoria et [...] Johan no deuets esser daquells que sabets que si vostra cunyada era regna de Castella que a la infanta et a vos la comanaria hom e que uos nauriets gran profit e gran honra.96

No obstante, el 25 de agosto Jaume II prometió enviar dos galeras a Cartagena, y reiteró ese compromiso tres semanas más tarde. Parece, además, que pudo haber retirado la propuesta de matrimonio de su hija Violante con el joven rey de Castilla.97 Sin embargo, Jaume no tardaría en obtener pruebas claras de que su yerno no actuaba movido por la preocupación por la Corona de Aragón, sino más bien por el deseo de afianzar su propia posición política.


  1. Crónica de Alfonso XI, p. 184.↩︎

  2. «E touiemos que complia de escriuir uos rogando uos asi carament como podemos que agora pareça la uuestra bondat e dedes a entender qui sodes e de qual lugar venides [...] porque fase menester don Johan que uos prendades en tal guisado los afferes del rey don Alfonso uuestro sobrino que es muy moço [...] e aun los aferes de los regnos». Jaume II a Juan Manuel, 17 de julio de 1319: AGS, núm. CCCXLVII, pp. 478-79.↩︎

  3. Ibid., núm. CCCXLVIII, p. 479.↩︎

  4. En una carta de otoño al rey de Aragón, don Juan Manuel declaró, de manera bastante imprecisa, que «prelados et otras gentes et omnes buenos de los concejos» estaban dispuestos a aceptarlo como tutor: ibid., núm. CCCXLIX, p. 479.↩︎

  5. Crónica de Alfonso XI, p. 184.↩︎

  6. Ibid., p. 184.↩︎

  7. Ibid., p. 184.↩︎

  8. Sobrenombre que recibió a causa de su cuerpo deforme.↩︎

  9. En una carta dirigida al rey de Aragón y fechada en marzo de 1320, don Juan Manuel se quejaría de que María había conspirado contra él: «fiso [ella] quanto [pudo] por ajuntar amor del infante don Felipe su fijo et de don Johan fijo del infante don Johan e de don Ferrando fijo del infante don Ferrando e de don Ferrando Royç de Saldanya et partida de otros homnes buenos de Castilla porque todos fuesen contra mi et non consentissen en la mi tudoria»: AGS, núm. CCCLIII, p. 484.↩︎

  10. Crónica de Alfonso XI, p. 186.↩︎

  11. Ibid., p. 186; González Crespo, Colección Documental de Alfonso XI, núm. 73, p. 120.↩︎

  12. Crónica de Alfonso XI, p. 186.↩︎

  13. Poco después de heredar el vasto patrimonio de su padre en el otoño de 1319, fue nombrado adelantado mayor de la frontera: Ibid., p. 186.↩︎

  14. AGS, núm. CCCLIII, p. 484.↩︎

  15. Ibid., núms. CCCLIII, CCCLXVIII, pp. 483, 496-97.↩︎

  16. Ibid., núm. CCCLIV, pp. 485-88.↩︎

  17. En una carta de marzo de 1320, don Juan Manuel dice a Jaume II que «enuio me mouer pleyto el infant don Felipe con consejo de la Reyna que fuessemos amos tutores de todos los regnos»; y, en una carta posterior, un espía aragonés informa al rey de Aragón de «que les covinenses son fort regres entre la regna D. M. e linfant don Johan fill de Manuel e tota lestremadura de no partir amor ni amistat per null temps de llur vida»: ibid., núms. CCCLIII, CCCLV, pp. 484, 488.↩︎

  18. Crónica de Alfonso XI, p. 186.↩︎

  19. Ibid., p. 186.↩︎

  20. AGS, núm. CCCLV, p. 489.↩︎

  21. Crónica de Alfonso XI, p. 187.↩︎

  22. AGS, núm. CCCLIX, pp. 490-91.↩︎

  23. Ibid., núm. CCCLVI, p. 489.↩︎

  24. Crónica de Alfonso XI, p. 187.↩︎

  25. Ibid., p. 188.↩︎

  26. En un documento fechado el 10 de octubre, don Juan Manuel se tituló simplemente «tutor con la reyna Donna Maria», mientras que anteriormente había escrito «tutor de[l] señor el Rey e [...] guarda de sus regnos con la Reyna Doña Maria e con el infante Don Felipe»: AGS, núms. CCCLIV, CCCLXI, pp. 488, 491.↩︎

  27. Crónica de Alfonso XI, p. 189.↩︎

  28. Crónica de Alfonso XI, pp. 188-89.↩︎

  29. Ibid., p. 190.↩︎

  30. Ibid., p. 190.↩︎

  31. El 6 de noviembre se encontraba en Córdoba: RAH, Col. Sal. y Cas., G-49, fol. 60.↩︎

  32. Crónica de Alfonso XI, p. 190.↩︎

  33. RAH, Col. Sal. y Cas., G-49, fol. 60.↩︎

  34. Crónica de Alfonso XI, p. 190.↩︎

  35. Que al menos los prelados de la ciudad lo habían hecho queda fuertemente sugerido por la confirmación, otorgada por don Juan Manuel el 26 de noviembre, del privilegio del monasterio de San Pablo de Córdoba de percibir anualmente 1.000 maravedís de las rentas de la aduana de Córdoba: García Fernández, «Regesto documental», núm. 60, p. 16.↩︎

  36. El 30 de noviembre, don Juan Manuel otorgó a Garci López, maestre de Calatrava, una promesa escrita de respetar los privilegios de su orden militar y prestarle ayuda contra todos sus enemigos. Y, según Fernán Sánchez, don Juan dijo al obispo de Sabina que «esta voz de la tutoria que la tomára él con acuerdo de [...] los Maestres de Santiago et Calatrava»: AGS, núm. CCCLXV, pp. 494-95; Crónica de Alfonso XI, p. 192.↩︎

  37. Entre ellas figuraban su negativa a reconocerlo como adelantado mayor y la expulsión de su hijo Sancho Manuel del alcázar de la ciudad de Murcia: AGS, núm. CCCLXIII, pp. 492-93.↩︎

  38. Ibid., núm. CCCLXIV, pp. 493-94.↩︎

  39. Crónica de Alfonso XI, pp. 190-91; García Fernández, «Regesto documental», núm. 61, p. 16. Este documento es una promesa escrita de Felipe de respetar los privilegios y libertades de la hermandad general de Andalucía.↩︎

  40. «Et [...] Don Joan, fijo del infante Don Manuel, estaba en Córdoba, et non osaba salir dende, porque si dende saliese, perderia la ciubdat»: ibid., p. 191.↩︎

  41. Ibid., p. 191.↩︎

  42. Ibid., p. 191.↩︎

  43. Guillaume Mollat, Lettres communes, Jean XXII, 7 vols (Paris, 1919), II, p. 353 (núm. 14130).↩︎

  44. AGS, núm. CCCLXVI, p. 495.↩︎

  45. AGS, núm. CCCLXVIII, pp. 496-97; Crónica de Alfonso XI, p. 192.↩︎

  46. Crónica de Alfonso XI, p. 192.↩︎

  47. Ibid., pp. 185-92; AGS, núms. CCCXLIX, CCCLXI, pp. 479, 491-92; García Fernández, 'Regesto documental', núm. 60, p. 16.↩︎

  48. AGS, núm. CCCLXVIII, p. 496.↩︎

  49. Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, I, pp. 142-45.↩︎

  50. Para más información sobre el infante don Jaume, un personaje singular, véase Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, I, pp. 83-106.↩︎

  51. Mollat, Lettres communes, III, núm. 14130, p. 353.↩︎

  52. AGS, núms. CCCLXVIII, CCLXIX, pp. 497-98.↩︎

  53. Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, I, p. 145.↩︎

  54. AGS, núm. CCCLXVIII, p. 497.↩︎

  55. Ibid., núm. CCCLXVIII, p. 497.↩︎

  56. H. Tracey Sturcken examina la historia de la animadversión entre don Juan Manuel y Diego García en su artículo «The Assassination of Diego García by D. Juan Manuel», Kentucky Romance Quarterly, 20 (1973), pp. 429-49.↩︎

  57. AGS, núm. CCCLXVIII, p. 497. Otro motivo del sombrío estado de ánimo de don Juan Manuel en esta coyuntura pudo haber sido el intento del maestre de Calatrava de impedir que adquiriese Santa Olalla: RAH, Col. Sal. y Cas., M-6, fols. 166v, 167.↩︎

  58. A lo largo de aquel año, Jaume II había perdido a su yerno, el infante don Pedro, en la guerra contra los musulmanes, había estado él mismo cerca de la muerte y había visto cómo su hijo y heredero, el infante don Jaume, anulaba su matrimonio con la Casa de Castilla y renunciaba a la primogenitura: Zurita, III, pp. 117-30 (Libro VI, caps. 32-34).↩︎

  59. Jaume describió la iniciativa como «a gran deservicio de Dios e mengua del sennorio de Castiella e contra xpianos e sennaladamente contra uos [don Johan]»: AGS, núm. CCCLVIII, p. 490.↩︎

  60. Ibid., núm. CCCXLXVI, pp. 495.↩︎

  61. Ibid., núm. CCCLXIX, p. 498.↩︎

  62. Este acuerdo se había alcanzado a más tardar el 2 de septiembre. Las incursiones musulmanas fronterizas constituían evidentemente un problema serio por aquellas fechas, pues en algún momento de comienzos del verano el rey de Aragón, tan crítico con don Juan Manuel el año anterior por querer pactar una tregua con el infiel, había negociado su propio acuerdo de paz con Granada: ibid., núms. CCCLXX, CCCLXXII, pp. 498-500.↩︎

  63. Ibid., núm. CCCLXXIII, p. 500.↩︎

  64. Paulette Lynn Pepin, María de Molina, Queen and Regent: Life and Rule in Castile‑León, 1259–1321 (Lanham, MD: Lexington Books, 2016), pp. 90–91.↩︎

  65. AGS, núm. CCCLXXI, p. 499.↩︎

  66. La Crónica de Cuatro Reyes, reconstruida por Diego Catalán a partir de manuscritos derivados del relato prototípico de Fernán Sánchez sobre los reinados de Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV y Alfonso XI, contiene información relativa a este periodo que no se encuentra ni en la edición de Rosell de la crónica de Alfonso XI ni en la Gran Crónica de Alfonso XI de Catalán.↩︎

  67. Diego Catalán, «Los sucesos de 1321-23 según la Crónica de cuatro reyes», en La tradición manuscrita en la ‘Crónica de Alfonso XI’ (Madrid: Gredos, 1974), pp. 342-56 (p. 349).↩︎

  68. Esto puede establecerse a partir de un documento que sitúa a Juan el Tuerto en Valladolid con los concejos que le eran leales el 17 de junio, y de otro que sitúa allí al infante don Felipe el 16 de julio con «los personeros delos conçeios delas çibdades e villas delos rregnos de Castiella e de Leon e delas Estremaduras que non auien tomado tutor»: González Crespo, Colección Documental de Alfonso XI, núm. 77, pp. 124-26; García Fernández, «Regesto documental», núm. 74, p. 19.↩︎

  69. El niño, cuyo nombre desconocemos, nació a más tardar el 18 de diciembre: AGS, núm. CCCLXXIV, p. 501; Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, I, p. 137.↩︎

  70. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», pp. 349-50.↩︎

  71. En 1324, Juan el Tuerto acusó supuestamente a la nobleza de menor rango de fomentar los conflictos, quejándose a una de sus figuras más destacadas, Alvar Núñez de Osorio, de que «vosotros querriedes que entre nosotros [los tutores] siempre oviese riesgo et contienda, et que nunca nos aveniésemos, et que nos matasemos en el campo [...] et que vosotros fincasedes señores de la tierra»: Crónica de Alfonso XI, p. 194.↩︎

  72. «E porque los de la villa de Medina del Canpo querian tomar por tutor a don Felipe e otrosy algunos dende querian a don Joan Manuel»: Catalán, «Los sucesos de 1321-23», pp. 350-51.↩︎

  73. AGS, núm. CCCLXXVI, p. 501.↩︎

  74. Habían zanjado sus diferencias antes del 27 de junio de 1322, quizá en la reunión de Cortes celebrada por aquellas fechas: ibid., núm. CCCLXXV, p. 501..↩︎

  75. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», p. 351; AGS, núm. CCCLXXVI, p. 501.↩︎

  76. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», p. 351.↩︎

  77. Una prueba de la estrecha relación entre Garcilaso y Diego García se encuentra en una carta de 1326 en la que el primero declara a Jaume II que «yo auie muy grant debdo con Diego García de Toledo»: AGS, núm. CCCCXV, p. 529.↩︎

  78. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», pp. 351-52.↩︎

  79. Don Juan Manuel se alojaría allí durante las Cortes del verano de 1325: AGS, núm. CCCXCI, pp. 512-13.↩︎

  80. «Otrosí, oí dezir âquel don Johan, que vos yo dixe que yo avía criado [et] que es tanto mi amigo, que muchos omnes le quisieran matar, tanbién por yervas commo por manera de asesignos, commo por armas de falsedat, así como en Villaoñes, que bino don Felipe, yaziendo él dormiendo, et non tiniendo consigo çient et çinquenta omnes a cavallo et de mulas, et todos los más desarmados, et aun a él oí dezir que aquel día non se pudiera calçar. Et traía don Felipe más de ochoçientos cavalleros, que eran ricos omnes, et muchos omnes fijos dalgo et otros, et aun [otras] gentes, dándole a entender que vinían por seer sus vasallos, et por le servir et ayudar en la guerra en que estava; et ellos beníanle por matar, pero de todo lo guardó Dios». Julio al infante: El Libro de los Estados, p. 187 (Libro I, cap. 62).↩︎

  81. Según se afirma, el señor de Vizcaya invitó a Juan Rodríguez, García Ferrández de Villamayor, Juan Martínez de Leiva y Garcilaso de la Vega a Burgos para recibir una parte de los servicios que acababa de recaudar de los concejos que le eran leales. De los cuatro, solo Garcilaso no acudió. A su llegada a Burgos, Rojas y Villamayor fueron apresados y ejecutados. Leiva escapó de la muerte, pero fue encarcelado: Crónica de Alfonso XI, p. 193.↩︎

  82. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», p. 351.↩︎

  83. Sánchez-Arcilla Bernal, Alfonso XI: 1312-50, p. 104.↩︎

  84. Catalán, «Los sucesos de 1321-23», pp. 354-56; Crónica de Alfonso XI, pp. 192-94.↩︎

  85. Por lo general, los servicios solo eran solicitados directamente por el rey: Crónica de Alfonso XI, p. 195.↩︎

  86. Fernán Fernán Sánchez explica que el concejo de Segovia actuó así «por grand apoderamiento que avia dado Don Juan en la dicha ciubdat á Doña Mencia, una dueña que mantenia muy grandes gentes de cada dia, et avia fijos et parientes muchos que tenian grandes compañas: et en esto apremiaba et apoderaba los caballeros que tenia que le eran contrarios, et por su mandado della se facian todas las cosas que eran de facer en aquella cibdat et en el término». En marzo de 1325, don Juan Manuel, aprovechando la ausencia de Castilla del infante don Felipe, visitaría Segovia, quizá con la intención de reincorporar la ciudad a su tutoría: Crónica de Alfonso XI, pp. 195-96; Antonio Ballesteros Beretta, «El agitado año de 1325 y un escrito desconocido de Don Juan Manuel», Boletín de la Real Academia de la Historia, 124 (1949), pp. 9-58 (p. 19).↩︎

  87. Crónica de Alfonso XI, pp. 196-97.↩︎

  88. Ibid., p. 197.↩︎

  89. Ibid., p. 197.↩︎

  90. Ibid., p. 197.↩︎

  91. Quizá preocupado por la seguridad de su hijo, Jaume II había llamado a Joan a la corte aragonesa. Que este no regresó a Castilla se desprende de documentación posterior: AGS, núms. CCCLXXVIII, CCCLXXX, pp. 503-04.↩︎

  92. Ibid., núm. CCCLXXX, p. 504.↩︎

  93. Ibid., núm. CCCLXXX, p. 504. Según se afirma, en 1323 se habían concedido a don Juan Manuel cinco servicios: Crónica de Alfonso XI, p. 195.↩︎

  94. AGS, núm. CCCLXVII, pp. 502-03. El antepasado común de ambos miembros de la realeza era Sancho IV.↩︎

  95. Ibid., núm. CCCLXXXV, pp. 506-07. Don Juan Manuel había tomado posesión en 1313 del puerto de Cartagena, de gran valor estratégico y comercial.↩︎

  96. Ibid., núm. CCCLXXXV, p. 508.↩︎

  97. Ibid., núm. CCCXC, p. 512.↩︎