CAPÍTULO 4
«Oviéronse a desavenir el Rey é el infante don Juan, é luégo se fué el infante don Juan del real é non quiso y fincar, é viniéronse con él (...] don Juan, fijo del infante don Manuel.»
La reunión de los monarcas cristianos de la Península concluyó con una fastuosa celebración.1 Después, los principales miembros de la familia real castellana, conscientes de que el otoño estaba ya próximo, se dirigieron hacia tierras propicias para la caza: Fernando IV y el infante Juan marcharon a León,2 y don Juan Manuel a Huete.3 Hacia finales de agosto o comienzos de septiembre, el señor de Villena, que aún no había alcanzado su destino, recibió noticias de que una fuerza musulmana de incursión estaba atacando posesiones aragonesas en el reino de Murcia. Movido quizá más por la necesidad de proteger sus propias tierras que por un verdadero deseo de prestar ayuda a la Corona de Aragón, don Juan aplazó sus planes de caza y reunió una hueste improvisada de vasallos en su fortaleza conquense de Garcimuñoz.4 La acción militar de los infieles parece haber sido uno de aquellos célebres «ataques relámpago» – la guerra guerriada descrita con no poca admiración por don Juan Manuel en El Libro de los Estados5 – pues el señor de Villena aún no había salido de Garcimuñoz cuando recibió nuevas noticias de que los invasores regresaban ya a sus tierras.6 El 20 de septiembre de 1304, Jaume II escribió desde Tortosa para agradecer a su futuro yerno el apoyo prestado en este asunto, dejando clara, a lo largo de la correspondencia, su irritación ante aquella descarada violación del Tratado de Ágreda:
avemos enviado aquestas nuevas [de la entrada de los moros] al rey de Castiella e al rey de Granada para saber si el dito rey de Granada querrá seer en la paç, assi como puesto es, porque mellor podamors proveher a los afers. Jassea que muy bien nos fuessemos vengados del dito rey de Granada, sino fuesse por la paç e l'amor que avemos con el rey de Castiella.7
Poco más de una semana después, don Juan Manuel recibió una nueva misiva procedente de Tortosa. «avemos avido cierto ardit», declaraba un exasperado Jaume II, «que los genetes son tornados en el regno de Valencia». Para hacer frente a esta nueva amenaza contra sus territorios meridionales, Jaume había resuelto conducir un ejército a aquella región y solicitó de don Juan Manuel apoyo militar.8 La documentación conservada no permite saber si el señor castellano atendió la petición; con todo, resultaría sorprendente que hubiese comprometido sus fuerzas, pues movilizar un ejército con tan escaso preaviso no era empresa sencilla ni poco costosa. Además, a la vista del episodio anterior, don Juan debió de preguntarse si tales ataques relámpago no se contrarrestaban con mayor eficacia mediante guarniciones sólidas que recurriendo a operaciones improvisadas de so. De hecho, es posible que el propio rey de Aragón llegara finalmente a la misma conclusión, pues durante los últimos meses de 1304 apenas se alejó de la frontera meridional de sus reinos.9
Hacia la segunda semana de noviembre, el maestre de Santiago, Juan Osórez, y el comendador de Montalbán, Artal de Huerta, procuradores respectivamente de las coronas de Castilla y Aragón, se dirigieron al reino de Murcia para tomar posesión formal de las villas, aldeas y fortalezas adjudicadas a cada una de las partes por la comisión arbitral de Torrellas. Para el 21 de noviembre se había completado la entrega de las plazas designadas, con la excepción de Elda y Novelda, que aún debían pasar a manos aragonesas. Osórez debía haber entregado ambas fortalezas el día 15 de aquel mes, pero no lo había hecho, al parecer porque Violante Manuel se negaba a autorizar la operación.10 La oposición de la hermanastra de don Juan Manuel obedecía a que aún no había recibido una compensación satisfactoria por la pérdida de Elda y Novelda. Antes del 17 de octubre, Fernando IV había aconsejado a Violante y a su esposo, el infante Afonso de Portugal, que aceptaran, a cambio de dichas villas, la de Pedraza, cerca de Somosierra, que describía como «muy buena villa e muy fuerte e muy bien poblada con aldeas e buenas et con muy buenos terminos e muy buenos montes»;11 sin embargo, la villa no fue entregada al matrimonio como se esperaba. El 21 de noviembre, Violante, al parecer poco dispuesta a regresar a Portugal mientras no quedara resuelta la cuestión de su indemnización, escribió desde Peñafiel, villa perteneciente al patrimonio de los Manuel, para suplicar a Jaume II de Aragón que no tomara posesión de Elda y Novelda ni percibiera las rentas correspondientes hasta que la Corona de Castilla la hubiese compensado a su entera satisfacción.12 Una semana después, don Juan Manuel, preocupado por que su hermanastra no viera mermadas sus rentas a causa de problemas ocasionados por terceros, envió desde Escalona una carta a Jaume II en la que le pedía que «las rrentas [de Elda et de Nouelda] non sean embargadas a mi hermana e el embargamiento que es fecho que lo mandades desfacer».13
La dificultad de fondo bien pudo radicar en que Violante no considerase Pedraza una compensación adecuada ni conveniente por la pérdida de Elda y Novelda, pues hacia finales de noviembre Fernando IV propuso que ella y su esposo recibieran en su lugar Medellín y Arroyo del Puerco, villas más próximas a la frontera portuguesa y, por tanto, más fáciles de administrar por el matrimonio. La propuesta parece haber sido aceptada, aunque surgieron ciertas dificultades en torno a la entrega de la segunda de aquellas villas,14 y quizá también al valor de las rentas correspondientes. El 7 de diciembre, una descontenta Violante reiteró por carta a Jaume II que no cedería Elda y Novelda a la Corona de Aragón hasta haber recibido una compensación adecuada, y le instó a valerse de su influencia sobre Fernando IV para resolver el asunto.15 El monarca aragonés respondió con comprensión y ordenó a su baile en el reino de Murcia, Pere Escrivà, que entregase a Violante cuantas rentas se hubieran recaudado de aquellas posesiones. El 14 de diciembre, Jaume volvió a escribirle para comunicarle que así lo había dispuesto y que se proponía plantear la cuestión de la indemnización a Fernando IV durante el próximo encuentro de ambos en Ariza.16
El rey de Aragón había concertado una nueva entrevista con su homólogo castellano, pues era necesario aclarar determinados aspectos del acuerdo de Torrellas, entre ellos, de manera destacada, la delimitación de la nueva frontera murciana, cuyo límite septentrional había quedado definido de forma bastante imprecisa. La reunión estaba prevista para finales de enero de 1305, pero hubo de aplazarse unas cuatro semanas debido a la prolongación de las conversaciones celebradas en Guadalajara con el fin de resolver la creciente disputa entre el infante don Juan y Diego López de Haro por el señorío de Vizcaya.17 La cuestión de la compensación a la Casa de Manuel se trató parcialmente en las conversaciones de Ariza; se confirmó que Violante recibiría, conforme a lo acordado antes de Navidad, las posesiones de Medellín y Arroyo del Puerco, y que el arzobispo de Toledo habría de determinar si las rentas de ambos lugares eran de valor comparable a las que percibía de Elda y Novelda. Contrariamente a lo que afirma Fernán Sánchez,18 don Juan Manuel no recibió indemnización alguna por la pérdida en favor de Aragón de las rentas de Elche. Es cierto que anteriormente había recibido Alarcón en compensación por Elche, pero esta restitución fue poco más que simbólica, pues no tenía derecho a percibir renta alguna de esta posesión conquense.19 The lord of Villena harangued Fernando IV through March for a settlement.20 El monarca castellano se resistió hasta aproximadamente el 23 de marzo, fecha en la que, por razones que se explicarán enseguida, concedió a don Juan Manuel el pleno dominio de Alarcón,21 lo que razonablemente cabe suponer que incluía el derecho a percibir todas las rentas y derechos de esta vasta posesión, una fértil propiedad que poco se parecía a la árida herencia que había perdido en 1296. Aunque estas tierras eran más aptas para la agricultura y la ganadería ovina, no podemos estar seguros de que generasen unos ingresos superiores a los de las propiedades de Elche, pues, según Pretel Marín, esta etapa de la historia de Alarcón se caracterizó por «repartos de tierras sin efectividad, retroceso urbano, vacío rural».22
Las escasas pruebas de que disponemos sugieren que Fernando IV pudo haber concedido Alarcón a don Juan Manuel con carácter perpetuo como medida conciliadora destinada a contrarrestar el peligro que suponía la alianza que este había concertado recientemente con su compañero de la nobleza Juan Núñez de Lara, quien también había salido insatisfecho de las conversaciones de Ariza.23 Este pacto, que no se menciona en la Crónica de Fernando IV, causó asimismo consternación en la corte aragonesa; principalmente, cabe suponer, por el rumor de que el señor de Villena pretendía afianzarlo mediante un matrimonio con Juana Núñez de Lara.24 La preocupación de Jaume II queda atestiguada por documentación que demuestra que ejerció presión sobre Fernando IV para que concediese a don Juan Manuel el dominio hereditario de Alarcón.25 Que Fernando no tenía especial interés en indemnizar a su primo parece desprenderse de su petición a su vecino oriental de una compensación en forma de Cartagena. Tras algunas vacilaciones, Jaume renunció a ella, presumiblemente para preservar la recién establecida concordia entre ambos reinos.26
El pacto con el poderoso linaje de los Lara, quizá nacido de la frustración ante el hecho de que la alianza entre la Casa de Manuel y la Corona de Aragón no hubiera reportado hasta entonces ningún beneficio material o político significativo, había dado fruto casi de inmediato. Y esta relación habría de resultarle aún más útil. El principal objetivo de la reciente reunión de Ariza, como ya se ha señalado, era delimitar con mayor precisión la nueva frontera murciana, en particular su tramo septentrional. Sin embargo, debido a la prolongación de las negociaciones diplomáticas sobre otros asuntos, Fernando IV y Jaume II no habían logrado resolver la cuestión. Dado que sus apretados itinerarios dificultaban la celebración de una nueva entrevista personal, los dos monarcas decidieron nombrar plenipotenciarios para alcanzar una solución.27 El 12 de mayo, los designados – Diego García de Toledo (canciller del Sello Secreto en Castilla) y Gonzalo García (consejero del rey de Aragón) – se reunieron en Elche para entablar conversaciones con ese fin. Sin embargo, no lograron alcanzar rápidamente un acuerdo, quizá en buena medida porque don Juan Manuel había advertido a Diego García que no tratase de obtener para Aragón derechos de propiedad o jurisdicción sobre ninguna de las tierras manuelinas situadas en las proximidades. Una carta de mayo de Gonzalo García a su soberano, Jaume II, arroja luz sobre las dificultades provocadas por semejante injerencia y nos brinda, además, una opinión contemporánea sobre don Juan Manuel:
Sennor [...] Diego Garcia [...] e yo fuemos en Elche XII dias de Mayo e començamos a tratar [...] de los terminos [...] auemos examplado la uuestra tierra de grant partida que es y Sax que nos metían en question e Jumilla e Alcabdet e Yecla como quiere que uiniese dentro de los mogones nunca lo podiemos acabar con Diego Garcia diçiendo que antes nos daria seys jornadas de tierra de la del Rey de Castiella que no aqueste lugar ni otro semblant de Don Johan Manuel que luego querría auer emienda del Rey de Castiella sol por la senoría que bien conoçían ellos la manera de Don Juan Manuel que siempre faría redimir al Rey e que de tal guisa los auía escarmentado del fecho de Alarcón que entro al coraçon los plegaua. E assi viendo que no se podia fazer lexamos lo estar que no es lugar de recaudo saluo que caye en nuestra comarca.28
Los dos procuradores necesitaron siete días completos para precisar la frontera. Finalmente se acordó que la nueva línea partiría hacia el sudoeste desde La Encina, pasando por Almansa y Caudete, para discurrir después entre Yecla y Montealegre y continuar a lo largo de la sierra de las Cabras, entre Hellín y Jumilla, hasta alcanzar el río Segura, cuyo curso inferior delimitaba ya el resto de la frontera. La relativa claridad de este nuevo trazado, sin embargo, quedó alterada por la decisión de permitir que la posesión manuelina de Yecla permaneciese como enclave castellano dentro del territorio asignado a Aragón. Parece poco probable que se hubiera sancionado una anomalía semejante sin que existiera preocupación, tanto en la corte castellana como en la aragonesa, por el pacto de don Juan Manuel con Juan Núñez de Lara, quizá agravada por una reticencia general a verse envueltos en otra prolongada disputa territorial.29 Cualesquiera que fueran los motivos precisos, esta anomalía geográfica constituía una expresión visible de la creciente influencia del señor de Villena en el ámbito de la política peninsular.
Con Alarcón asegurado a perpetuidad y la frontera murciana revisada conforme a sus intereses, el pacto había cumplido su propósito. Y ahora había dejado de serle útil. Hacia la tercera o cuarta semana de mayo de 1305,30 el señor de Villena, deseoso de restablecer su posición en la corte, se presentó en una reunión de los estamentos de Castilla celebrada en Medina del Campo con el fin de aclarar «algunas cosas que eran mouidas en casa del Rey las quales no eran assi», como explicaría al rey de Aragón en una carta de junio.31 Parece claro que don Juan Manuel pretendía disipar el rumor de que proyectaba contraer matrimonio con una miembro del linaje de los Laran, pues, según un testigo presencial, llegó a Medina «con grant gent por reçelo de don Juan Nunyeç». Además, entre el señor de Villena y Juan Núñez había «una poca de bregua», derivada, sin duda, de la aparente manipulación de la familia Laran por parte del primero.32 Posiblemente preocupado por su seguridad, don Juan Manuel no permaneció mucho tiempo en Medina y partió el 26 de mayo o poco antes.33 Un complacido infante don Juan aludió al asunto en una carta dirigida al rey de Aragón, fechada el 29 de mayo: «finca asosegado don Johan Manuel para ser siempre a seruiçio del Rey de Castiella e uuestro e de seer siempre otrosi mio amigo e en la mi ayuda».34
Satisfecho con su situación, don Juan Manuel pasó buena parte del verano cazando en sus posesiones orientales.35 Parece que su relación con la Corona de Aragón no se había visto gravemente dañada por el rumor de su compromiso matrimonial con Juana Núñez de Lara, pues antes del 16 de junio Jaume II envió al señor castellano un halcón como regalo,36 y durante ese mismo mes ambos intercambiaron una correspondencia cordial y jocosa en torno a la caza.37 El rey de Aragón, sin embargo, era demasiado prudente como para descartar sin más semejantes rumores y, por ello, más avanzado aquel verano, deseoso de reforzar el compromiso matrimonial de su hija Constança con el señor de Villena – y asegurar así una futura influencia aragonesa en los asuntos castellanos – ordenó a unos procuradores aragoneses que obligasen a este último a entregar en prenda a la Corona de Aragón varias fortalezas, como garantía de que no contraería matrimonio con otra mujer mientras viviese Constança.38 Y al saber por Bernat de Sarrià que se había obtenido la dispensa eclesiástica necesaria para la unión,39 Jaume II pidió a don Juan Manuel que acudiese a la corte aragonesa por San Miguel, a fin de que pudieran revisar el borrador del contrato matrimonial.40 Sin embargo, antes del 5 de septiembre, y por razones que se desconocen, el rey de Aragón aplazó las conversaciones matrimoniales hasta diciembre.41
Aparentemente debido a nuevos problemas por parte aragonesa, la reunión prevista para diciembre no llegó a celebrarse. Ya en el nuevo año (1306), Jaume II escribió a don Juan Manuel proponiéndole que acudiese a Valencia por Pascua, cuando Fernando IV y su corte estarían de visita.42 El 14 de marzo, el señor de Villena partió del castillo de Garcimuñoz rumbo a la ciudad portuaria, adonde llegó a más tardar el día 21.43 Relajado y de buen ánimo, don Juan concedió ese mismo día a Diego García de Toledo el castillo de Madroñiz y su término, presumiblemente en reconocimiento de lo que este había logrado durante las conversaciones fronterizas de Elche del año anterior.44 Poco después llegó a Valencia el rey de Aragón, tras lo cual comenzaron las negociaciones destinadas a elaborar un contrato matrimonial definitivo. Para el 28 de marzo se habían acordado las condiciones: la dote que recibiría don Juan se mantendría en 5.000 marcas de plata, pagaderos en el plazo de año y medio desde la fecha en que se solemnizase el matrimonio; el señor castellano, por su parte, entregaría a Constança unas arras de 2.500 marcas; la infanta residiría en adelante en el castillo de Villena, de donde no podría ser trasladada sin el consentimiento de Jaume II hasta que se celebrase el matrimonio, lo que tendría lugar cuando cumpliera los doce años (12 de abril de 1312);45 si don Juan no solemnizaba el matrimonio en el plazo de un año desde el duodécimo cumpleaños de Constança, el acuerdo quedaría declarado nulo y sin efecto; y, si contraía otro matrimonio antes de 1312, la familia real aragonesa tendría derecho al castillo de Villena en concepto de compensación.46
Tres semanas más tarde, la infanta Constança fue trasladada desde el entorno familiar del palacio real de Valencia, con sus frondosos jardines y sus vistas idílicas, hasta los parajes bastante más austeros de Villena, donde, bajo la dirección y tutela de un aya llamada Saurina de Bessers,47 pasaría sus años de formación.48
La ratificación de este matrimonio constituyó un momento decisivo en la carrera política de don Juan Manuel. Jaume II se veía ahora obligado a apoyar a la Casa de Manuel en la consecución de sus objetivos políticos, que, naturalmente, se centraban en alcanzar la máxima influencia posible en los asuntos castellanos y, por extensión, en acrecentar sus posesiones territoriales – preferiblemente con un elevado valor estratégico y unas rentas sustanciosas. El señor de Villena, cuya posición quedaba ahora respaldada por la poderosa Corona de Aragón, ya no estaba obligado a recurrir a sus pares castellanos en busca de apoyo para hacer realidad sus aspiraciones. Por esta razón, don Juan pudo mantenerse al margen de buena parte de las disputas nobiliarias que caracterizaron el periodo 1306-08.
Como ya se ha señalado, las negociaciones del contrato matrimonial se habían organizado para coincidir con una reunión de las cortes castellana y aragonesa en Valencia. Jaume II había solicitado una entrevista personal con Fernando IV porque deseaba discutir la posibilidad de emprender una Guerra Santa contra Granada. En el otoño de 1304, como hemos visto, el rey de Aragón se había visto gravemente perjudicado por las incursiones musulmanas en la frontera. No solo deseaba vengar aquellas acciones, sino también poner fin a nuevas incursiones de consecuencias igualmente perjudiciales.49 Existía un pequeño obstáculo: Fernando mantenía oficialmente relaciones amistosas con Mohammad III de Granada desde agosto de 1303. Sin embargo, la curia castellana no podía ignorar que la reanudación de la Reconquista ofrecería la distracción ideal y un cauce para las energías belicosas de la indisciplinada alta aristocracia castellana.50
La entrevista prevista para marzo entre Fernando IV y Jaume II no llegó a celebrarse, muy probablemente debido a la preocupación del primero por la persistente y cada vez más grave disputa entre su tío, el infante don Juan, y Diego López de Haro por la posesión del señorío de Vizcaya. Durante el invierno de 1305-06, el monarca castellano había hecho cuanto estaba en su mano por resolver este litigio. Sin embargo, Diego López consideró que sus gestiones favorecían al infante don Juan y, en abril, el enfurecido jefe de la familia Haro, apoyado por Juan Núñez de Lara, amenazó con alzarse en armas contra la Corona. Los esfuerzos diplomáticos por apaciguar a estos dos formidables jefes de linaje no lograron dar resultado y, en mayo, Fernando decidió someterlos por la fuerza de las armas.51
Don Juan Manuel tomó partido por la Corona en este conflicto. Sin embargo, no participaría con demasiado entusiasmo, probablemente porque no deseaba ser considerado enemigo ni por la familia Lara ni por la Haro, cuya amistad política siempre podía resultar útil. En una fecha incierta anterior al 15 de mayo de 1306, el príncipe castellano, que en aquel momento residía en la ciudad de Cuenca,52 recibió de su monarca la orden de dirigirse, con todos los hombres de armas que pudiera reunir, a la villa de Aranda (del Duero), perteneciente a la casa de Lara, donde un ejército real había puesto sitio a Juan Núñez.53 No obstante, el 26 de mayo aún no había abandonado Cuenca.54 Al enterarse de ello, Jaume II – que apoyaba plenamente la campaña militar contra Diego López y Juan Núñez55 – envió una nota a su yerno reprochándole su inacción; este respondió que no se había dirigido a Aranda porque consideraba que podía contribuir de manera más decisiva a la guerra emprendiendo una operación contra Moya y Cañete, posesiones de los Lara situadas en la diócesis de Cuenca.56 Lo más probable es que don Juan no tuviera ningún deseo de conducir una hueste vasallática a lo largo de unas doscientas millas por un terreno difícil para combatir contra un «enemigo» con quien no mantenía ninguna querella personal, y hacerlo además mediante un método – la guerra de asedio – tedioso, prolongado y, en esta época, con bastante frecuencia infructuoso. Tampoco es inconcebible que tuviera sus propias miras puestas en Moya y Cañete,57 posesiones que habrían ampliado de manera muy conveniente sus dominios conquenses. Con todo, para apaciguar a su suegro, el señor de Villena accedió el 26 de mayo a dirigirse a Aranda.58 No existe prueba alguna de que no lo hiciera; sin embargo, su marcha no debió de revestir demasiada urgencia, pues el 1 de junio no había llegado más allá de Mazarulleque,59 y el 18 de junio se encontraba en Atienza, todavía a unas cincuenta millas de su destino. Fue en esta última villa donde el príncipe castellano y sus hombres supieron, sin duda con gran satisfacción, que su marcha había resultado inútil: se había levantado el sitio de Aranda y se habían acordado treguas con Juan Núñez y Diego López.60
Con su nobleza por el momento sometida, Fernando IV volvió a intentar entrevistarse con Jaume II para tratar de una campaña contra Mohammad III. Se proyectó una reunión para el verano, pero esta no llegó a celebrarse debido a la mala salud de Fernando. El encuentro fue aplazado hasta finales de noviembre.61 Entusiasmado con la idea de una Guerra Santa contra Granada, empresa que quizá le brindara la oportunidad de emular las hazañas heroicas de su abuelo Fernando III, don Juan Manuel solicitó participar en la reunión, y su interés fue bien recibido por ambos monarcas.62 Sin embargo, el 14 de noviembre el señor de Villena se puso en contacto con la curia aragonesa para excusarse de asistir al encuentro. Había recibido una noticia estremecedora. Su hermanastra Violante había muerto, asesinada, según los rumores, por su propio marido.63
Las circunstancias exactas de la muerte de Violante probablemente nunca llegarán a conocerse, pues no existen testimonios portugueses sobre el incidente. Tampoco se menciona el asunto en la documentación castellana contemporánea. Lo que sí sabemos es que el rey de Aragón se tomó muy en serio el rumor de su asesinato, como demuestra su carta de 28 de octubre, en la que imploraba a Dinis de Portugal que impusiera al infante Afonso «muy grant escarmiento».64
La respuesta del rey de Portugal ante el asunto resulta interesante. Dinis mantenía malas relaciones con su hermano Afonso, quien en 1304 había repudiado sus vínculos de vasallaje. Sin embargo, el monarca portugués no lo acusó, y respondió a Jaume que – al margen del hecho de que no podía castigar legítimamente a quien ya no era su vasallo – había oído al propio Afonso ofrecer una explicación completa de cómo Violante había fallecido en realidad a causa de una enfermedad:
Disenus que ela fora doente en Medelin en hun seu logar que ha no Reyno de Leon e que se manefestara e fazera seu testamento e partira seu auer assi como ela por bem teuera e porque aquela terra era muy doente [...] que a adusera para a Vide huun seu logar que ha na fronteira de nossa terra e que ali a aficara mais a door e que morrera e que fezera seu testamento a sa morte e lexara seus testamentarios.65
Don Juan Manuel no creyó esta versión y presionó a Fernando IV para que citara a Afonso ante la corte castellana a fin de que respondiera a preguntas sobre la muerte de Violante.66 Lamentablemente, la documentación contemporánea no permite saber qué ocurrió a continuación, pero el hecho de que el príncipe portugués dejara de figurar en las listas de testigos de los diplomas reales castellanos después de 1306 – como había hecho desde 1304, cuando presumiblemente él y Violante se habían trasladado a Castilla – constituye un indicio de que Fernando consideró oportuno castigarlo de algún modo.67
Este desafortunado episodio no impidió que don Juan Manuel asistiera a la reunión sobre la Reconquista, pues esta volvió a aplazarse, esta vez debido a la mala salud de Jaume II. Las conversaciones fueron reprogramadas para la Pascua de 1307, en Valencia, donde los médicos aragoneses habían recomendado a Jaume que residiera «fata entrada del varano».68
Antes de su entrevista con el rey de Castilla, Jaume II pasó algún tiempo en el reino de Murcia. Allí se le unió su yerno, don Juan Manuel. Este había sido restituido el año anterior en el cargo de adelantado mayor en el reino de Murcia,69 oficio que había perdido en una fecha incierta entre el 28 de noviembre de 1304 y el 6 de febrero de 1305 – posiblemente por su excesivo celo en las protestas relativas a las compensaciones70 – y se encontraba en la región para atender los asuntos administrativos propios del cargo.71 Don Juan Manuel y Jaume se trasladaron después a Villena para visitar a la infanta Constança,72 y quizá también para interesarse por el bienestar de su aya Saurina, de quien se sabía que añoraba su tierra.73 Probablemente el plan era continuar después hacia Valencia para las conversaciones sobre la Reconquista. Sin embargo, una vez más, estas no llegaron a celebrarse debido a que Fernando IV estaba ocupado con dificultades internas.
A finales de febrero de 1307, el joven soberano de Castilla había concluido su arbitraje sobre la cuestión de Vizcaya, y el fallo definitivo satisfizo tanto al infante don Juan como a Diego López de Haro. Sin embargo, al resolver un problema, Fernando había creado inadvertidamente otro: Juan Núñez de Lara se había mostrado inquieto porque sus propias aspiraciones territoriales no habían recibido una atención semejante. A comienzos del verano, ante una reunión de los principales dignatarios del reino (entre ellos don Juan Manuel), Juan Núñez desafió formalmente a su monarca.74 Fernando IV trató de alcanzar una reconciliación.75 Pero sus esfuerzos resultaron infructuosos y, siguiendo el consejo del infante don Juan (que continuaba siendo su consejero más cercano), el rey despojó a regañadientes al jefe del linaje de Lara del cargo de mayordomo mayor del rey y lo expulsó de Castilla.76 El cargo vacante fue prometido inicialmente a don Juan Manuel, en reconocimiento de la lealtad que había demostrado durante las dificultades internas de los dos años anteriores. Sin embargo, el mayordomazgo acabó siendo otorgado a Diego López de Haro, probablemente para disuadir a este magnate de volver al bando del recalcitrante Juan Núñez. Don Juan Manuel había dado su conformidad a este cambio de rumbo, al parecer en el entendimiento de que recibiría a cambio el igualmente prestigioso cargo de alférez del rey (portaestandarte del rey), que en aquel momento ocupaba Diego López. Pero este se negó a renunciar a él. Molesto, el señor de Villena recurrió a la ayuda de su suegro y, en consecuencia, el 11 de septiembre Jaume escribió al infante don Juan pidiéndole que empleara su influencia en la corte para resolver el asunto.77 Si el infante intentó hacerlo, no tuvo éxito: las listas de testigos de los diplomas reales expedidos durante el otoño y el invierno de 1307 muestran que Diego López continuó ocupando el cargo de alférez.78 Este incidente generó fricciones entre don Juan Manuel y Fernando IV y, en el otoño de 1309, su frágil relación acabaría por romperse de manera notoria, como veremos enseguida.
En junio de 1307, la corte castellana había recibido noticias desde Andalucía de una renovada actividad militar musulmana, lo que llevó a Fernando IV a intentar una vez más concertar una reunión con Jaume II.79 Sin embargo, la guerra contra Juan Núñez, que se había negado a abandonar Castilla, estaba resultando una distracción difícil de soslayar. Durante los primeros meses de 1308, nuevos intentos de organizar las conversaciones no llegaron a fructificar.80 No obstante, comenzaron los preparativos para una campaña contra el infiel: antes del 16 de marzo, el rey de Aragón envió un mensajero para pedir a don Juan Manuel «que fasa labrar el castiello de Villena», a fin de garantizar una mayor seguridad a la infanta Constança durante el conflicto proyectado;81 y ese mismo mes Fernando IV dio instrucciones para el equipamiento de una flota.82 Dado que la estabilidad interna constituía una sine qua non para cualquier operación a gran escala contra un enemigo exterior, Fernando se vio obligado por esas fechas a expulsar de su curia a tres colaboradores – Sancho Sánchez de Velasco, Diego García de Toledo y Ferrán Gómez – con el fin de evitar una insurrección de un bloque de nobles encabezado por el infante don Juan y el recientemente reconciliado Juan Núñez de Lara, ambos recelosos del favor y la influencia que aquellos aristócratas habían acumulado en la corte.83 Preocupado por reforzar su posición, Fernando concluyó el 11 de mayo un pacto de amistad y ayuda mutuas con su madre María de Molina, su tío el infante don Juan y su primo don Juan Manuel.84
Era ya imperativo que el joven soberano se reuniera con su vecino oriental, Jaume II. Don Juan Manuel, que servía de puente entre los reinos de Castilla y Aragón, permaneció durante varias semanas en la corte de Fernando en Burgos, a la espera de que esta se trasladara a Aragón.85 Sin embargo, unas fiebres tercianas obligaron a Fernando IV a guardar cama por tiempo indefinido,86 por lo que don Juan Manuel se dirigió a Peñafiel, adonde llegó a más tardar el 5 de agosto.87 A comienzos del otoño se trasladó a Atienza, lugar donde podía dedicarse a la caza y, al mismo tiempo, permanecer convenientemente situado para la próxima reunión entre Jaume II y Fernando IV.88 Durante todo el otoño, la salud de Fernando siguió siendo motivo de preocupación, pero en diciembre había recuperado las fuerzas, lo que permitió que ambas cortes reales se reunieran en Ariza para planificar la guerra contra Granada.89 Se acordó que el principal objetivo sería la conquista de los puertos marítimos de Granada, de enorme importancia estratégica, pues controlaban el comercio y vigilaban el paso de todo el tráfico por el Estrecho y procedente de África. Castilla encabezaría el ataque contra Algeciras y Gibraltar. Aragón, paralelamente, emprendería una ofensiva contra Almería. Una vez conquistado, el reino de Granada sería repartido: Jaume recibiría Almería y Fernando los territorios restantes. Este acuerdo fue ratificado el 19 de diciembre de 1308 en Alcalá de Henares.90
En las Cortes plenarias de Madrid, celebradas entre febrero y marzo de 1309, Fernando IV, necesitado de fondos para la empresa contra Granada, obtuvo de los estamentos de Castilla cinco servicios (subsidios extraordinarios),91 aunque no sin grandes dificultades. Fernando había esperado mantener en secreto la operación contra los musulmanes, pero, debido a la pobreza generalizada que padecía el reino, los representantes en Cortes se negaron a aprobar estos impuestos extraordinarios sin saber antes a qué se destinarían.92 Y surgieron además otros problemas. Don Juan Manuel y el infante don Juan, entre otros, estaban preocupados por determinados aspectos del acuerdo de Alcalá de Henares. Para empezar, se oponían a que parte de las tierras que pudieran reconquistarse fuese adjudicada a la Corona de Aragón.93 Las fuentes contemporáneas no aclaran las razones de esta oposición, pero cabe conjeturar que guardaba relación con el hecho de que el rey de Aragón hubiera manifestado en Ariza su disposición a recabar el apoyo militar de los Banū Marīn,94 revelando con ello el escaso espíritu de cruzada que realmente poseía. Sabemos asimismo que don Juan Manuel temía verse obligado a ceder a Aragón propiedades en Granada que había heredado de su padre.95 Don Juan, además, estaba descontento por habérsele pedido que participara en la empresa de Algeciras y discutió abiertamente con Fernando IV sobre este asunto en las Cortes de Madrid. El infante don Juan también se enfrentó a su soberano, a propósito de la estrategia militar y de la creciente influencia del nuevo privado del rey, Juan Núñez, y abandonó Madrid «despagado del rey».96
Perdido ya el factor sorpresa, Fernando IV inició las hostilidades sin demora. Para el Domingo de Ramos (23 de marzo) se habían obtenido varias victorias menores: el obispo de Cartagena y sus tropas habían tomado la villa y el castillo de Lubrín (Almería);97 el maestre de Calatrava, Garcí López, había realizado con éxito una incursión en territorio musulmán;98 y el vasallo manuelino Juan Sánchez de Ayala había capturado a quince «acollerats de Granada».99 Preocupado por la seguridad de su esposa, la infanta Constança, ahora que la guerra se desarrollaba en sus proximidades, don Juan Manuel escribió a Saurina de Bessers instándola a asegurarse de que el alcaide de Villena, Ramon d’Urg, mantuviera la villa bien abastecida de provisiones y preparada para resistir un asedio.100
La principal operación contra Granada comenzó varias semanas más tarde. Fernando IV no llegó a Andalucía hasta aproximadamente el 14 de junio (Córdoba),101 retraso que se debió a su decisión de visitar Santiago «por ferse caualer» ante las reliquias de Santiago Apóstol,102 seguida de una prolongada estancia en Toledo a la espera de la llegada, desde distintas partes del reino, de los diez mil caballeros y cinco mil auxiliares que habían de acompañarlo a Andalucía.103 En algún momento posterior al día 14, se reunieron con el rey de Castilla en Córdoba don Juan Manuel, los infantes don Juan y don Pedro, Diego López de Haro y Juan Núñez de Lara. Allí se discutieron las tácticas militares. Fernán Sánchez señala que hubo discrepancias entre Fernando y sus magnates en cuanto a la estrategia, pero que finalmente prevaleció la voluntad del soberano, partidario de recurrir de inmediato a la guerra de asedio.104 El 30 de julio, el ejército castellano comenzó el sitio de Algeciras.105 El 15 de agosto, Jaume II puso también sitio a Almería.106
Al principio, la campaña marchó bien. El 23 de agosto de 1309, cerca de Almería, un destacamento aragonés infligió una aplastante derrota en campo abierto a un ejército granadino.107 Y aproximadamente por las mismas fechas, una fuerza castellana encabezada por Juan Núñez de Lara, el arzobispo de Sevilla y el célebre caballero Alfonso Pérez de Guzmán – conocido como Guzmán el Bueno, quien en 1294 había sacrificado a un hijo para impedir que Tarifa cayera en manos musulmanas – emprendió una operación para conquistar Gibraltar, logrando su objetivo a más tardar el 12 de septiembre.108 A partir de entonces, sin embargo, las cosas se torcieron desastrosamente. Hacia mediados de septiembre, el sultán benimerín Abu al-Rabi abandonó su amistad con la Corona de Aragón para apoyar a su correligionario, el rey Nasr de Granada, quien, hábilmente, consolidó la nueva alianza mediante la cesión de Algeciras a Marruecos, enfrentando así de inmediato a los Banū Marīn con los castellanos.109 A estos reveses se sumaron la muerte en combate del emblemático Alfonso Pérez de Guzmán,110 y la enfermedad mortal de Diego López de Haro.111 Y, además, se produjo la deserción del infante don Juan y de don Juan Manuel.
Los historiadores coinciden en condenar a estas dos figuras como traidores cuya huida precipitó el fracaso de la empresa cristiana en Granada. Giménez Soler, por ejemplo, describe su conducta como «uno de los actos más indignos de la historia de Castilla y de los de más resonancia de Europa», y acusa a ambos de abandonar Andalucía «plenamente convencidos de que al desentar libertaban Algeciras de la dominación de los cristianos».112 Sin embargo, él, al igual que otros, emite este juicio sin haber examinado detenidamente las pruebas circunstanciales. Ni don Juan Manuel ni el infante don Juan habían iniciado la campaña con un ánimo especialmente favorable: el primero, como hemos visto, estaba molesto por no poder llevar la guerra contra los musulmanes al reino de Murcia, como era tradición familiar; y el segundo, mucho más experimentado que su soberano en los asuntos de la guerra, había visto desoídos sus consejos militares. De hecho, la nobleza en su conjunto se sentía incómoda con la estrategia militar de Fernando IV.113 Había, además, otros factores inquietantes. En primer lugar, Fernando IV había entablado durante los meses anteriores una estrecha amistad con Juan Núñez de Lara, cuya deslealtad entre 1305 y 1308 había sido extraordinaria. El infante don Juan, durante muchos años principal consejero del rey, se encontraba ahora relegado a un segundo plano, mientras su posición en la corte era ocupada por un enemigo declarado. En segundo lugar, el momento elegido para el sitio de Algeciras fue poco acertado: el calor abrasador de agosto había mermado las fuerzas y el entusiasmo de muchos de los sitiadores cristianos, y las incesantes lluvias otoñales abatieron aún más sus ánimos.114 En tercer lugar, la nobleza se había preparado para librar batallas campales y no para un asedio, lo que sin duda generó cierto grado de desilusión e inactividad entre las huestes vasalláticas que la acompañaron a Granada. Y, por último, parece que no se había meditado adecuadamente cómo financiar y mantener a un ejército de grandes dimensiones. Prueba de ello es que Fernando IV se vio obligado durante la campaña a empeñar algunas de las coronas y joyas de su esposa Constança.115
La crónica real es bastante imprecisa en su comentario sobre el abandono del sitio de Algeciras por parte del infante don Juan y don Juan Manuel, limitándose a señalar que lo hicieron «porque […] non andaba bien avenido con el Rey [...] é esto fizo él cuidando que pues él se venía, que no podria el Rey fincar en la cerca».116 l a documentación de cancillería resulta más esclarecedora. En una carta de 17 de octubre dirigida a Jaume II, el vizconde aragonés Jaspert de Castellnou – que dirigía un ataque naval en apoyo del sitio castellano de Algeciras – informaba de que sus hombres se encontraban desesperadamente escasos de provisiones y exigían el pago de sus soldadas; y, bien informado de lo que ocurría en el campamento castellano, añadía asimismo que:
[el] Rey de Castella devia au Johan Manuel la quitacio de XX dies e tenien [sic] en Johan Manuel bones penyores daur qui valien C millia morabatins e non mun tava ço quel rey de Castella li devia tot XXVI millia morabatins e devia au Johan lemfant la quitacio de V dies.
Añadía que don Juan Manuel y, especialmente, el infante don Juan habían dejado claro que no podían continuar mucho más tiempo sin recibir paga.117 Y – de manera significativa – que este último creía que Fernando estaba tramando su muerte.118
También encontramos información valiosa en una carta dirigida a Jaume II, aproximadamente un año más tarde, por el enviado especial aragonés, el sacristán de Tarazona. Don Juan Manuel y su primo habían hablado ambos con el sacristán acerca de su deserción. Según explicaron, Fernando IV había tratado en 1309 de menoscabar su honra y su posición por todos los medios posibles, sobre todo «non siguiendo ninguna cosa de lur consejo e apartandose dellos e poniendolos por ende en mala sospecha e en dizienda de las gentes e poniendose el Rey e toda su fazienda en manos de los contrarios dellos». Sentían una profunda vergüenza ante el hecho de que Fernando considerase que sus enemigos podían servirle mejor que ellos. El rey de Castilla, además, había prometido entregar, una vez conquistadas, Algeciras – y también Tarifa – a la custodia del infante don Juan; pero posteriormente se retractó de esta promesa por temor a disgustar a Juan Núñez y a Diego López. Y Fernando había hecho saber que, si el infante abandonaba Algeciras para dirigirse a Tarifa, como se rumoreaba, ordenaría que lo matasen.119
Aunque no podemos saber con certeza si el infante don Juan corría realmente peligro de muerte, cabe suponer razonablemente que este rumor hizo que don Juan Manuel se sintiera igualmente vulnerable, sabiendo que él mismo había sido objeto de una amenaza semejante en el otoño de 1303. Ninguno de los dos magnates podía sentirse cómodo en presencia del rey y de su guardia real, y resulta comprensible que quisieran mantener las distancias. Abandonar el sitio y regresar a sus propias posesiones era la forma más evidente de que ambos se pusieran a salvo.
Aunque pueda debatirse si don Juan Manuel y el infante don Juan estaban justificados al abandonar el sitio de Algeciras, sería incorrecto afirmar que su marcha provocó el fracaso de aquella operación. Sin duda constituyó un contratiempo. Pero el rey de Castilla disponía de suficientes hombres, e incluso, cabría sostener, de un excedente: los aproximadamente quinientos caballeros que partieron con el señor de Villena y su primo fueron sustituidos casi de inmediato por cuatrocientos caballeros al mando del hermano de Fernando, el infante don Felipe, y del arzobispo de Santiago, recién llegados de Castilla.120 Además, estaban disponibles los hombres que habían conquistado Gibraltar; y, como ya se ha señalado, muchos aristócratas habían llevado consigo más tropas de las necesarias para una guerra de asedio. De hecho, el sitio de Algeciras se mantuvo hasta finales de enero de 1310, unos tres meses después de la partida del infante don Juan y don Juan Manuel. El cronista real Fernán Sánchez señala que, en las semanas previas al levantamiento del sitio, el ejército castellano «era mucho afincada de pobreza» y el rey de Castilla «non tenía aver» para pagar a sus hombres.121 Estos fueron, con toda seguridad, los factores más importantes en el fracaso de la operación destinada a conquistar Algecira Algeciras.
Fernando IV pudo hallar algunos motivos de consuelo. Su ejército real había conquistado Gibraltar. Y consiguió arrancar a los musulmanes sitiados en Algeciras un acuerdo de tregua por el que se comprometían a entregar a Castilla las villas y castillos de Quesada y Bedmar, 50.000 doblas, y a pagar un tributo anual de 15.000 doblas.122 No obstante, estos fueron, como señala González Mínguez, «resultados desproporcionados a los esfuerzos que habían sido hechos».123
Para Jaume II no hubo consuelo alguno. Se vio obligado a levantar el sitio de Almería en virtud de las condiciones de la tregua de Algeciras. No obtuvo ningún beneficio de sus estipulaciones. Y fue testigo de la muerte de muchos de sus hombres durante el viaje de regreso a Aragón.124 Atribuiría la responsabilidad de este desastroso desenlace a don Juan Manuel y al infante don Juan. El monarca aragonés había hecho cuanto estaba en su mano para persuadirlos de que permanecieran en Algeciras. Y, tras su partida, había insistido en que regresaran o que, al menos, se situaran «en alguno aquellos lugares en frontera a servicio de Dios e del Rey de Castiella e a bien de los fechos faciendo danyo e mal a los moros». Pero los dos príncipes hicieron caso omiso de sus instrucciones.125 Tendrían motivos para lamentar su conducta. El rey de Aragón, que hasta entonces había sido su principal valedor, marginó en adelante a ambos miembros de la realeza castellana y trató de establecer vínculos políticos con magnates castellanos más fiables y cooperativos.
En abril de 1310, el señor de Villena y su ya anciano pariente, el infante don Juan, aislados y sin duda añorando el fragor de la vida política castellana, buscaron una reconciliación con Fernando IV. El monarca castellano, que aún albergaba ambiciones de conquistar Granada,126 se mostró receptivo a sus acercamientos. Sin embargo, todavía se encontraba en Andalucía, por lo que las conversaciones conciliatorias fueron conducidas en Valladolid por María de Molina y el cortesano rehabilitado Sancho Sánchez de Velasco.127 González Mínguez afirma que «en Valladolid no se consiguió nada positivo», pero no aporta pruebas que sustenten esta afirmación.128
La noticia de esta reunión conciliatoria proporcionó cierto alivio a Jaume II de Aragón.129 No obstante, seguía indignado y receloso de su yerno, don Juan Manuel, como demuestra una carta lacónica y fría en la que afirmaba que, puesto que «los fechos del Rey de Castiella e nuestros con el Rey de Granada estan en dupdo», el príncipe castellano no debía demorarse en procurar que «en el castiello [de Villena] aya mellor recabdo de retinençia e de vianda que noya».130 Jaume estaba, naturalmente, preocupado únicamente por el bienestar de su hija. Don Juan propuso una alternativa práctica: trasladar a Constança desde la zona fronteriza a una posesión manuelina «que no sea del regno de Murçia do el Rey quisiere». Sin embargo, el soberano aragonés, quizá temiendo que, si se permitía a la infanta residir fuera de la jurisdicción aragonesa, don Juan pudiera retenerla como rehén (su unión aún no se había solemnizado y, por tanto, todavía podía revocarse) insistió en que su hija permaneciera en Villena, pese a las garantías de su yerno de que «todas las cosas que uos quisieredes que yo faga por que uos seades seguro que la vuestra onrra et de la infanta et quanto yo he puesto conuusco sera todo guardado faserlo he muy de grado».131 Frustrado, el señor de Villena envió a Saurina de Bessers a la corte aragonesa en Lérida para protestar contra semejante intransigencia.132
La relación entre don Juan Manuel y Jaume II había alcanzado su punto más bajo. Este último buscaba ya abiertamente establecer alianzas con otros destacados nobles castellanos, como ponen de manifiesto la concesión del señorío de Albarracín a Juan Núñez y la propuesta de matrimonio entre el infante don Pedro de Castilla y la infanta María de Aragón. El deterioro de las relaciones queda vívidamente ilustrado por la negativa de don Juan a recibir al enviado aragonés Guillén Palacín en julio de 2010.133
Al carecer de cualquier aliado fiable, aparte de su igualmente distanciado pariente, el infante don Juan, don Juan Manuel apenas tenía otra opción que reconciliarse con Fernando IV. Al saber, hacia finales del verano, que la corte castellana regresaba del Sur,134 el señor de Villena se dirigió a Consuegra, una de las etapas del camino de salida de Andalucía. Fernando recibió bien a su primo y, más interesado en tenerlo como amigo que como enemigo, le concedió el codiciado cargo de mayordomo mayor del rey y le instó a persuadir al infante don Juan para que acudiese a Burgos a recibir un favor semejante.135 Don Juan Manuel cumplió lo que se le había pedido. Al principio, el infante se mostró reacio a presentarse en la corte, pues temía ser víctima de una emboscada y asesinado. Pero accedió cuando María de Molina prometió garantizar su seguridad.
El siguiente testimonio de la crónica real está respaldado por documentación contemporánea. En la noche del miércoles 21 de enero de 2011, el canciller de María, el abad de Santander, supo que Fernando IV había urdido un plan para asesinar al infante don Juan. El abad comunicó de inmediato su inquietante descubrimiento a María, quien al amanecer informó de la conspiración a Fernán Remón, canciller del infante don Juan. El infante abandonó Burgos inmediatamente, alegando como pretexto que deseaba ir a cazar garzas por los alrededores de Quintana Dueñas. Por orden de su monarca, Juan Núñez de Lara y el infante don Pedro salieron tras él. Sin embargo, no lograron alcanzar a su presa. Profundamente conmocionado, el infante don Juan buscó refugio en Villalón y dispuso que sus fortalezas fueran abastecidas de provisiones por temor a una operación real contra él.136
Don Juan Manuel, ahora al frente de la casa real, se encontraba con la corte en Burgos cuando tuvo lugar este incidente, pero nada sabía del plan para matar al infante don Juan. Fernán Sánchez afirma que «tóvose [don Juan Manuel] por engañado del Rey, é que por acabar aquello le diera el su mayordomazgo», y probablemente tenga razón. Sin duda temiendo por su propia seguridad, el señor de Villena abandonó también Burgos poco después, probablemente no más tarde del 29 de enero,137 y se retiró a Peñafiel.138 En una carta de 6 de marzo dirigida a Jaume II, don Juan Manuel atribuyó acertadamente la responsabilidad de este desagradable episodio a los consejeros más próximos de Fernando, precisamente los mismos individuos con quienes el rey de Aragón se había mostrado tan deseoso de entablar relaciones durante el año anterio.139
El rey de Castilla llegó a comprender lo desacertado del plan de Burgos cuando la amenaza que representaban ahora para sus reinos el descontento infante don Juan y su aliado don Juan Manuel le impidió marchar hacia el sur para hacer frente a una supuesta invasión benimerina.140 Contrariado, Fernando pidió a su madre que encontrara la manera de reconciliar a los dos nobles descontentos con la corte castellana. María accedió y, en una fecha incierta de comienzos de marzo, se reunió con los adversarios de su hijo en la iglesia de Santa María de Villamuriel de Cerrato, cerca de Palencia.141 Las conversaciones se prolongaron durante quince días y dieron fruto, aunque no se han conservado detalles de lo acordado.142 El 25 de marzo, don Juan Manuel, aquejado de un leve ataque de fiebre terciana, informó a Jaume del resultado de las conversaciones conciliatorias. Deseoso también de zanjar sus diferencias con este último, don Juan prometió visitar la corte aragonesa «de que sea guarido et pueda caualgar».143
Pero se avecinaban nuevas dificultades. Fernando IV había concertado una reunión con el infante don Juan en Gritoja con el propósito de establecer una garantía formal y satisfactoria de la seguridad personal de este último, la disposición más importante de cualquier reconciliación. Antes de que pudieran encontrarse, el rey de Castilla cayó gravemente enfermo. Sobre su estado, un enviado aragonés escribiría: «esta en gran periglo e dubda que esta aparellado a lisiga e a otros accidentes pariglosos».144 Para el 18 de abril Fernando había mejorado considerablemente, lo bastante como para reunirse con su tío y contemplar también la posibilidad de una expedición militar a Andalucía.145 Desgraciadamente, una nueva enfermedad se apoderó de él y alteró su estado de ánimo, como informaría Gonzalo García en una comunicación dirigida a la corte de Aragón: «el Rey [de Castiella] es todo sallido de manera por aquesta malautia que paresce que se seya todo abaldonado como ombre que no a cura de nada e no se lexa de caçar e trebella como que no fuese ninguna cosa los aferes en que esta».146 El precario estado de salud de Fernando generó incertidumbre política, que a su vez provocó nuevas agitaciones entre la nobleza. El 17 de junio, el infante don Juan informó al rey de Aragón de que «asonose don Johan Nunnes con muy grandes gentes que avia ya quinse dias que se andaua asonado a furto», y añadió que el aristócrata Fernán Ruiz de Saldaña estaba causando disturbios y que el rey de Castilla había enviado a sus hermanos Pedro y Felipe y a «quantos auia en su casa assi a caualleros como a escuderos et aun fasta los coçineros» para someterlo.147 Debieron de existir serias dudas sobre si Fernando IV sobreviviría a su enfermedad, pues el 26 de junio don Juan Manuel se sintió obligado a informar a su suegro de que, «si del Rey [de Castiella] alguna cosa acaesciese lo que dios no quiera», tenía intención de seguir «la carrera de verdad e lealdat».148
El hecho de que Fernando careciera de heredero significaba que existía un peligro muy real de una nueva crisis sucesoria. Su esposa Constança se encontraba, de hecho, en avanzado estado de gestación, pero no había garantía alguna de que diera a luz a un heredero varón, ni siquiera de que el embarazo llegara a buen término. Consciente de ello, el infante don Juan llegó a un acuerdo con su sobrino, el infante don Pedro, para repartirse el reino entre ambos si Fernando sucumbía a su enfermedad.149 El infante don Juan viajó a Peñafiel para convencer a su primo don Juan Manuel de que se sumara a esta nueva alianza. Pero este último, incapaz de olvidar tan fácilmente lo ocurrido en Burgos, no alcanzaba a ver la sensatez de semejante proyecto e hizo cuanto pudo por persuadir a su visitante de que se apartara del infante don Pedro. Don Juan Manuel detestaba a Pedro, quizá por su reciente vinculación con la corte aragonesa, y este odio queda atestiguado por diversos testimonios contemporáneos. El 26 de junio de 1311, don Juan envió una carta a la corte aragonesa en la que se jactaba de haberse negado a tener trato alguno con este primo suyo.150 Dos meses antes, don Juan había obstaculizado la entrega a Pedro de la posesión de Salmerón, que le había sido asignada como parte del contrato de su próximo matrimonio con la infanta María de Aragón.151 Más adelante ese mismo año, el señor de Villena compraría a la infanta Blanca de Portugal las propiedades de Palazuelos, Valde San García, Acevón, Alcocer, Cifuentes, Viana y Peñas de Viana, las cuatro últimas de las cuales habían sido destinadas a Pedro, también como parte del contrato matrimonial.152 Sin embargo, estas maniobras obstructivas no lograron impedir la unión, que, sin duda para disgusto de don Juan, acabó celebrándose en Calatayud en enero de 1312.153
Para septiembre de 1311, la salud mental de Fernando IV había mejorado considerablemente, favorecida quizá por la noticia del nacimiento, el 13 de agosto en Salamanca, de un heredero, Alfonso.154 La cuestión sucesoria, sin embargo, había avivado las ambiciones particulares de su aristocracia. Según se decía, varios nobles no estaban dispuestos a reconocer al recién nacido como legítimo heredero del reino de Castilla,155 e incluso corrían rumores de que el infante don Pedro conspiraba para arrebatar el trono a su hermano.156 Durante el otoño, el rey de Castilla trabajó para apaciguar a sus adversarios aristocráticos y obtuvo en gran medida su propósito.157 Especialmente destacable fue el modo en que contuvo las ambiciones del infante don Pedro, prometiéndole la crianza de Alfonso.158 Don Juan Manuel fue apaciguado mediante concesiones de tierras y rentas: Molina Seca, para disfrutarla en usufructo; la plena propiedad de Hellín e Isso; y los pechos (tributos personales) y derechos de las aldeas de Valdemoro (Segovia) y Rabrido (Madrid).159
En la primavera de 1312, el señor de Villena, a punto de cumplir treinta años y nuevamente en buenas relaciones con el rey de Aragón, trató de solemnizar su matrimonio con la infanta Constança. Se decidió que la ceremonia se celebraría a comienzos de abril en Xàtiva, donde el enlace había sido concertado nueve años antes. Y el primer lunes de aquel mes, el obispo Francisco de Tortosa casó debidamente a la pareja en la iglesia principal de la villa. Entre los presentes se encontraban Jaume de Xérica y los hijos del rey de Aragón, Jaume, Alfons, Joan y Pere, todos ellos buenos amigos del novio.160 Unos días más tarde, Saurina, aya de Constança, escribió desde Chinchilla a Jaume II para comunicarle que «el seynor don Johan se capten molt ben della e ella es pagada del e ha li fetes uenir de Burgos II teles molt belles e la una es dargent e draps dor per a uestedures molt bells e teles per a totes les donçeles bon comensament fan».161 El 29 de mayo, Clemente V confirmó la dispensa para este matrimonio.162
A comienzos de aquella primavera, Fernando IV había convocado una reunión de los estamentos del reino en Valladolid con el fin de recaudar fondos para una nueva ofensiva contra Granada, obteniendo para ello cinco servicios y una moneda forera. El momento era propicio para una operación de este tipo, pues Nasr, instalado como emir en marzo de 1309, se hallaba ocupado haciendo frente al desafío a su autoridad planteado por el hijo del arráez de Málaga. Hacia finales de abril, Fernando abandonó Castilla la Vieja rumbo al sur, tomando Alba de Tormes y Béjar en mayo.163 Regresó brevemente a Castilla para resolver la herencia de un primo llamado Sancho, fallecido recientemente, y obtener financiación suplementaria para la empresa granadina. El rey de Castilla volvió a Andalucía después del 15 de julio, haciendo una breve escala en Jaén antes de reunirse con su hermano Pedro en el sitio de Alcaudete. Allí Fernando volvió a enfermar y se vio obligado a retirarse a Jaén para convalecer. El 4 de septiembre recibió la alentadora noticia de que Alcaudete había caído. Pero apenas pudo saborear la victoria: el 7 de septiembre de 1312, con tan solo veintiséis años, Fernando IV entregó su alma a Dios.164
Aunque en términos generales se había mantenido leal a Fernando IV, don Juan Manuel había disfrutado de escasos momentos de favor regio. Entre los magnates de su generación había sido el menos turbulento, pues ni una sola vez había recurrido a las armas para promover sus ambiciones políticas y materiales. Sin embargo, solo había recibido una pequeña parte de las tierras de realengo que Fernando había concedido a sus principales vasallos a cambio de su obediencia. Y sus ingresos debieron de seguir siendo relativamente modestos, pues la documentación demuestra que había tenido dificultades para mantener al día los pagos a la infanta Blanca por las propiedades que le había comprado en 2011.165 Su abandono del sitio de Algeciras en 1310 y su adhesión a la alianza de 1311 contra Fernando IV estuvieron motivados, al menos en cierta medida, por su creciente frustración ante los escasos avances de su carrera y de su patrimonio durante los años del reinado de aquel monarca. Tras la muerte de Fernando, don Juan Manuel cambió de estrategia, siguiendo el ejemplo de sus contemporáneos y recurriendo con creciente frecuencia a métodos violentos para alcanzar sus objetivos.
Zurita, II, p. 671 (Libro V, cap. 66).↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 136.↩︎
AGS, núm. CIII, p. 306.↩︎
Ibid., núm. CIII, p. 306.↩︎
«La guerra guerr[i]ada fázenla [los moros] muy maestríamente, ca ellos andan mucho, et pasan con muy poca vianda, et nunca lievan consigo gente de pie, nin azémilas, sinon cada uno va con su cavallo, tanbién los señores commo qualquier de las otras gentes, que non lievan otra vianda sinon muy poco pan et figos o pasas, o alguna fructa. Et non traen armadura ninguna [sinon] adaragas de cuero, et las sus armas son azagayas que lançan, [et] espadas con que fieren. Et porque se traen tan ligeramente, pueden andar mucho. Et quando entran en calvalgada, andan quanto pueden de noche et de día, fasta que son lo más dentro que pueden entrar de la tierra que quieren correr. Et a la entrada, entran muy encubiertamente et muy apriesa, et deque comiençan a correr, corren et roban tanta tierra, [et] sábenlo tan bien fazer que es grant marabilla, que más tierra correrán et mayor daño farán et mayor cavalgada ayuntarán dozientos omnes de cavallo de moros que seiçientos omnes de cavallo de christianos. Et fazen otra cosa que cunple mucho para la guerra: que de quanto tomaren, nunca omne dellos tomará nin encubrirá cosa de lo que tomaren, mas todo lo traen et lo ayuntan para pro de la calvalgada. Et por tan grant mengua et tan grant fallimiento tern[í]a cada uno dellos, et sería ende porfazado, si tomase o encubriese ninguna cosa de la cavalgada, commo un christiano si fuyese de una lid. Et deque an fecho su calvagada, fazen quanto pueden por salir aína a tier[r]a do sean en salvo, et guárdanse mucho de alvergar do los christianos puedan ferir en ellos de noche. Et si por fuerça an de alvergar en tierra do ayan reçelo o miedo, de algún tienpo acá an tomado una maestría: que nunca alvergan todos ayuntado[s], et dexan con la presa de noche muy pocos, et de día envían la presa con algunos adelante. Et ellos van a conpañas, non ayuntados, et desta guisa van fasta que son en salvo»: El Libro de los Estados, pp. 222-23 (Parte I, Capítulo 75).↩︎
AGS, núm. CII, p. 306.↩︎
del Estal, El Reino de Murcia, I/2, núm. 307, p. 275.↩︎
Ibid., núm. 309, pp. 266-67. La parte del reino de Murcia adjudicada a Aragón en agosto de 1304 fue incorporada al reino de Valencia. Al parecer, su condición singular recibió reconocimiento oficial en mayo de 1305, pues en lo sucesivo sería denominada «la tierra del reino de Valencia ultra Sexonam».↩︎
La corte aragonesa permaneció en el reino de Valencia al menos desde el 2 de noviembre hasta el 26 de diciembre de 1304: ibid., núms. 313-19, pp. 279-84.↩︎
Benavides, II, núm. CCCV, pp. 452-53; Alberto Navarro Pastor, Historia de Elda (Alicante, 1981) pp. 106-07.↩︎
del Estal, El Reino de Murcia, I/2, núm. 312, pp. 277-79.↩︎
AGS, núm. CVII, pp. 308-09.↩︎
AGS, núm. CVIII, p. 309.↩︎
Posiblemente debido a la reticencia del concejo de Cáceres a aprobar la transacción. Véase Benavides, II, núm. CCCXXXI, pp. 480-82.↩︎
El infante don Afonso escribió al rey de Aragón en términos semejantes en esa misma fecha: AGS, núm. CX, pp. 310-11.↩︎
Ibid., núm. CXI, p. 311.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 136; AGS, núm. CXV, p. 313.↩︎
«Fuése ver con el rey de Aragon en Hariza, é allí pusieron que [...] diese el Rey en camio á don Juan Manuel, por Elche, que avia de dar al rey de Aragon, la villa de Alarcón con todos sus términos»: Crónica de Fernando IV, p. 136.↩︎
En la página veintiséis de su libro Apuntes para una biografía de la villa de Alarcón (Barcelona, 1965), José María Fernández de Cañete y Bascón afirma que, tras la cesión condicional de Alarcón a don Juan Manuel en 1297, este príncipe se apoderó de las rentas de la villa pese a no tener derecho a ellas: «se presentó don Juan Manuel en su nuevo señorío, y trató de tomar todas las rentas, más entonces el Alcalde de la Fortaleza, que lo era Hernán Martínez de Alarcón, hijo de Martín Ruiz de Alarcón y nieto del conquistador de la villa, fundador de este apellido, opuso resistencia, diciéndole, que no habían podido darle otra cosa que la villa, porque las rentas eran suyas por merced de reyes anteriores. Contestó don Juan Manuel que le mostrara los privilegios, y en una entrevista celebrada en el salón de Alcázar, el incauto Alcaide se los mostró, y al verlos don Juan Manuel los echó al fuego de la gran chiminea, y tomó posesión de todo». Por desgracia, no se nos ofrece indicación alguna sobre la fuente de este relato.↩︎
Como se desprende del contenido de una carta de mayo del cortesano aragonés Gonzalo García a Jaume II: AGS, núm. CXXI, р. 316.↩︎
En esa fecha, Juan Manuel juró ante las autoridades concejiles de Alarcón respetar los privilegios, usos y costumbres de la villa: León Tello, Inventario, núm. 1088, p. 166.↩︎
Pretel Marin, Don Juan Manuel, señor de la llanura, pp. 54, 57.↩︎
Fernando IV y el infante don Juan no habían logrado persuadir a Jaume II de que restituyera Albarracín, una posesión de los Lara ocupada por los aragoneses en 1300: Loaysa, Crónica de los reyes de Castilla, p. 217.↩︎
Nacida en 1285 y conocida como «la Palomilla», Juana era viuda del recientemente fallecido infante Enrique, cincuenta y cinco años mayor que ella: AGS, núm. CXXX, p. 323.↩︎
La prueba más clara es una carta de 3 de abril (y no de 30 de abril, como recoge Giménez Soler) en la que Juan Manuel agradecía a Jaume II «por quanto fisiestes en este pleyto»: AGS, núm. CXVIII, p. 314.↩︎
Ibid., núm. CXXIII, p. 317.↩︎
Benavides, II, núms. CCCXXIV, CCCXXV, pp. 473-74.↩︎
AGS, núm. CXXI, p. 316.↩︎
Se había dotado de mayor precisión a la nueva frontera murciana, pero ello no impidió que posteriormente surgieran disputas fronterizas. En mayo de 1306, por ejemplo, don Juan Manuel hubo de resolver un conflicto de términos entre los habitantes de Ayora y los vecinos de Almansa: ibid., núms. CXLVI, CXIX, pp. 314-15, 333.↩︎
Los registros de las Cortes muestran que don Juan aún no había llegado a Medina el 14 de mayo: Colmeiro, Cortes, I, pp. 169-70.↩︎
AGS, núm. CXXIV, p. 318.↩︎
Estas observaciones fueron realizadas por el sacristán de Tarazona en una comunicación de mayo: ibid, núm. CXX, p. 316.↩︎
El 26 de mayo, don Juan se encontraba en las afueras de Medina, en la aldea de Ramiro: ibid., núms. CXX, CXXII, pp. 316-17.↩︎
Ibid., núm. CXXIII, р. 317.↩︎
Así se desprende de su presencia, el 13 de junio y el 11 de agosto respectivamente, en Bujalaro (Guadalajara) y en el entonces denominado Verdel Pinero, que corresponde bien al actual Verdelpino de Huete, bien a Verdelpino de Cueva, ambos en la provincia de Cuenca: ibid., núms. CXXVI, CXXVII, pp. 320-21.↩︎
Ibid., núm. CXXIV, p. 318.↩︎
«Sabed que me tenian ya en muy grand afincamiento los alcarauanos [stone curlews] e los sisones [little bustards] nueuos. Et desque ellos sopieron que el uestro acorro [el falcon] me llegaua fueron mucho espantados.» don Juan Manuel a Jaume II, 16 June. «Vos respondemos que segunt los enemigos eran assaç y ovo acorro». Jaume II a don Juan Manuel, 2 de julio: ibid., núm. CXXIV, pp. 318-19.↩︎
Se trataba de los castillos de Villena, Sax y Salvatierra, con todos sus términos y dependencias: ibid., núm. CXXIX, p. 322.↩︎
Este cortesano había sido enviado a la Curia pontificia en agosto para obtenerla. Para el 5 de septiembre ya había cumplido su misión: ibid., núms. CXXIX, CXXXIV, pp. 321-22, 325-26.↩︎
Ibid., núm. CXXIX, pp. 322.↩︎
Ibid., núm. CXXXIV, pp. 325-26.↩︎
Ibid., núms. CXXXVI, CXXXVII, р. 327.↩︎
Algo más tarde de lo previsto, pues el rey de Aragón le había escrito para comunicarle que se encontraba retenido en Teruel: ibid., núms. CXLI, CXLII, p. 330.↩︎
RAH, Col. Sal. y Cas., M-17, fols. 131-33.↩︎
La edad de doce años se consideraba generalmente la de mayoría matrimonial para las princesas de esta época.↩︎
Benavides, II, núm. CCCLIX, pp. 526-34; AGS, núm. CXLIII, p. 331.↩︎
Saurina era hija del médico real aragonés Juan de Bessers.↩︎
La corte manuelina se encontraba todavía en Valencia el 17 de abril, pero casi con toda seguridad había abandonado la ciudad para el día 23, fecha en la que Jaume II ya se había trasladado a Zaragoza: AGS, núms. CXLIII, CXLIV, pp. 331-32.↩︎
Para más información sobre la animadversión de Jaume hacia Mohammad III de Granada, véase González Mínguez, Fernando IV de Castilla, pp. 164-66.↩︎
El 18 de junio de 1306, don Juan Manuel informaría al rey de Aragón de que «todos fablan al Rey [de Castiella] en la guerra de los moros e el que dise que lo ha muy a coraçon»: AGS, núm, CLIV, p. 338.↩︎
Crónica de Fernando IV, pp. 137-44.↩︎
AGS, núm. CXLVIII, p. 334.↩︎
Este sitio no se estableció antes del 18 de abril: Juan Torres Fontes, Documentos de Fernando IV (Murcia: Universidad de Murcia, 1980), núm. LXIII, pp. 68-69; AGS, núm. CXLV, pp. 332-33.↩︎
AGS, núm. CXLIX, pp. 334-35.↩︎
«Auemos grant plaçer quel Rey de Castiella auenga bien en castigar aquellos qui lo desieruen e que les de a entender que es rey e sennor de su tierra e que ninguno no se atreua de alboroçarse contra el». Jaume al Infante Juan, 3 de mayo: ibid., núm. CXLVII, pp. 333-34. El rey de Aragón se mostró satisfecho con esta guerra porque mantenía una disputa con Juan Núñez por la posesión de Albarracín.↩︎
Ibid, núm. CXLIX, pp. 334-35. A partir de este momento resulta apropiado referirse a don Juan Manuel y Jaume II como suegro y yerno, pues la costumbre medieval consideraba válido el matrimonio desde la firma del contrato nupcial.↩︎
Su padre Manuel había poseído en otro tiempo propiedades en Moya. Véase Antonio Ballesteros Beretta, Alfonso el Sabio (Murcia: CSIC, 1963), núm. 475, p. 1082.↩︎
«Et sennor [Jaume] sabed que oy yueues veynte e seys dias deste mes de Mayo salgo daqui de Cuenca e me vo mi camino derecho»: AGS, núm. CXLIX, p. 335.↩︎
Ibid., núm. CL, p. 335.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 144; AGS, núm. CLIV, pp. 337-38.↩︎
AGS, núms. CLI, CLXII, pp. 336, 343.↩︎
Ibid., núm. CLXXXVIII, p. 361.↩︎
Ibid., núm. CLIX, p. 341.↩︎
Ibid., núm. CLVIII, p. 341.↩︎
Ibid., núm. CLXI, pp. 342-43.↩︎
Ibid., núm. CLXI, p. 343.↩︎
Véase Benavides, II, p. 567 ff.↩︎
AGS, núm. CLXII, pp. 343-44.↩︎
A más tardar el 28 de agosto de 1306. Véase la lista de testigos de Benavides, II, núm. CCCLXXII (pp. 547-49).↩︎
Véanse las listas de testigos de Benavides, II, núms. CCCXVII, CCCXXII (pp. 461-63, 468-72).↩︎
Entre el 4 y el 11 de febrero se ocuparía de una disputa fronteriza entre los ciudadanos de Murcia y los habitantes de Orihuela; respondería por la integridad de un mudéjar (musulmán que vivía bajo dominio cristiano); confirmaría el derecho de un vasallo a seguir exento del pago de determinados tributos mientras se encontrase en Aragón; defendería el derecho de los emigrantes castellanos procedentes de la parte del reino de Murcia que había quedado bajo dominio aragonés a llevar «sus rendas e sus esquilimos de los heredamientos que alla oviessen para sus casas e por sus logares do so vesinos»; y reclamaría una deuda que la Corona de Aragón tenía contraída con el concejo de Murcia: AGS, núms. CLXV-CLXIX, pp. 345-48.↩︎
Don Juan Manuel se encontraba allí el 26 de febrero, fecha en la que confirmó los privilegios de la villa (y no el día 16, como afirma Giménez Soler). Sabemos que Jaume también estaba allí por una carta que le envió Fernando IV, en la que menciona que «nos dixieron que fuerades veer uuestra fija a Villena»: ibid., núms. CLXIII, CLXX, pp. 344, 348-49.↩︎
«Sennor sepades que me dixieron que donna Saurina de Obedes non quiere fincar con la infanta sinon de aqui a Sant Johan. Et sennor yo no lo puedo creer». Don Juan Manuel a Jaume II, junio de 1306: ibid., núm. CL, p. 335.↩︎
«Señor, vo non puedo vevir con vusco. ca entiendo é veo que no he vuestro talante nin recibí honra ninguna de vos en estas córtes, é estó y ende muy quebrantado, é sabe Dios que vos non merescí por qué; mas pues así es, nin viviré convusco, nin quiero fincar en poder de la Reina vuestra madre é de Ferrand Gomez vuestro privado»: Crónica de Fernando IV, pp. 150-51.↩︎
La crónica real no menciona este hecho, pero no parece haber otra explicación para la presencia de Fernando en la fortaleza de los Lara de Tordehumos entre el 14 y el 20 de julio: Torres Fontes, Documentos de Fernando IV, núms. LXXIII, LXXIV, pp. 78-83.↩︎
Crónica de Fernando IV, pp. 151-52. Temiendo quizá una guerra prolongada con la familia Haro, don Juan Manuel pasó el mes de julio construyendo una muralla defensiva alrededor de Peñafiel: AGS, núm. CLXXV, p. 351; 'Chronicon', p. 677.↩︎
AGS, núm. CLXXV, p. 351.↩︎
Véase Benavides, II, p. 581 ff.↩︎
Canellas López, «Datos», núm. XII, p. 276.↩︎
Benavides, núm. CDIV, pp. 595-600; Crónica de Fernando IV, pp. 153-54.↩︎
Don Juan respondería que «donna Saurina et yo auemos puesto rrecabdo en ello como se labre», mencionando además que habían comenzado las obras para construir una muralla perimetral alrededor de Villena: AGS, núm. CLXXVII, pp. 352-53.↩︎
Zurita, II, p. 687 (Libro V, cap. 70).↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 150; AGS, núm. CLXXIX, p. 354.↩︎
AGS, núm. CLXXXIII, pp. 356-58.↩︎
Formó parte del séquito real al menos entre el 11 de mayo y el 17 de julio: ibid., núms. CLXXXIII, CLXXXVI, pp. 356-60.↩︎
Ibid., núm. CLXXXVII, p. 360.↩︎
En esa fecha, en Peñafiel, don Juan Manuel confirmó un privilegio que eximía a su monasterio franciscano del pago de pechos (tributos): RAH, Col. Sal, y Cas., M-1, fol. 2v.↩︎
AGS, núm. CLXXXVIII, p. 361.↩︎
Los pagos efectuados a juglares y soldaderos dan testimonio de los entretenimientos y celebraciones asociados a esta reunión largamente aplazada: AGS, núm. CXC, p. 362.↩︎
Benavides, II, núms. CDXVI-CDXIX, pp. 621-26.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 162.↩︎
AGS, núm. CXCV, p. 366; Andrés Giménez Soler, El sitio de Almería en 1309 (Barcelona, 1904), p. 98.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 162.↩︎
Ibid., p. 162. Los Banū Marīn, conocidos también como «benimerines», eran una tribu suní que había sustituido al decadente régimen almohade en el Magreb occidental hacia mediados del siglo XIII. Las relaciones, sorprendentemente estrechas, que existían entonces entre la Corona de Aragón y el Magreb son objeto de estudio en la obra de Charles Emmanuel Dufourq, L'Espagne catalane et le Maghrib aux XIIIe. et XIVe. siècles (Paris, 1966).↩︎
Como parte del acuerdo de Alcalá de Henares, Fernando IV se comprometió a indemnizar a don Juan Manuel por cualquier pérdida que pudiera sufrir: AGS, núm. CLXXXIX, pp. 361-62.↩︎
Ibid., núms. CXCII, CXCIII, pp. 363-65.↩︎
P. Diaz Cassou, Serie de los obispos de Cartagena, sus hechos y su tiempo (Madrid, 1895), p. 27.↩︎
AGS, núm. CXCI, p. 364.↩︎
Ibid., núm. CXCIV, p. 366.↩︎
Ibid., núm. CXCL, p. 363.↩︎
Bullarium Ordinis Militiae de Alcantara (Madrid, 1759), Escritura XVIII, pp. 146-48.↩︎
AGS, núm. CXCII, p. 364.↩︎
«É […] moró y el Rey todo el mes de Abril, [...] é bien la mitad del mes de mayo»: Crónica de Fernando IV, p. 162; AGS, núm. CXII, p. 364.↩︎
«É desque llegaron [al Rey de Castiella], ovo su acuerdo con ellos, é commo quier que les era muy grave de ir a la cerca, ca venían todos guisados para entrar á la Vega de Granada facer guerra, é traian todos más gente de con cuanta avian á servir, é teniendo que non duraria mucho la entrada de la Vega; ca si ellos sopieran que el Rey avia de cercar á Algecira, de otra manera trajeran ménos gente porque lo pudiesen aturar; pero veyendo ellos como el Rey lo avia mucho a corazon acordaron que fuesen cercar á Algecira»: Crónica de Fernando IV, p. 163.↩︎
«Al Rey de Aragon [...] Yo infante don Johan uos fago saber que el Rey don Ferrando mio sobrino e yo e otros muchos omnes bonos con el llegamos a Algesira miercoles que agora paso que fueron treynta dias deste mes de julio»: AGS, núm. CXCVI, p. 366; Crónica de Fernando IV, p. 163.↩︎
Giménez Soler, El sitio de Almería, p. 103.↩︎
Benavides, II, núms. CDLIX-CDLXIV, pp. 672-77.↩︎
Dufourcq, L'Espagne catalane et le Maghrib, p. 401. La población musulmana de Gibraltar fue expulsada a África. Cuenta la leyenda que, antes de partir, uno de los musulmanes expulsados se quejó a Fernando IV de su destierro en los siguientes términos: «señor, ¿qué oviste conmigo en me echar de aquí? ca tu bisabuelo el rey don Fernando cuando tomó a Sevilla me echó dende, é vine morar á Xerez, e despues el rey don Alfonso tu abuelo cuando tomó a Xerez echóme dende, é yo vine morar á Tarifa, é, cuidando que estava en lugar salvo, vino el rey don Sancho tu padre é tomó á Tarifa, é echóme dende, é yo vine morar aquí a Gibraltar, teniendo que en ningund lugar non estaria tan en salvo en toda la tierra de los moros de aquende la mar commo aquí; é pues veo que en ningund lugar destos non puedo fincar, yo iré allende la mar, é me porné en lugar do viva en salvo é acabe mis dias»: Crónica de Fernando IV, p. 163.↩︎
La alianza entre Aragón y Marruecos había sido renovada tan recientemente como el 6 de julio de 1309: Dufourcq, L'Espagne catalane et le Maghrib, p. 394.↩︎
J. Murias, 'Vida del señor don Alonso Pérez de Guzmán, Boletín de la Real Academia de la Historia, 143 (1958), pp. 66-70 (p. 68).↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 164.↩︎
AGS, p. 40.↩︎
Véase la nota 104 de este capítulo.↩︎
«É en este tiempo fueron tantas las aguas, que duró bien tres meses que nunca cesó de llover»: Crónica de
Fernando IV, p. 164.↩︎
AGS, núm. CCI, p. 373.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 163.↩︎
La codicia no era necesariamente el problema en este caso. Del mismo modo que el rey debía pagar a sus aristócratas por el servicio militar, estos aristócratas tenían que remunerar a los guerreros vasallos que combatían bajo sus órdenes.↩︎
AGS, núm. CXCVII, pp. 367-69.↩︎
AGS, núm. CCXIII, pp. 383-84.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 164.↩︎
Ibid., p. 163.↩︎
Ibid., p. 163.↩︎
González Mínguez, Fernando IV de Castilla, p. 297.↩︎
Giménez Soler, El sitio de Almería, p. 64.↩︎
AGS, núms. CXCVII-CC, pp. 369-71.↩︎
A comienzos de la primavera había ordenado a una fuerza que tomara el castillo de Tempul, cerca de Algeciras: Crónica de Fernando IV, p. 164.↩︎
AGS, núm. CCIV, p. 373.↩︎
González Mínguez, Fernando IV de Castilla, p. 303.↩︎
«Plogo nos muyto de lo que fisiestes saber que uos e don Johan vuestro cormano vos ivades agora con la Reyna Doña Maria [e] Sancho Sanches de Velasco». Jaume II al infante don Juan, abril de 1310, April 1310: AGS, núm. CCIV, p. 373.↩︎
AGS, núm. CCII, p. 372.↩︎
Ibid., núm. CCV, p. 374.↩︎
Ibid., núm. CCIX, pp. 377-80.↩︎
Ibid., núm. CCX, p. 381.↩︎
Para celebrar el matrimonio de la infanta Isabel de Castilla con el duque de Bretaña: Crónica de Fernando IV, pp. 164-65.↩︎
AGS, núm. CCXIX, pp. 387-88; Crónica de Fernando IV, p. 165.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 166; cf. AGS, núm. CCXVI, p. 385.↩︎
Para esa fecha, el infante don Pedro lo había sustituido como mayordomo de la casa real. Véase la lista de testigos de Benavides, II, núm. DXXXV (p. 779).↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 167; AGS, núm. CCXVI, p. 385.↩︎
AGS, núm. CCXIX, p. 388.↩︎
Ibid., núms. CCXX, CCXXII, pp. 389-91.↩︎
A propósito de estas conversaciones, una delegación aragonesa en Castilla escribiría a Jaume que «tanta es la gran voluntat que ell [Rey] a de tornar a la frontera que en ninguna otra cosa no entiende tanto. Assi que por esto seynaladamente viene el adobo»: ibid., núm. CCXX, p. 389.↩︎
Ibid., núms. CCXX, CCXXI, pp. 389-90. Esta reunión conciliatoria se menciona en la Parte I, capítulo 85, de El Libro de los Estados (pp. 252-54).↩︎
AGS, núm. CCXXI, pp. 389-90.↩︎
Ibid., núm. CCXXXVI, p.402. Giménez Soler atribuyó erróneamente el año 1312 a este documento.↩︎
Ibid., núm. CCXXII, pp. 390-91.↩︎
Ibid., núm. CCXXIV, pp. 392-93.↩︎
Ibid., núm. CCXXVI, pp. 393-94.↩︎
Ibid., núm. CCXXVIII, p. 395.↩︎
Lo sabemos por una carta enviada por el arcediano de Tarazona a Jaume II por estas fechas: ibid., núm. CCXXIV, pp. 392-93.↩︎
Ibid., núm. CCXXVII, pp. 394-95.↩︎
«E el rey [de Castiella] queria vos enuíar rogar que porque no podia luego entregar Salmeron que tiene Don Juan Manuel quel diessedes algun plaço entro a que lo pudiesse comprar e que por esto no fincase el casamiento». El arcediano de Tarazona a Jaume II, abril de 1311: ibid., núm. CCXXXVI, p. 403. Don Juan Manuel había recibido Salmerón en agosto de 1310: Chronicon, p. 677.↩︎
Para agosto de 1312, don Juan Manuel había pagado a Blanca 182.225 maravedís por ellas: AGS, núms. CCXVII, CCXLI, pp. 385-86, 408; Burgos, Archivo de la Catedral, vol. 63, núm. 32.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 169.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 167; Chronicon, p. 677.↩︎
AGS, núm. CCXXXII, pp. 398-99.↩︎
Esta información figura en la edición de Benavides de la crónica de Fernando IV, pero no en la de Rosell.↩︎
Entre los principales miembros de la nobleza castellana, únicamente Juan Núñez continuaría mostrándose hostil. Poco después rompería nuevamente su vínculo de vasallaje, prestaría juramento de fidelidad al rey Dinis de Portugal y pasaría a residir en su reino: Crónica de Fernando IV, p. 169.↩︎
Benavides, II, núm. DLX, pp. 822-23.↩︎
Ibid., II, núm. DLIX, p. 821; AGS, núm. CCXXXII, pp. 398-99; Chronicon, p. 677.↩︎
AGS, núm. CCXXXVII, pp. 403-06.↩︎
Ibid., núm. CCXL, p. 407.↩︎
Francisco J. Miguel Rosell, Cuerpo de Archivos, Bibliotecarios y Arqueólogos: Regesta de Letras Pontificias del Archivo de la Corona de Aragón. Sección Cancillería Real (Madrid, 1948), no. 373, p. 195.↩︎
Crónica de Fernando IV, p. 169.↩︎
Ibid., p. 169; Zurita, III, p. 773 (Libro V, cap. 102)).↩︎
«Et sennor por cosas que me acaesçieron de la mi fasienda que oue de faser segund conuusco lo fable non he complimiento para la paga que he de faser agora en el mes de mayo et asi tengo en la dicha compra muy grand auentura». Don Juan Manuel a Jaume II, 21 de abril de 1312: AGS, núm. CCXLI, p. 408.↩︎