CAPÍTULO 8
«Tan graue cosa es veuir omne en tierra de su sennor et auer se a guardar del, commo meter la mano en el fuego e non se quemar.»
Las relaciones entre don Juan Manuel y su monarca, Alfonso XI, permanecerían tensas durante un periodo prolongado. Dos cuestiones principales, ambas ya conocidas, los mantenían enfrentados. La primera era la seguridad personal de don Juan Manuel. Tras haber visto cómo los destacados aristócratas Juan el Tuerto y Alvar Núñez de Osorio eran eliminados por orden regia, el señor de Villena estaba convencido de que él sería el siguiente en la lista de quienes Alfonso XI pretendía hacer matar, y no conseguía librarse de ese temor.1 El segundo problema era una cuestión de honor. Alfonso se había casado con la hija de don Juan Manuel, Constanza, para repudiarla después. Mientras el rey no reparase aquella afrenta, las posibilidades de una reconciliación duradera eran escasas.
En las últimas semanas de 1330, don Juan Manuel, libre ya de las preocupaciones derivadas de las operaciones militares contra Granada, envió una embajada a Sevilla para instar a Alfonso XI a que procurase a Constanza un matrimonio ventajoso y digno de su rango.2 Con este fin, el rey de Castilla reanudó las conversaciones con la corte aragonesa acerca del enlace entre el infante don Pere y Constanza, planteado por primera vez en el verano de 1329. Pero Alfons IV de Aragón tenía ahora otros planes para su heredero, y así lo manifestó en una carta del 17 de febrero de 1331.3 Había pocas alternativas viables. Cabía un matrimonio con algún miembro de la dinastía portuguesa. Sin embargo, el rey de Castilla se mostraba por entonces poco dispuesto a tratar con su familia política, pues recientemente había iniciado una relación ilícita con una acaudalada viuda sevillana llamada Leonor de Guzmán.4
Alfonso XI, evidentemente, no dio prioridad durante los meses siguientes a la búsqueda de un matrimonio para Constanza Manuel, pues para el verano de 1331 su padre, don Juan Manuel, había emprendido una nueva campaña de devastación contra las tierras de la Corona.5 Sin embargo, esta actitud desafiante no provocó ninguna reacción significativa por parte del rey de Castilla, quien, probablemente deseoso de permanecer junto a su amante, continuó en Andalucía mucho después de concluida la guerra contra Granada. El señor de Villena cambió entonces de táctica y, aquel otoño, envió a Fernán Rodríguez, prior de San Juan, a la corte portuguesa para llamar la atención sobre el deshonor que Alfonso XI estaba causando a la Casa de Portugal con su conducta inmoral y ofrecer a Afonso ayuda militar contra la Corona de Castilla a cambio de concertar un matrimonio dinástico para su hija. El rey de Portugal se mostró receptivo a la propuesta, y se acordó el matrimonio entre Constanza Manuel y el infante don Pedro, heredero del trono portugués.6
Al conocer esta peligrosa alianza, el rey de Castilla trató de llegar a un entendimiento con don Juan Manuel. Debió de haber por parte de este algunas palabras o gestos conciliadores, pues el 27 de noviembre Alfonso XI escribió al concejo de Murcia para comunicarle que «Don Johan fijo del infante Don Manuel mio vassallo e mio Adelantado mayor de la frontera e del regno de Murcia es abenido conmigo et a mio serviçio».7 Pero, evidentemente, no había sinceridad alguna en la conducta del señor de Villena, pues en aquel mismo momento su casa negociaba en secreto una nueva alianza militar con el rey de Granada;8 y, de manera sorprendente, daba pasos encaminados a acuñar su propia moneda, presumiblemente tanto para contribuir a financiar sus objetivos militares como para poner de manifiesto su creciente desafección hacia el reino de Castilla.9
La situación de Alfonso XI empeoró considerablemente cuando el poderoso Juan Núñez de Lara, irritado por la negativa de la Corona a cederle las posesiones de su difunto suegro Juan el Tuerto,10 se sumó a la alianza internacional contra la Casa de Castilla. Aunque la situación política del reino era en aquel momento, sin duda, especialmente tensa y precaria, no hay pruebas de que llegara a estallar la guerra. Fernán Sánchez, poco dado a silenciar los abusos de la aristocracia, apenas menciona otra cosa que los esfuerzos de don Juan Manuel por construir nuevos castillos y reforzar sus fortalezas.11 Sin embargo, dado que la documentación conservada para este periodo es escasa, resulta muy difícil determinar con certeza qué fue exactamente lo que ocurrió.
Para el otoño de 1332, la agitación seguía sin resolverse. Según se afirma, Alfonso XI continuó tratando de apaciguar a don Juan Manuel, pero estos esfuerzos se vieron frustrados por el aristócrata Alvar Díaz de Haro, «que fué decir á Don Joan, quel Rey le mandára que le matase, non seyendo verdad». Se trata de otro más de los numerosos casos referidos – la mayoría de ellos por la Crónica de Alfonso XI – en que determinadas personas, por lo general cortesanos, advertían a don Juan Manuel de que el rey de Castilla tramaba su asesinato. La correspondencia del señor de Villena con la corte aragonesa confirma que había oído este rumor,12 pero no tenemos forma de saber con certeza si tenía algún fundamento. Gautier Dalché afirma que «si le roi de Castille avait voulu obtenir la mort de Don Juan Manuel, il y serait parvenue d'une façon ou d'une autre»;13 pero esto no es necesariamente cierto. A la vista del destino sufrido por otros destacados adversarios de Alfonso XI, parece evidente que el rey debió de considerar seriamente la posibilidad de hacer matar a su turbulento pariente, pero ello no significa que todos y cada uno de los rumores acerca de una conspiración semejante fueran ciertos. Lo cierto es que en la corte regia había con frecuencia personas interesadas en impedir que Alfonso XI y don Juan Manuel mantuvieran buenas relaciones, y la forma más sencilla de mantenerlos distanciados consistía en sembrar dudas en la mente de este último acerca de su propia seguridad.
Hacia finales de 1332, Juan Núñez de Lara – auxiliado por el cortesano desafecto Juan Martínez de Leiva y otros personajes destacados – comenzó a hacer la guerra desde Lerma contra las tierras de la Corona.14 La ofensiva no podía haber llegado en un momento más inoportuno para Alfonso XI, pues acababa de recibir tres noticias inquietantes. En primer lugar, un poderoso ejército benimerín al mando de Abu Malik, hijo del sultán de Marruecos Abu'l-Hasan, acababa de cruzar el Estrecho y había puesto sitio a Gibraltar. En segundo lugar, el ejército del rey de Granada estaba atacando el reino de Murcia. Y, en tercero, Afonso IV de Portugal preparaba una fuerza para intervenir.15 El monarca castellano se encontraba ahora en una situación sumamente precaria. Podría decirse que estaba recogiendo lo que había sembrado, afrontando por fin las consecuencias de su propia conducta. Sus siete años de gobierno hasta entonces habían estado jalonados por actuaciones carentes de escrúpulos y con frecuencia brutales, sin apenas consideración por sus consecuencias. Ahora, muchos de aquellos a quienes había agraviado durante ese periodo se habían vuelto contra él. La figura central de esta crisis en desarrollo era, naturalmente, don Juan Manuel: Juan Núñez era su cuñado, y los reyes de Portugal y Granada, sus aliados. Alfonso XI era lo bastante perspicaz como para comprender que muy probablemente podría atenuar la hostilidad de muchos de sus poderosos adversarios con solo mejorar sus relaciones con el señor de Villena.
Según la crónica regia, el joven rey, consciente de que don Juan Manuel era un apasionado de la caza («era muy cazador»), le envió al halconero real Sancho Martínez:
et envióle decir con él, que quisiese sesegar [Don Joan] en el su servicio; et que fablase con Don Joan Nuñez que feciese aquello mesmo; et que fuesen con el Rey á desercar la villa et el castiello de Gibraltar; et que de todas las cosas que ellos dixiesen, en que el Rey estaba en culpa á Don Joan Nunez, que los emendaria en la manera que Don Joan dixiese que lo debia facer: et que eso de su fija Doña Costanza: et que por esto faria ayuda et merced a Doña Costanza, porque oviese casamiento honrado; et desto que daria rehenes, et les faria seguros por qual manera ellos quisiesen.16
En la misma fuente se afirma que don Juan Manuel respondió favorablemente a esta embajada, declarando que se complacería en volver al servicio de la Corona y que haría cuanto estuviera en su mano para persuadir también a Juan Núñez de Lara de que llegara a un acuerdo, de modo que ambos pudieran contribuir a la liberación de Gibraltar. Al parecer, se celebraron conversaciones tripartitas en Villaumbrales (Palencia). Según se relata, don Juan Manuel y Juan Núñez pidieron perdón por sus errores pasados y se ofrecieron a servir fielmente a su monarca en adelante, «en guisa que todos los del mundo viesen que ningun Rey nunca fuera tambien mejor servido de tales dos vasallos como él seria dellos». Pero, según se afirma, justo cuando ambos se disponían a formalizar por escrito su reconciliación, Juan Martínez de Leiva dijo a Juan Núñez «que si él et Don Joan fijo del Infante Don Manuel fuesen comer con el Rey en Villumbrales, que fuesen ciertos que el Rey tenia acordado de los mandar matar».17 Las negociaciones, por tanto, fracasaron.18 Una vez más, la reputación de brutalidad de Alfonso XI había impedido – o había sido utilizada para impedir – que se pusiera fin a la agitación aristocrática.
En las primeras semanas de 1333, Alfonso XI recibió noticias del gobernador del castillo de Gibraltar de que «los Moros afincaban mucho de cada dia la villa de Gibraltar, combatiendola con engeños, et con muy grand poder de ballesteros que el Infante Abomelique tenia y; et que avian comenzado á derribar con los engeños dos torres, et la villa que estaba en afincamiento».19 Según un relato contemporáneo, el sultán de Marruecos estaba tan seguro de la victoria que había ordenado a su hijo Abu Malik «que no talasse arboles ni viñas, ca tenia que en poco tiempo por toda suya».20 Como informó un testigo castellano, los habitantes de Gibraltar apenas podían creer que su rey no hubiera acudido todavía en su auxilio: «[los de la frontera] an tomado tan grand desmayo que se tienen por perdidos todos ca disen que nunca omne oyo desir que Rey de Castiella touiese su logar çercado que sabiendo lo ques non acorriesse».21 Alfonso XI, naturalmente, había retrasado su partida hacia Andalucía porque temía que «[don Joan et don Joan, que] le facian grand daño en la tierra [...] que le farian muy mayor en lo que podiessen desque él allá fuese».22 Si damos crédito a la crónica regia, el rey de Castilla viajó en dos ocasiones a Peñafiel para tratar de persuadir a don Juan Manuel de que se incorporara al ejército regio, y solo fracasó en su empeño porque «algunos de los que estaban con el Rey, le enviáran decir [á don Joan] que el Rey lo queria matar».23 Una historia ya conocida.
A finales de mayo de 1333, Alfonso XI había logrado asegurarse la participación tanto de don Juan Manuel como de Juan Núñez en la lucha contra los musulmanes, aunque el señor de Villena – siempre preocupado por su seguridad personal – solo estaba dispuesto a hacer la guerra en un frente separado: desde la diócesis de Jaén. Alfonso aceptó esta solución de compromiso – en realidad, su principal deseo era simplemente que su primo no fomentara disturbios durante su ausencia – y, hacia los últimos días de mayo, la hueste regia partió hacia Andalucía.24 El ejército castellano llegó a Sevilla a más tardar el 10 de junio.25 La ofensiva contra las posesiones cristianas del sur había comenzado seis meses antes y Gibraltar ya había caído, consecuencia directa de la incapacidad de Alfonso XI para imponer su autoridad sobre la aristocracia castellana. El rey de Castilla trató de recuperar Gibraltar, pero los musulmanes habían abastecido bien la plaza y establecido en ella una fuerte guarnición.26 En octubre, Alfonso reconoció de hecho su fracaso y concertó treguas con Abu Malik y el rey de Granada.27
Ni don Juan Manuel ni Juan Núñez de Lara habían cumplido sus promesas de llevar la guerra contra el infiel. En lugar de ello, habían viajado a Aragón para exponer ante Alfons IV sus agravios contra Alfonso XI. El rey de Aragón logró apaciguar a don Juan Manuel al declarar Villena – hasta entonces bajo jurisdicción aragonesa – principado, otorgándole en la práctica un estatuto autónomo.28 Pero Juan Núñez no se dejó aplacar y, a su regreso a Castilla, «ayunto [en Lerma] todas las mas gentes que pudo aver de malfechores et de encartados, et fué por tierra de Treviño, et dende á Campos robando et tomando todo quanto podia aver». Además, renunció a sus vínculos de vasallaje con Alfonso XI.29 Los esfuerzos diplomáticos que el rey de Castilla había desplegado durante la primera mitad de 1333 habían resultado, a la postre, estériles. Peor aún, le habían costado Gibraltar.
Alfonso decidió emprender una guerra cruel contra Núñez. Don Juan Manuel, quizá ya cansado del prolongado periodo de disputas políticas, hizo cuanto pudo por apaciguar la enemistad entre su cuñado y el rey de Castilla. En algún momento entre el 16 y el 22 de abril de 1334 habló con el primero en Peñafiel y lo convenció de que se abstuviera de atacar las posesiones de la Corona durante quince días, a fin de facilitar las negociaciones de paz. Pocos días después, el señor de Villena se reunió con Alfonso XI para tratar la cuestión de la reconciliación.30 El rey, sin embargo, estaba decidido a someter a su díscolo vasallo y, a más tardar el 12 de mayo, recurrió a la fuerza, haciendo asesinar al poderoso aliado de Núñez, Juan Alfonso de Haro, y poniendo sitio a las posesiones de los Lara en Lerma y Ferrera.31
Este desenlace no era el que don Juan Manuel había esperado y pudo haber provocado nuevas tensiones en sus relaciones con el monarca. Por aquellas fechas, el alcalde de Lorca, Pedro Martínez Calvillo, comunicó al rey de Aragón su sospecha de que Alfonso XI no había incluido los territorios manuelinos en la tregua que recientemente había concertado con los musulmanes, y consideraba que «don Joan [...] que non se querra deseretar abra de faser alguna cosa de lo que non querria».32 Las sospechas de Calvillo parecieron confirmarse cuando, el 4 de junio, Sancho Manuel reveló en una carta a Alfons IV que «algunos moros nuestros amigos en como el Rey de Granada con todo su poder que viene sobre esta villa [de Lorca]».33 Preocupado, el rey de Aragón interpeló a su homólogo castellano sobre el asunto. Este, que se encontraba sitiando Lerma, respondió en términos tranquilizadores el 7 de julio:
Don Joan fijo del infante Don Manuel tiene a Lorca la villa et el castiello es nuestra et tienela por nos como otros nuestros vasallos tienen otras villas et castiellos de nos. Et don Johan es nuestro vassallo et el et toda la su tierra entro en la tregua que nos pusiemos con los moros. Pero nos enbiamos luego nuestras cartas al Rey de Granada et al infante [Abu Malic] sobresto.34
Que don Juan Manuel quedó satisfecho con esta respuesta parece desprenderse de la crónica regia, que, nunca remisa a señalar sus faltas, no registra ninguna conducta indebida por su parte durante el resto del año. Además, hacia finales de 1334 Alfonso XI comunicaría en una carta al concejo de Murcia que «Don Johan fijo del infante Don Manuel nuestro vassallo e nuestro Adelantado maior en la frontera et en el rregno de Murcia es a la nuestra merçed e en nuestro servicio».35 La crónica sostiene que Alfonso mantuvo a don Juan Manuel en obediencia al autorizar el matrimonio de Constanza Manuel con el infante don Pedro de Portugal, y no hay razón para ponerlo en duda.36
A comienzos de 1335, la guerra de Alfonso XI contra Juan Núñez de Lara había llegado a su fin. Si hemos de volver a dar crédito a Fernán Sánchez, Alfonso concertó una tregua con Núñez porque «los de las sus villas [del Rey] estaban en muy grand afincamiento de pobreza por los muchos pechos que avian dado para las guerras que él avia avido con los Moros et con los Christianos del su regno».37 Un factor quizá más decisivo fue que las operaciones contra las fortalezas de los Lara no habían tenido mucho éxito y, además, comenzaban a suponer una carga para el erario regio. Del silencio de la crónica regia cabe presumir que don Juan Manuel y su cuñado permanecieron obedientes durante el resto de aquel año, aunque no podemos tener plena certeza al respecto debido a la escasez de otros testimonios.38
Si 1335 había sido un año relativamente tranquilo, 1336 distaría mucho de serlo. A comienzos de 1336, Afonso IV de Portugal, indignado por la resistencia de Alfonso XI a poner fin a su relación extramatrimonial con Leonor de Guzmán y por su negativa a permitir que Constanza Manuel viajara para contraer matrimonio con el infante don Pedro, envió mensajeros a don Juan Manuel, Juan Núñez, Pedro Fernández de Castro y Juan Alfonso de Alburquerque – un noble de alto rango estrechamente vinculado a la familia real portuguesa – pidiéndoles que emplearan su poder militar para presionar al rey de Castilla a fin de que reparase su conducta. Don Juan Manuel accedió a prestar ayuda – lo que no resulta sorprendente, pues debía de sentirse tan frustrado como el rey de Portugal ante las dilaciones de Alfonso XI con respecto al matrimonio entre Pedro y Constanza – y, en marzo, envió a su vasallo Clemente Sánchez a solicitar el apoyo del nuevo rey de Aragón, Pere IV, para esta empresa. Pere, predispuesto contra la familia real castellana debido a sus malas relaciones con su madrastra Leonor de Castilla – hermana de Alfonso XI – aceptó participar y, el 17 de marzo, se concertó una alianza de amistad y defensa mutuas entre las casas de Manuel y Aragón.39 En mayo, Pere consolidó su amistad formal con don Juan Manuel otorgándole el título de «duque de Villena».40 Al tener noticia de la alianza formada contra él, Alfonso XI puso, a más tardar el 14 de junio, un nuevo sitio a Lerma,41 e inició operaciones separadas contra las posesiones de los Lara en Busto, Villafranca de Montes de Oca y Torre de Lobatón. La magnitud de la ofensiva impresionó de tal manera a Juan Alfonso de Alburquerque, miembro de la alianza de Afonso IV de Portugal, que abandonó esta y se pasó al bando de Alfonso XI.42 Sospechando acertadamente que don Juan Manuel acudiría esta vez en defensa de su asediado cuñado Juan Núñez, el rey de Castilla dispuso que:
Don Vasco Rodriguez Maestre de Sanctiago, et Don Joan Nuñez Maestre de Calatrava, con mill omes á caballo á costa de las Ordenes, estidiesen fronteros en el castiello de Garci Muñoz et de Alarcon, et de los otros logares que Don Joan avia en esta comarca dó el estaba, et que le vedarian que non levase su fija Doña Costanza á Portogal entre tanto que estaba el Rey en aquella cerca: et otrosí que le non dexarian andar por la tierra á facer guerra.43
Indignado por este asedio, don Juan Manuel decidió romper sus vínculos de vasallaje con Alfonso XI. En una carta dirigida el 30 de julio a Pere IV de Aragón, expuso sus razones: el rey de Castilla había confiscado sus tierras; había intentado darle muerte mediante diversas artimañas; había obstaculizado el matrimonio de Constanza Manuel con el infante don Pedro de Portugal; se había negado a levantar el sitio de Lerma; había tratado deshonrosamente a la reina María; y había dotado a los hijos bastardos de «aquella mala muger» (Leonor de Guzmán) con tierras arrebatadas a la alta aristocracia. El señor de Villena pidió a la cancillería aragonesa que dejara constancia formal de su renuncia al vasallaje, pues había decidido no enviar a un vasallo ante Alfonso XI con ese propósito, porque «en Villa real mando matar e cortar las manos e los piedes al escudero que embio don Johan Nunnez a despedirle e denaturarle del».44 Durante el reinado de Alfonso XI, difícilmente podía haber una tarea más peligrosa que llevar noticias desagradables a la corte castellana.
El 10 de agosto de 1336, Alfonso XI, tras tener noticia de que su primo se había desnaturalizado de él, advirtió al concejo de Murcia que, puesto que:
la su voluntad [de Don Johan] es para faser mal e danno en la tierra [...] que pongades buen rrecabdo en esa villa et que la fagades guardar et asy mismo en las fortalesas que avedes en vuestro termino e que alçedes los ganados e guardedes vuestros terminos e lo al que avedes porque non reçibades danno. Et sy Don Johan et sus compannas fisiesen guerra o mal en la nuestra tierra quel fagades guerra a el e a todo lo suyo la mas crua que podieredes.45
Seis días después, el rey de Castilla ordenó a Alfonso Fernández de Saavedra, adelantado en el reino de Murcia, que tomara posesión de Alhama y Cartagena, propiedades que don Juan Manuel tenía en beneficio en virtud del adelantamiento de Murcia.46
En una fecha imprecisa de agosto, don Juan Manuel, deseoso de prestar algún apoyo a su cuñado Juan Núñez, logró eludir a los maestres de Santiago y Calatrava – que se encontraban «en un lugar que dicen las Chozas, para estar fronteros á Don Joan» – saliendo de Garcimuñoz «por lugares encubiertos». En cuanto Alfonso XI tuvo noticia de ello, se apresuró a dirigirse a Peñafiel, dejando a Juan Alfonso de Alburquerque al frente del sitio de Lerma. Don Juan Manuel, sin embargo, no pudo ser inducido a presentar batalla, por lo que el rey de Castilla se retiró a Curiel. Poco después, Alfonso condujo de nuevo a sus hombres a Peñafiel, pero volvió a fracasar en su intento de obligar a su primo a combatir.47 Temiendo por su vida, don Juan Manuel escribió al rey de Aragón solicitando «homes a cauallo e de ballesteros». Pere respondió antes de que terminara el mes que estaba reuniendo un ejército de socorro en el reino de Valencia.48
Alfonso XI parecía llevar ventaja en un conflicto que se había transformado rápidamente, de una rebelión aristocrática, en una guerra abierta de alcance peninsular. Mientras Pere IV de Aragón preparaba una fuerza para atacar al rey de Castilla, Afonso IV de Portugal envió un poderoso ejército contra Badajoz y ordenó a sus vasallos que hicieran la guerra contra las posesiones castellanas próximas a la frontera portuguesa. Alfonso XI despachó una fuerza al mando del poderoso aristócrata gallego Pedro Fernández de Castro para hacer frente a la amenaza portuguesa. Castro derrotó al ejército portugués en Villanueva de Barcarrota y logró levantar el sitio de Badajoz, pero no pudo impedir las incursiones procedentes de Portugal.49 Pere IV de Aragón intervino activamente en octubre y, después del día 23 de aquel mes, envió una fuerza para combatir al disidente aragonés Pere de Xérica «et algunos otros que son en conuiniença con el Rey de Castella [...] et puede seer razon quel dito Rey de Castiella se haya de partir del sitio de Lerma».50 Pero los esfuerzos de los hombres de Pere no debieron de causar graves dificultades a Alfonso XI, pues a finales del otoño don Juan Manuel se vio obligado a huir a Aragón, temiendo, según se nos dice, «que cobraria el Rey la villa de Lerma, et que tomaria á Don Joan Núñez, et que iria luego cercar á Peñafiel, ó do quier que estidiese».51 El rey de Castilla trató inmediatamente de apropiarse de todos los territorios manuelinos situados en Castilla.52
La partida de don Juan Manuel supuso un revés del que Juan Núñez de Lara, atrapado en Lerma y probablemente escaso de provisiones,53 consideró que no podría recuperarse, y hacia finales de noviembre se ofreció a volver al servicio de Alfonso XI. El rey de Castilla accedió a recibirlo de nuevo en su favor con la condición de que debilitara sus fortalezas y entregara como rehenes los castillos de Vizcaya. Juan Núñez se comprometió a hacerlo y, el 4 de diciembre, ambos quedaron formalmente reconciliados.54
A partir de entonces, la familia Lara trató de propiciar un acercamiento entre Alfonso XI y don Juan Manuel. Hacia marzo de 1337, la matriarca Juana Núñez, que había mantenido el contacto con su yerno exiliado, don Juan Manuel, escribió a Alfonso XI para comunicarle que:
Don Joan fijo del Infante Don Manuel que estaba en Aragon, [...] que queria venir á la su merced del Rey, et que le serviria bien et lealmente dó el quisiese. Et porque el Rey fuese cierto desto, que le daria Don Joan en rehenes la villa et el alcázar de Cartagena, et [...] uno de los castiellos que avia en Peñafiel.
Añadió que don Juan Manuel estaba dispuesto a permitir que la Corona tomara las propiedades anteriormente mencionadas que habían sido entregadas en prenda y, además, a que se destruyeran los castillos de Peñafiel y Galve, junto con otras tres fortalezas manuelinas, si incumplía las condiciones de cualquier nuevo acuerdo de paz. Alfonso XI consideró razonable este arreglo y lo ratificó en abril.55 Juana Núñez se lo comunicó a don Juan Manuel y le pidió que se reuniera con su soberano. Según la crónica regia, el ya envejecido príncipe castellano, que contaba entonces cincuenta y seis años, viajó desde Aragón hasta Cuenca con su esposa Blanca para ese propósito. «Et el Rey acogióles muy bien, et fizoles mucha honra, et mostró buen talante á Don Joan, et fabló con el muy bien, de manera que Don Joan fincó bien asosegado en la su merced».56
El prolongado conflicto entre don Juan Manuel y Alfonso XI había quedado finalmente resuelto. Por cuanto podemos determinar, el reino de Castilla permaneció relativamente tranquilo en el plano interno durante los años restantes del reinado de Alfonso XI. Sánchez-Arcilla Bernal caracterizó la resolución de este conflicto como un triunfo de la autoridad monárquica.57 Paradójicamente, fue precisamente el abuso de esa autoridad monárquica lo que alimentó en gran medida la agitación política de la década precedente. La historiografía moderna atribuye con frecuencia a don Juan Manuel la responsabilidad por los conflictos internos que sacudieron Castilla entre 1327 y 1336, pero esta interpretación está condicionada por una dependencia excesiva del testimonio de Fernán Sánchez, el biógrafo hagiográfico de Alfonso.
El 3 de mayo, Pere IV de Aragón escribió para felicitar a don Juan Manuel por su reconciliación. Sin embargo, Pere se encontraba por entonces al borde de la guerra con el rey de Castilla debido a sus dificultades con Leonor, hermana de este, por lo que recordó a don Juan Manuel el acuerdo político que ambos habían alcanzado el año anterior: «quanto mas de bien et de honra ayades tanto mayor conta podremos fazer de vos que creyemos que tendredes bien equello que es puesto entre uos et nos».58 Cansado de tantos años de conflictos, don Juan Manuel tenía escaso deseo de que estallara una guerra entre Castilla y Aragón y, a más tardar el 22 de julio, comenzó a trabajar para reconciliar a los dos jóvenes reyes.59 Las negociaciones fueron difíciles y hubo que esperar hasta el año siguiente para alcanzar un acuerdo formal.60
Muy poco se sabe sobre la última década de la vida de don Juan Manuel. Parece probable que durante ese periodo se mantuviera, en líneas generales, obediente. Fernán Sánchez, siempre atento a consignar las faltas de la aristocracia, apenas lo menciona. Y el nombre de don Juan Manuel aparece de manera constante en las listas de confirmantes de los diplomas regios. Lo poco que sabemos se refiere a su participación en dos importantes campañas militares en el sur entre 1340 y 1344.
En 1338, Alfonso XI se hallaba inmerso en negociaciones de paz no solo con Aragón, sino también con Portugal,61 pues circulaban noticias de que los Banū Marīn preparaban una nueva operación militar de gran envergadura contra las posesiones cristianas del sur. Pere IV, igualmente preocupado por los planes benimerines, acordó con Castilla un tratado de cooperación y defensa militar, que incluía la defensa del Estrecho mediante las respectivas flotas de ambos reinos (mayo de 1339).62 Abu Malik, el príncipe benimerín encargado de la invasión de Castilla, aguardó el momento oportuno y retrasó deliberadamente su ofensiva hasta que la totalidad de su ejército hubiera sido desplegada en al-Andalus. En las primeras semanas de 1340, el príncipe marroquí pasó a la acción, enviando pequeños contingentes para entablar escaramuzas y avanzando después contra Medina Sidonia y Jerez. Malik se enfrentó entonces a una fuerza castellana en Arcos (Sevilla). Su ejército fue derrotado y él perdió la vida. El sultán benimerín Abu al-Hasan, padre del príncipe muerto, cruzó el Estrecho para vengar su muerte y condujo un poderoso ejército contra la hueste regia castellana a orillas del río Salado, cerca de Tarifa.
En las primeras semanas de 1340, el príncipe marroquí pasó a la acción, enviando pequeños contingentes para entablar escaramuzas y avanzando después contra Medina Sidonia y Jerez. Malik se enfrentó entonces a una fuerza castellana en Arcos (Sevilla). Su ejército fue derrotado y él perdió la vida. El sultán benimerín Abu al-Hasan, padre del príncipe muerto, cruzó el Estrecho para vengar su muerte y condujo un poderoso ejército contra la hueste regia castellana a orillas del río Salado, cerca de Tarifa.63
Según el testimonio de la Crónica de Alfonso XI, don Juan Manuel y varios otros destacados aristócratas que mandaban el ejército castellano se negaron a cruzar el Salado para enfrentarse al enemigo. Según se nos dice, Alfonso XI envió a su comandante naval Garci Jufre de Tenorio para averiguar la razón:
Et Garci Jufre Tenoyro [...] dixo á este Don Joan, que la espada lobera, que él dicia era de virtud, que mas debia á hacer en aquel dia. Et por lo que el Rey le envió decir, nin por lo que le dixo aquel escudero, Don Juan non quiso facer ninguna cosa, nin acució la pasada: et el su alferez deste Don Johan desque oyó lo que el Rey le enviára decir, et otrosí lo que aquel escudero le dixo, quisiera mover con el pendon para pasar el rio: et Don Joan dióle una mazada que lo oviera á derribar del caballo. Et por esto los de la delantera estidieron que non pasaron el rio.64
La autenticidad de este relato es, desde luego, difícil de determinar. Quienes se muestran poco inclinados a confiar en el testimonio de Fernán Sánchez considerarían perfectamente natural que el cronista regio tratara de desacreditar a don Juan Manuel en una ocasión de la máxima relevancia, y podrían señalar la semejanza entre la frase «la su espada lobera, que él dicia que era de virtud» y las palabras que El Libro de las Armas atribuye a Fernando III en el momento de su muerte – obra a la que Sánchez probablemente tuvo acceso cuando compuso sus crónicas y que, con toda certeza, estuvo a disposición de los redactores posteriores de su autógrafo original:
Fijo [Manuel], vos sodes el postremer fijo que yo ou de la reyna donna Beatriz, que fue muy santa et muy buena mugier, et se que vos amaua mucho; otrosi [vos amo yo), pero non vos puedo dar heredad ninguna, mas douos la mi espada Lobera, que es cosa de muy grant virtud, et con.que me fizo Dios a.mi mucho [bien].65
Las anécdotas y los rumores son frecuentes en las crónicas de los reyes castellanos de este periodo y, como hemos visto a lo largo de este relato sobre la vida política de don Juan Manuel, en ocasiones es posible confirmarlos mediante otras fuentes. Cuando no podemos hacerlo, nos corresponde tratar este tipo de relatos con cautela.
En el Salado, Alfonso XI y su coalición cristiana obtuvieron una célebre victoria sobre las fuerzas musulmanas invasoras. Fernán Sánchez afirma que en esta batalla pudieron morir más de doscientos mil musulmanes, mientras que las bajas cristianas no habrían superado la veintena. Pero estas cifras parecen poco verosímiles.66 Con todo, la victoria fue verdaderamente decisiva. Nunca más los Banū Marīn – ni, de hecho, ningún otro ejército norteafricano – se atreverían a invadir la Península Ibérica.
Dos años más tarde, Alfonso XI se propuso reconquistar Algeciras. Don Juan Manuel desempeñó un papel activo en el prolongado asedio de este puerto de gran importancia estratégica. Aunque se afirma que numerosos castellanos desertaron, y don Juan Manuel no figura entre ellos, la crónica regia no deja por ello de encontrar motivos para censurar su conducta, reprochándole – al igual que a otros – que no interviniera cuando dos caballeros fueron abatidos por los musulmanes en una escaramuza junto a su campamento.67 Alfonso XI, por su parte, no parece haber encontrado motivo alguno de reproche en la actuación de su pariente en Algeciras, pues concedió al señor de Villena el honor de portar el pendón castellano al entrar en la ciudad tras su rendición.68
El viernes 13 de junio de 1348, don Juan Manuel murió a la edad de sesenta y seis años. Pudo haber fallecido de vejez o, quizá, a causa de la peste, que aquel año penetró en la Península a través de los puertos mediterráneos y se propagó con rapidez. Giménez Soler, primer biógrafo de don Juan Manuel, no pudo determinar con precisión la fecha de su muerte y estableció únicamente que debió de producirse entre el 10 de marzo y el 24 de julio.69 Derek Lomax, sin embargo, encontró la fecha exacta del fallecimiento de don Juan Manuel en el Kalendar de Uclés, una relación de freires y benefactores difuntos de la Orden de Santiago por el descanso de cuyas almas sus miembros estaban obligados a rezar.70
Don Juan Manuel fue enterrado, de acuerdo con sus deseos, en el monasterio dominico que él mismo había fundado en Peñafiel en 1318. Se conservan dos de sus testamentos: uno otorgado el 31 de mayo de 1339 y otro el 14 de agosto de 1340, poco antes de que entrara en combate contra los benimerines cerca de Tarifa. Giménez Soler y Gaibrois de Ballesteros sostienen con firmeza que el segundo documento constituye el último testamento de don Juan Manuel, aunque cabe la posibilidad de que la muerte en el parto de la desafortunada Constanza Manuel, en 1345, hubiera motivado una nueva revisión. Según las disposiciones del testamento de 1340, el heredero de don Juan Manuel, Fernando – nacido, al parecer, en 1332 o por esas fechas – recibió la mayor parte del patrimonio paterno, así como su famosa espada «Lobera». Su hermana Juana Manuel, cuya fecha de nacimiento se desconoce, recibió Escalona, aunque sujeta a determinadas condiciones prematrimoniales. El hijo ilegítimo, Sancho Manuel, recibió 50.000 maravedís, pero ninguna propiedad. No se hizo disposición alguna en favor de la tercera esposa de don Juan Manuel, Blanca. Es posible que hubiera muerto poco antes de redactarse el testamento de 1340, pues en el primero aparecen disposiciones relativas a ella que no figuran en el segundo.71
Don Juan Manuel afirmó con orgullo en El Libro de las Armas que su abuelo Fernando III había predicho que «nunca en este linaje falleciese heredero legítimo». Sin embargo, el heredero de don Juan Manuel, Fernando, moriría en 1350. La hija de este, Blanca – nacida de su matrimonio con Juana d’Espina, hija de Ramón Berenguer de Aragón – fallecería soltera en 1360 y, como consecuencia, el linaje de Manuel se extinguió. Don Juan Manuel tendría, no obstante, algunos descendientes ilustres. Fernando, único hijo de Constanza Manuel y Pedro I de Portugal, sucedió en 1367 al trono portugués como Fernando I. Otro nieto, Juan – hijo de Juana Manuel y Enrique de Trastámara, el mayor de los hijos ilegítimos de Alfonso XI y futuro Enrique II – ascendería al trono de Castilla en 1379. No deja de ser una profunda ironía que don Juan Manuel – nieto del gran Fernando III, abuelo de Juan I y, posiblemente, el príncipe castellano más eminente de su generación – pasara una parte tan considerable de su vida enfrentado al mismo linaje al que pertenecía.
En El Libro de los Estados se encuentra una clara alusión a la crueldad del gobierno de Alfonso XI: «Señor infante, commo quier que para esto ha mester muchas cosas, segund yo cuido, mostrando buen talante et faziendo mucho bien a los que quisieren bevir en paz et en asusiego et sin rebuelta, et mostrando mal talante de dicho et de obra a los tortiçieros que non quieren bevir en paz et en asesiego, sinon con bolliçio et con rebuelta, castigándolos cruamente et brava, así puede mantener su enperio en justiçia et en paz. Pero esta braveza et esta cruedad dévela mostrar de palabra et de gesto, para espantar las gentes ante que lleguen a fazer cosas porque merescan muerte. Ca mucho deue foir de matar los omnes: lo uno, porque después que el omne es muerto, perdido es todo el serviçio et el bien que puede fazer»: p. 206 (Parte I, cap. LXIX).↩︎
Francisco de Moxó y de Montoliu, 'La relación epistolar entre Alfonso XI y Alfonso IV en el Archivo de la Corona de Aragón', En la España Medieval: estudios en memoria del profesor Salvador de Moxó, 3 vols (Madrid, 1982) II, 173-93 (р. 183).↩︎
AGS, núm. CCCCXCVII, p. 589; de Moxó y de Montaliu, p. 183.↩︎
Fernán Sánchez, biógrafo de Alfonso, trata de justificar esta relación, escribiendo que «porque el Rey era muy acabado hombre en todos sus fechos, teniase por muy menguado porque non avia fijos de la Reina; et por esto cató manera como oviese fijos de otra parte»: Crónica de Alfonso XI, p. 234. Pero esta explicación no se sostiene, pues Alfonso XI aún no había cumplido los veinte años y llevaba casado poco más de un año. Además, los hijos ilegítimos no constituían herederos adecuados.↩︎
AGS, núm. CCCCXCIX, p. 590.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 232.↩︎
AGS, núm. DII, p. 592.↩︎
El rey Nasr de Granada estaba descontento con Alfonso XI porque el monarca castellano había incumplido los términos de la tregua, impidiendo que los musulmanes compraran a los habitantes de Andalucía productos básicos como el trigo: Crónica de Alfonso XI, p. 233; AGS, núm. DVII, pp. 596-97.↩︎
Fernán Sánchez afirma que acuñó «coronados en un su logar que decian el Cañevate et [...] que esta moneda no era de la ley que la quel Rey mandaba labrar»: Crónica de Alfonso XI, p. 233. El 3 de enero de 1332, don Juan Manuel pidió permiso al rey de Aragón para hacerlo: AGS, núm. DIII, p. 594.↩︎
Núñez reclamaba estas posesiones en nombre de su nueva esposa, María, hija mayor superviviente de Juan el Tuerto.↩︎
Crónica de Fernando IV, pp. 233-34.↩︎
AGS, no. DXXXIX, p. 623.↩︎
Jean Gautier Dalché, 'Alphonse XI a-t'il voulu la mort de don Juan Manuel?', in Don Juan Manuel VII Centenario, pp. 135-47 (p. 139).↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 238-39.↩︎
AGS, núms. DVI, DVII, pp. 596-97; Crónica de Alfonso XI, pp. 238-39.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 240.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 240.↩︎
AGS, núm. DXI, p. 601.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 241.↩︎
Angel Canellas López, 'Nuevos documentos del Archivo Municipal de Zaragoza en el siglo XIV', Estudios de
Edad Media de la Corona de Aragón, 11 (1946), 7-73 (núm. 6, p. 48).↩︎
AGS, núm. DX, p. 590.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 244.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 244.↩︎
AGS, núm. DXIV, p. 603; Crónica de Alfonso XI, pp. 245-46.↩︎
AGS, núm. DXII, p. 601.↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 246-58.↩︎
A más tardar el 16 de aquel mes: AGS, núm. DXV, p. 604.↩︎
Para don Juan Manuel, la autonomía política constituía una aspiración fundamental, dada su desilusión con los métodos de gobierno de Alfonso XI. Ya había adoptado medidas para dotar a Villena de moneda propia.↩︎
'Crónica de Alfonso XI' pp. 254-55, 260; AGS, núms. DXVI, DXVII, DXXXIX, pp. 604-06, 623.↩︎
Probablemente el 25 de Abril. AGS, núm. DXIX, pp. 607-08; Crónica de Alfonso XI, p. 261.↩︎
AGS, núm. DXII, p. 610; Crónica de Alfonso XI, pp. 260-63.↩︎
AGS, núm. DXII, pp. 610-11.↩︎
Ibid., núm. DXXV, p. 612.↩︎
Ibid., núm. DXXVII, pp. 614-15.↩︎
Ibid., núm. DXXIX, p. 616.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 266.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 263-64.↩︎
El único indicio que poseemos de que mantuvieron su obediencia es la aparición de sus nombres en la lista de confirmantes de un diploma regio fechado el 8 de mayo de 1335: González Crespo, núm. 230, p. 399.↩︎
AGS, núm. DXXXV, pp. 619-20.↩︎
Ibid., núm. DXXXVI, p. 621. Los títulos honoríficos de conde, duque y príncipe parecen haberse puesto de moda en la Península después de 1325.↩︎
«Contado ha la estoria que el Rey cercó á Don Johan Núñez en Lerma á catorce dias andados de Junio»: Crónica de Alfonso XI, p. 282.↩︎
Como recompensa por esta acción, recibió el cargo regio de alférez: Crónica de Alfonso XI, p. 277.↩︎
Ibid., p. 273.↩︎
AGS, núm. DXXXIX, pp. 622-23. Se envió una carta similar al concejo de Madrid: Biblioteca Nacional, Colección Buriel, MS 18635 (39).↩︎
AGS, núm. DXL, pp. 624-25.↩︎
AGS, núm. DXLI, p. 625.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 278.↩︎
AGS, núm. DXLII, p. 626.↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 280-81.↩︎
AGS, no. DXLVI, pp. 629-30.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 282.↩︎
Tras la partida de don Juan Manuel, Alfonso XI publicó una carta en la que declaró que «por razon que D. Johan fijo del Infant D. Manuel fizo è faz muchos daños è muertes de Omes en la nuestra tierra, è otros yerros, por ende todo lo que ha en nuestros Regnos de derecho es nuestro»: Bullarium Equestris Ordinis S.lacobi de Spatha (Madrid, 1719), p. 306.↩︎
«Menguó el pan en la villa de Lerma, et de otras viandas que non tenian ninguna: et otrosí el agua non la podian aver para beber»: Crónica de Alfonso XI, p. 283.↩︎
Para afianzar su lealtad, Núñez fue nombrado alférez: Crónica de Alfonso XI, p. 283. Cabe suponer que Juan Alfonso de Alburquerque recibió orden de abandonar este cargo, que se le había concedido apenas unos meses antes.↩︎
Crónica de Alfonso XI, p. 287; AGS, núm. DXLVIII, p. 631.↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 288, 293-94. El 4 de junio, Alfonso XI ordenó al concejo de Murcia que restituyera a don Juan Manuel todos los bienes y propiedades que le habían sido confiscados: AGS, núm. DL, pp. 631-32.↩︎
Sánchez-Arcilla Bernal, p. 198.↩︎
AGS, núm. DXLIX, p. 631.↩︎
AGS, núm. DLII, p. 633; Crónica de Alfonso XI, p. 294.↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 294-95.↩︎
Finalmente, Alfonso XI no logró obtener del rey de Portugal más que una tregua: Crónica de Alfonso XI, p. 294.↩︎
AGS, núm. DLVIII, DLX, pp. 634-36; Joseph O’Callaghan, The Gibraltar Crusade: Castile and the Battle for the Strait (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2011), p. 184.↩︎
Crónica de Alfonso XI, pp. 295-302, 323-25.↩︎
Ibid., pp. 325-26. La célebre espada Lobera perteneció originalmente a Fernando III de Castilla. Según la tradición, pasó después al infante don Manuel y, posteriormente, a don Juan Manuel. La espada se menciona tanto en El Conde Lucanor como en El Libro de las Armas. La catedral de Sevilla conserva una espada que se afirma que es Lobera, pero resulta difícil confirmar la autenticidad de esta pieza.↩︎
Juan Manuel: Obras Completas, I, 139.↩︎
«Podian ser los [moros] muertos mas que docientas veces mill personas sin los cativos que fueron muchos; [...] et en esta batalla de Tarifa que non morieron sino veinte [Christianos]»: Crónica de Alfonso XI, pp. 328-29.↩︎
Ibid., p. 349.↩︎
AGS, núm. DLXXII, p. 642.↩︎
El 10 de marzo de 1348 corresponde al último diploma regio en cuya lista de confirmantes aparece don Juan Manuel. El 24 de julio, su heredero Fernando se refirió a su padre con la expresión «que Dios perdone»: AGS, p. 117.↩︎
«Idibus iunii. Obiit domnus Fernandus Rodriguez de Cagra et domnus Petrus Gonçalez et domnus lohannes de Villena filius infantis Manuelis»: Derek W. Lomax, 'The Date of Don Juan Manuel's death', Bulletin of Hispanic Studies, 40 (1983), p. 174.↩︎
AGS, pp. 695-704. Mercedes Gaibrois de Ballesteros, «Los testamentos inéditos de D. Juan Manuel», Boletín de la Real Academia de la Historia, 99 (1931), pp. 134-52.↩︎