CAPÍTULO 7

«Et todas las otras cosas deve omne sofrir que començar guerra, salvo la desonra. Ca non tan solamente la guerra - en que ha tantos males - mas aun la muerte - que es la mas grave cosa que puede seer - deve omne ante sofrir que pasar et sofrir desonra.»

El 13 de agosto de 1325, festividad de san Hipólito, Alfonso XI cumplió catorce años. De acuerdo con las tradiciones de Castilla, había alcanzado ya la mayoría de edad y, por tanto, estaba facultado para poner fin al gobierno de regencia que tan deficientemente había desempeñado sus funciones desde la muerte de su abuela María de Molina en 1321. Y, preocupado por las noticias de una nueva ofensiva musulmana contra las fronteras meridionales de su reino, Alfonso no vaciló en hacerlo: a más tardar el 15 de agosto, en Valladolid y ante una asamblea de los estamentos de Castilla, se declaró independiente de sus tutores.1

Naturalmente, sus tres tutores debieron de mostrarse poco dispuestos a renunciar a sus prestigiosos títulos; sin embargo, parece que lo hicieron sin protestar,2 conscientes, sin duda, de que, si querían conservar su influencia en la escena política castellana, debían mantener el favor de su joven soberano. Pero no parecía que fuera a resultar fácil, pues, según recoge la crónica regia, Alfonso XI había dejado claro en Valladolid hasta qué punto estaba descontento con el servicio que le habían prestado durante los cuatro años anteriores.3 Sabemos, por una comunicación regia dirigida por esas fechas al concejo de Murcia, que Alfonso consideraba especialmente culpables al infante don Felipe y a Juan el Tuerto.4 A la luz de esta información, se comprende fácilmente por qué don Juan Manuel podía mostrarse pesimista acerca de sus perspectivas políticas. Sin embargo, su posición experimentaría en realidad un giro bastante favorable.

Durante agosto y septiembre se produjo, como cabía esperar, una intensa pugna por ganar influencia en la corte. Alfonso XI nombró como principales consejeros a los oligarcas urbanos Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez de Osorio – hombres de confianza durante su minoría.5 La noticia no agradó ni a don Juan Manuel ni a Juan el Tuerto, «[porque] ovieron sospecha que aquellos caballeros que eran en la privanza del Rey, et el Judío [don Yuzaf] con ellos, pornian al Rey que les mandase facer algun mal; ca aquellos caballeros siempre fueran en su contrario dellos en el tiempo de las tutorías». Por esta razón, se nos dice, «un dia salieron de la villa de Valledolid estos Don Joan et Don Joan [...] diciendo á los suyos que el Rey los mandaba matar, et que iban desavenidos dél».6 Alfonso trató de apaciguar a sus dos primos, concediendo a don Juan Manuel el cargo de mayordomo mayor y a Juan el Tuerto el de alférez.7 El rey de Castilla actuó así principalmente porque necesitaba sus hombres, sus recursos y su obediencia para la proyectada campaña contra el infiel. Además, don Juan Manuel, que contaba ya cuarenta y tres años, era el jefe militar con mayor experiencia del reino; una pieza esencial del engranaje militar castellano.

A comienzos de octubre, Alfonso XI, deseoso en aquel momento de asegurarse por completo la amistad y la lealtad de don Juan Manuel, se comprometió en matrimonio con la hija de este, Constanza, de nueve años de edad.8 El acuerdo de este enlace, enormemente ventajoso para la Casa de Manuel desde el punto de vista político, debió de causar cierta sorpresa, pues el matrimonio regio constituía ante todo un instrumento político y, aunque un enlace con la alta nobleza no carecía de precedentes – de hecho, el abuelo de Alfonso, Sancho IV, se había casado con una miembro de la Casa de Molina – el joven rey renunciaba con ello a la oportunidad de forjar por esta vía una alianza duradera con otra dinastía reinante.

Para el 13 de octubre, el contrato matrimonial había sido redactado y ratificado.9 Por desgracia, este documento no ha llegado hasta nosotros. Solo sabemos que el alcázar de Cuenca y los castillos reales de Huete y Lorca fueron entregados a don Juan Manuel como rehenes, para que los mantuviera en prenda hasta el nacimiento del primer hijo varón de la pareja.10 El matrimonio fue solemnizado en Valladolid el jueves 28 de noviembre de 1325.11 Sin embargo, aún no podía consumarse, pues Constanza «era de poca edad et el Rey eso mesmo». La joven esposa quedó, por tanto, encomendada en Valladolid al cuidado de un aya llamada Teresa.12 Poco después de la boda, Alfonso XI reforzó sus buenas relaciones con su nuevo suegro restituyéndole el principal cargo militar del reino, el de adelantado mayor de la frontera.13

Con su posición en la corte castellana más sólida de lo que nunca había sido, don Juan Manuel ya no dependía de la Casa de Aragón y se sintió con fuerzas para ajustar cuentas con su cuñado, el infante don Joan. A comienzos de noviembre, según la crónica regia, el príncipe castellano, «voce levata, vulta turbido et iracundo», se había quejado ante la corte real de Castilla de que tanto él como Alfonso XI habían sufrido «maximam iniuriam» debido a la renuencia del arzobispo a desempeñar sus funciones como canciller real durante su ausencia de Castilla. Joan, que se hallaba presente, replicó que no había sido él quien había causado perjuicio a Castilla y a su rey, sino el propio don Juan Manuel, «qui terram regis devastaverat». Se inició entonces una nueva disputa acerca de la negativa del arzobispo, en 1324, a permitir que se exigieran servicios a los habitantes de su sede. Alfonso intervino en la discusión, pero no trató de apaciguar los ánimos. Antes bien, mostrando una notable parcialidad, ordenó al arzobispo que se asegurase de que aquellos servicios fueran ahora pagados y lo destituyó de la cancillería.14

Hacia finales de noviembre, Jaume II – a quien había complacido saber del matrimonio de su nieta Constanza con Alfonso XI, pese a que había sido acordado y concertado sin su aprobación,15 y apenas unas semanas después del fracaso del proyectado matrimonio de Alfonso con la infanta Violante de Aragón – supo por fray Pedro de Masquefa de la caída en desgracia del infante don Joan y de las circunstancias en que esta se había producido. Su indignación por lo sucedido debió de verse aún más acrecentada por la otra noticia que Pedro le transmitió:

dictus Johannes [Emmanuelis] quando primo venit ad regem [Castelle] informavit eum qualiter dominus rex Aragonum tenebat partem regni Murcie in magnum preindicium [sic] sui et quod nunquam per terram illam transitum faciebat quiu [sic] amare fleret nec nunquam gauderet donee terra illa ad manum domini Regis reducta esset. Item ut dicitur quod in pactis seu conditionibus matrimonii Regis et filie domini Johannis fuit positum et aditum quod ministerio seu adiuntorio dicti Johannis idem Rex recuperare habet dictam terram.16

El consejero de confianza y almirante de Jaume, Bernat de Sarrià, por supuesto, ya había insinuado apenas unas semanas antes que don Juan Manuel estaba maniobrando políticamente, y sus sospechas parecían ahora confirmadas.

En otros tiempos, el señor de Villena jamás se habría planteado engañar a su suegro. Pero las relaciones entre ambos estaban ahora más deterioradas que nunca. Y, como suegro del rey de Castilla, don Juan Manuel apenas necesitaba ya el respaldo de la Casa de Aragón. O eso creía.

Con la Casa de Manuel firmemente vinculada ya al rey de Castilla, Juan el Tuerto – radicalmente contrario a incorporarse a un gobierno en el que se encontraban tantos de sus enemigos – se vio obligado a buscar nuevas alianzas. Según la crónica regia, «cató [don Joan fijo del Infante Don Joan] otras maneras para deservir al Rey, dando á entender á las gentes que por su cabo lo podria facer sin ayuda del otro Don Joan».17 Al no encontrar en Castilla posibilidades para establecer una nueva alianza política, el señor de Vizcaya recurrió al rey de Aragón – en otros tiempos, el más firme defensor de su padre, el infante don Juan – y le ofreció ayuda militar contra Alfonso XI. A cambio, Juan el Tuerto solicitó la mano de Blanca, nieta de Jaume e hija de la infanta María de Aragón y del difunto infante don Pedro de Castilla. Desde el punto de vista económico, Blanca constituía un partido muy atractivo, pues poseía extensos dominios en el este de Castilla.18 Temiendo, presumiblemente, que un ataque castellano contra la frontera meridional de Aragón fuese inminente y, por lo demás, falto de apoyos en Castilla, Jaume II no dudó en aceptar la propuesta y aprobó el matrimonio antes del 3 de diciembre.19

Alfonso XI no podía ver con buenos ojos este enlace. Sin embargo, el joven monarca, diplomático sagaz pese a su corta edad, no mostró oposición alguna,20 pues deseaba mantener la apariencia de unas relaciones amistosas con el rey de Aragón, por si más adelante llegaba a necesitar la ayuda militar de su vecino oriental contra Granada. Con todo, el principal consejero de Alfonso, Garcilaso de la Vega, trabajó durante los primeros meses de 1326 para impedir que el matrimonio llegara a solemnizarse. Sus esfuerzos, sin embargo, resultarían infructuosos. Jaume II, por su parte, comprendía que «aqueste casamiento no se faria sin gran escandalo porque non podia casar donna Blancha con ombre del mundo que tanto pessase al Rey e aun a Garci Lasso». Pero las ventajas del matrimonio superaban sus inconvenientes, como observó el consejero de Jaume, Gonzalo García: «si don Johan [fijo del infante don Johan] firme tiene en lo que ya ha jurado e firmara agora por sus mandaderos segunt dize todos los escandalos e las sanyas se podran bien sofrir».21

Las semillas de la desconfianza entre las Coronas de Aragón y Castilla habían sido sembradas, naturalmente, por don Juan Manuel. Pero tal era su arrogancia que no sospechaba que la familia real aragonesa pudiera estar al corriente de sus maniobras. Así parece indicarlo, al menos, la petición que dirigió a finales de 1325 al infante don Alfons – quien ejercía influencia en la curia pontificia – para que expidiera cartas de recomendación en favor de un enviado manuelino cuya misión era obtener la dispensa eclesiástica necesaria para el matrimonio consanguíneo de Alfonso XI y Constanza Manuel. Alfons, consciente de que aquel matrimonio reportaba escaso beneficio a Aragón, se negó a proporcionar los documentos solicitados. Completamente dependiente de aquella dispensa, el señor de Villena se vio obligado a considerar una reconciliación con el hermano de Alfons, el infante don Joan, arzobispo de Toledo, a fin de servirse de la influencia de este ante el papa Juan XXII. Hacia los primeros días de marzo de 1326, ambos se reunieron en Alcalá de Henares y zanjaron sus diferencias. Poco después, una vez obtenidas presumiblemente las credenciales necesarias, don Juan Manuel envió una embajada a la Santa Sed.22

A mediados de abril seguía sin haberse expedido la bula de dispensa. Preocupado, el señor de Villena envió a la Santa Sede a otro emisario, su capellán Juan Pérez de Ávila, e imploró a Jaume II que aumentara las posibilidades de éxito de esta tercera misión mediante cartas de apoyo.23 Las dispensas pontificias rara vez se tramitaban con rapidez y, aunque don Juan Manuel probablemente lo sabía, se mostraba impaciente, muy probablemente porque era consciente de que cualquier demora en la formalización del matrimonio aumentaba la posibilidad de que Alfonso XI buscara otro enlace.

Asegurar el matrimonio permitiría asimismo tanto a don Juan Manuel como al rey de Castilla dedicar toda su atención a la lucha contra los musulmanes de Granada, cuyas operaciones ofensivas en la campiña andaluza se habían intensificado.24 Desde que había asumido las riendas del gobierno, Alfonso XI se había mostrado deseoso de encabezar personalmente un ejército contra los musulmanes; pero los conflictos aún abiertos con determinados magnates laicos y eclesiásticos, unidos a los problemas más generales de orden público, hacían peligrosa cualquier ausencia prolongada de Castilla.25 Por esta razón, Alfonso confió la campaña contra el infiel a su adelantado de la frontera. Probablemente hacia julio o comienzos de agosto de 1326, y en todo caso no antes del 11 de mayo, fecha en la que fundó el monasterio agustino de San Agustín en Garcimuñoz,26 don Juan Manuel se dirigió a Córdoba, donde unió sus fuerzas a los contingentes de las órdenes militares de Calatrava, Alcántara y Santiago, y a los concejos de Andalucía. Según la crónica regia, al saber que el célebre caudillo benimerín Uthman se encontraba en Antequera preparando un ejército granadino para atacar Córdoba:

Don Joan con estas compañas salió de Córdoba, et fueron buscar á Ozmin et la caballeria de Granada. Et acesció que cerca del rio de Guadalforce ayuntáronse en pelea los Christianos con los Moros, et fué vencido Ozmin et todo el poder de Granada, et morieron y muchos moros.27

Dado que Uthman había mandado el ejército que siete años antes persiguió a los infantes don Juan y don Pedro hasta provocar su muerte en la vega de Granada, el sabor de esta victoria debió de ser especialmente dulce.

a noticia de este sobresaliente éxito militar llenó de alegría a Alfonso XI.28 También complació a Jaume II, quien el 14 de octubre escribió para felicitar a su yerno: «entendiemos [...] como erades entrado a tierra de moros e auiades auida victoria escontra los enemigos de la fe de la qual cosa sabe Dios avemos grant plazer por dos raçones la primera por el seruicio de Dios e la segunda por la uuestra honrra».29

La posición de don Juan Manuel parecía segura. Mandaba el ejército castellano y gozaba del favor de los reyes de Castilla y Aragón. Y, si Dios así lo disponía, su hija pronto se convertiría en reina de Castilla. Sin embargo, vivía en una época de profunda inestabilidad, en la que la fortuna podía cambiar sin previo aviso.

La victoria sobre Uthman fue, sin duda, importante. Pero aún quedaba mucho por hacer para impedir que los musulmanes de Granada, auxiliados por sus correligionarios africanos, los Banū Marīn, se apoderaran de Andalucía. Las noticias del éxito militar de don Juan Manuel no habían hecho sino acrecentar el ardiente deseo de Alfonso XI de conducir un ejército regio a la batalla contra aquellos infieles, pero el joven rey no podía abandonar Castilla hasta haber contenido la agitación aristocrática que imperaba en el reino. Su principal preocupación era el formidable Juan el Tuerto, quien, en virtud de su matrimonio con Blanca, nieta de Jaume II, poseía ahora importantes fortalezas no solo por toda Castilla la Vieja, sino también a lo largo de la frontera aragonesa. Además, el señor de Vizcaya podía contar ya con el rey de Aragón como aliado.

Inquieto ante esta situación, Alfonso XI resolvió recurrir a cuantos medios fueran necesarios para eliminar definitivamente el peligro que el sucesor del infante don Juan representaba para sus reinos. Según la crónica regia, el rey de Castilla, «seyendo en Toro envió sus mandaderos a Don Juan [fijo del Infante Don Juan], con quien le envió decir, que él queria enderezar su facienda para ir á la frontera á guerra de los Moros, et que tenía por bien que fuese con él». Juan el Tuerto, receloso del consejero del rey Garcilaso, respondió que «en quanto Garcilaso estodiese en la su casa [del Rey], et fuese del su consejo, que no vernia y: ca sabia cierto que le buscaria el mayor daño que podiese». Para disipar este recelo, Alfonso XI envió a Alvar Núñez de Osorio ante el señor de Vizcaya, quien, según se nos dice, le prometió que «si Garcilaso, ó otro alguno [...] quisiese deservir [á el Señor de Vizcaya], o ser contra él, que [...] sería en su ayuda et en su servicio».30 El jueves 30 de octubre, Juan el Tuerto, tranquilizado por las palabras de Núñez, se dirigió a Toro para entrevistarse con Alfonso XI. El rey de Castilla recibió cordialmente a su vasallo y le propuso que al día siguiente comieran juntos a la mesa regia. El señor de Vizcaya aceptó la invitación. Cuando regresó al palacio real para la comida, los guardias del rey se abalanzaron sobre Juan y le dieron muerte.31

El asesinato de Juan el Tuerto sembró el temor entre todos los magnates del reino. Desde que Alfonso X mandara ejecutar a su hermano, el infante don Fadrique, en 1277, ningún miembro destacado de la aristocracia había recibido un castigo tan severo de manos de un monarca castellano.32 La noticia del asesinato inquietó a don Juan Manuel, que aún se encontraba en Andalucía, sobre todo porque sospechaba que Garcilaso y Alvar Núñez, para conservar su influencia sobre Alfonso XI, tratarían de poner al joven soberano en contra de otros grandes nobles castellanos. Y, fuera del círculo más próximo de consejeros del rey, ningún aristócrata ejercía mayor influencia que el señor de Villena. Su inquietud se vio acrecentada por un rumor que circulaba según el cual Alfonso XI se disponía a abandonar a su esposa Constanza.33 ¿Tenía aquel rumor algún fundamento? Don Juan Manuel no podía saberlo con certeza. Pero, si el rey de Castilla se estaba volviendo realmente contra él, sin duda era imprudente permanecer entre las tropas regias. Así pues, antes de que terminara 1326, el señor de Villena abandonó Andalucía y, pasando por Chinchilla, se dirigió a Garcimuñoz, quizá la más segura de sus fortalezas.34

Aunque la crónica regia afirma que Alfonso XI no podía comprender por qué su adelantado mayor de la frontera había decidido abandonar la lucha en Andalucía,35 sería ingenuo pensar que no sospechaba cuáles podían ser sus razones. El rey sabía perfectamente que don Juan Manuel y Juan el Tuerto habían sido aliados. Quizá su juventud, unida a la insistencia de sus consejeros, llevó a Alfonso a creer que la eliminación del señor de Vizcaya restablecería de un solo golpe la armonía en Castilla y le facilitaría emprender la guerra contra los moros. En lugar de ello, no hizo sino agravar la situación. Probablemente fue en enero de 1327 cuando comenzó a percibir las consecuencias. Aquel mes, Alfonso convocó a los grandes del reino en Segovia para discutir la estrategia de la proyectada campaña regia contra el infiel. Pero muchos, temiendo por su seguridad, se negaron a acudir. Y quienes sí lo lo hicieron debieron de sentirse inquietos ante un nuevo episodio de brutalidad regia:

quiso el Rey facer escarmiento en los de Segovia por las muertes que fecieron: et [...] mandó saber por pesquisa quales fecieron aquellas muertes que la estoria ha contado, et quemaron la iglesia. Et fueron presos muchos de aquellos que lo avian fecho, et fué dado juicio contra ellos: et algunos arrastraron, et despues enfocaronlos; et á otros quebraron por los espinazos por el quebrantamiento de la cadena: et á otros cortaron los piés et las manos et los degollaron; et á otros quemaron por el fuego que posieron en la Iglesia, de que quemaron la torre: dando á cada unos dellos la pena segun lo que fecieron.36

El episodio de Toro tuvo repercusiones más amplias. Como hemos visto, las relaciones diplomáticas entre Castilla y Aragón durante la primera mitad de 1326 habían sido algo tensas. Sin embargo, mejoraron hasta el punto de que, en octubre de aquel año, estaban ya en marcha negociaciones preliminares para renovar el Tratado de Ágreda, la alianza de amistad y ayuda mutuas acordada por los estados cristianos de la Península en 1304. No obstante, al conocer el asesinato de Juan el Tuerto – cuyo padre, conviene recordar, había desempeñado un papel fundamental en la gestación de aquel tratado – Jaume II abandonó la iniciativa.37 Las relaciones empeoraron a comienzos de 1327, cuando un correo de don Juan Manuel informó a Jaume del rumor que circulaba según el cual Alfonso XI ya no deseaba mantener su matrimonio con Constanza Manuel. Preocupado por el deshonor que ello acarrearía a su familia – Constanza era, por supuesto, su nieta – el rey de Aragón se apresuró a estrechar sus vínculos con el padre de la joven y, en una comunicación fechada el 8 de febrero, redactada cuidadosamente por si caía en manos indebidas, prometió proporcionar apoyo militar a don Juan Manuel contra Alfonso XI en caso de que este se negara a garantizar que no se separaría de Constanza:

Fiamos en Dios et tenemos que con la vuestra sauienza et con las buenas maneras que uos sabredes hauer et tener los feytos vendran de otra manera e a bien todauia catando vuestro cuerpo. Pero si lo que Dios no mande vinieren en otra manera si menester fuere nos catando el buen deudo que auedes con nos e con la nuestra casa rendremos escuentra uos nuestro deudo bien e complidamente.38

La enemistad de don Juan Manuel era lo último que Alfonso XI necesitaba en aquel momento. Durante más de un año, el joven monarca había resistido la tentación de ponerse al frente de un ejército en Andalucía y estaba impaciente por dirigirse al sur. Y necesitaba a su experimentado adelantado de la frontera al mando del ejército regio, no fomentando nuevos disturbios en Castilla. Antes de dirigirse a Segovia en enero, Alfonso había instado a don Juan Manuel a regresar al sur, enviándole un mensajero para decirle que «pues que era su Adelantado de la frontera, et tenia grand parte de las sus rentas del Rey en tierra, porque él era tenido de lo servir».39

Este llamamiento a las armas fue desatendido.40 Aún quedaban nuevos contratiempos por venir. Mientras el ejército regio se preparaba para partir hacia Sevilla, el tío de Alfonso, el infante don Felipe, enfermó en Madrid y murió.41 Esto debió de afectar a la moral, pues el infante era una figura fundamental en el ejército castellano, ya que poseía no solo una experiencia militar probada, sino también un sólido conocimiento de la geografía de Andalucía.42 Y, a su llegada a Sevilla (el 20 de marzo o antes), el rey de Castilla recibió la inoportuna noticia de que los habitantes de Lorca habían acordado una tregua con sus vecinos musulmanes.43 Tradicionalmente favorables a la Casa de Manuel, los lorquinos habían concertado casi con toda seguridad este acuerdo a instancias del señor de Villena, quien, obligado a considerar cómo podría salvaguardar su honor en caso de que el rey de Castilla hiciera lo impensable y repudiara a Constanza, bien pudo hallarse lo bastante desesperado como para buscar un entendimiento militar con el rey de Granada.44

Aunque hacer la guerra al rey de Castilla constituía una opción, no era una vía que don Juan Manuel estuviera especialmente dispuesto a seguir. Lo que realmente deseaba era que las cosas volvieran a ser como el año anterior, cuando había gozado del favor y el amparo de Alfonso. Sin embargo, sabía que, mientras el joven monarca castellano permaneciera bajo la influencia de Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez, la Casa de Manuel no podría prosperar. Convencido de que «estos omnes que tienen el Rey en poder» – como los describió en una carta a Jaume II – estaban detrás del aparente deseo de Alfonso XI de separarse de Constanza, don Juan Manuel instó a su suegro a servirse de su influencia sobre Garcilaso para preservar el matrimonio.45 Parece que no se avanzó en este sentido, pues el señor de Villena, preocupado porque Alfonso XI continuaba siguiendo los consejos de Garcilaso y Núñez («como es moço e non vee nin oye nin sabe faser sino lo que ellos mandan»), se sintió obligado a escribir de nuevo a Jaume, esta vez solicitándole garantías de defensa y ayuda en caso de que la vía diplomática no lograra mejorar la situación.46

Las relaciones entre don Juan Manuel y Alfonso XI se tensaron aún más cuando Alfonso, aceptando que no lograría convencer a don Juan Manuel de que prestara servicio militar y ante la urgente necesidad de contar con una dirección militar en Murcia, ordenó el 29 de abril a los habitantes de la ciudad que obedecieran a Pedro López de Ayala hasta nueva orden.47 Aunque, a todas luces, se trataba simplemente de una medida práctica y circunstancial – don Juan Manuel no fue privado del cargo de adelantado – el tono de una carta de Bernat de Sarrià a Jaume II, fechada el 9 de mayo y relativa a este asunto, sugiere que el señor de Villena interpretó el nombramiento de Pedro López como un desaire personal.48 Ciertamente, no habría sido en absoluto impropio de su carácter sentirse agraviado.

Por aquellas fechas comenzó a cobrar fuerza un nuevo rumor: según algunos, Alfonso XI había acordado casarse con la infanta María, hija del rey de Portugal.49 A más tardar el 6 de mayo, don Juan Manuel y su cuñado, el infante don Joan, comunicaron la noticia a Jaume II. Al rey de Aragón le resultó difícil darle crédito, y así se lo hizo saber por escrito al señor de Villena:

E nos non creemos en ninguna manera quel Rey de Castiella fiziesse lo de que vos dubtades de lexar la reyna vuestra filla e nieta nuestra. Porque en esto faria desonrra muyt grant a vos qui sodes de la su casa de Castiella e a nos esso mismo e ahun que seria obra muy mala.50

Sin embargo, a la luz de todo cuanto había oído desde comienzos de año, Jaume difícilmente podía descartar aquel rumor. Por ello, envió un mensajero para interpelar a la familia real portuguesa acerca del supuesto compromiso matrimonial,51 proponiendo – quizá para poner a prueba su buena fe – un enlace alternativo entre María y el infante don Pedro de Aragón.52 Aunque no conservamos constancia de la respuesta de la Casa de Portugal, parece probable que no fuera especialmente favorable, pues el 22 de julio el rey de Aragón se sintió obligado a enviar una embajada a la curia pontificia para insistir en que se denegara la dispensa para la unión entre Alfonso XI y María de Portugal – primos hermanos – alegando que su autorización causaría en Castilla «inestimabilia nocumenta». Para entonces, Jaume había enviado otra embajada a Andalucía con el fin de instar a Alfonso XI a mantener su matrimonio con Constanza.53 Pero el joven soberano estaba decidido a unir las casas de Castilla y Portugal y, poco después del 1 de agosto, así se lo confirmó a los enviados portugueses.54

Hacia finales del verano, don Juan Manuel y su suegro Jaume II, resignados ya al hecho de que Alfonso XI había decidido abandonar a Constanza Manuel y casarse con María de Portugal, comenzaron a preparar una guerra de honor contra el rey de Castilla. Se encuentran indicios de estos preparativos en la nota que Bernat de Sarrià envió a la corte aragonesa el 29 de agosto, en la que comunicaba que se dirigía al valle de Ayora, «e dalli veurem ab don Johan [Manuel] e fare fortificar e fer lo mur de la vila dayora segons que ja le començat»

Hacia finales del verano, don Juan Manuel y su suegro Jaume II, resignados ya al hecho de que Alfonso XI había decidido abandonar a Constanza Manuel y casarse con María de Portugal, comenzaron a preparar una guerra de honor contra el rey de Castilla. Se encuentran indicios de estos preparativos en la nota que Bernat de Sarrià envió a la corte aragonesa el 29 de agosto, en la que comunicaba que se dirigía al valle de Ayora, «e dalli veurem ab don Johan [Manuel] e fare fortificar e fer lo mur de la vila dayora segons que ja le començat»,55 y en la petición que el 12 de septiembre dirigió el infante don Alfons de Aragón al señor de Villena para que concediera salvoconducto por sus tierras a una embajada musulmana que se dirigía hacia el norte, a Zaragoza, con el fin de negociar una alianza militar entre Granada y Aragón.56

En medio de estos preparativos bélicos, sobrevino la tragedia: hacia la tercera semana de septiembre, Constança, esposa de don Juan Manuel, falleció con tan solo veintisiete años.57 Su breve vida no había sido feliz. Como tantas otras princesas de aquella época, su padre la consideró poco más que un instrumento al servicio de la diplomacia dinástica. Constança fue prometida a don Juan Manuel cuando apenas tenía tres años, y solo contaba seis cuando, en cumplimiento del contrato matrimonial, fue separada de sus hermanos y trasladada a un castillo castellano situado a muchos kilómetros de distancia. Existía asimismo cierto distanciamiento entre la infanta y su marido, debido a la vida itinerante de este y a la diferencia de edad entre ambos. De hecho, en 1310 el aya de Constança, Saurina de Bessers, comunicó a la corte aragonesa que don Juan Manuel le había dicho que «no enten de casar ab la infanta sino per aver infants».58 Cabe pensar que que la soledad contribuyera a los episodios de mala salud que padeció durante sus años de formación. Por la documentación de cancillería conservada sabemos que el médico de la corte aragonesa Guillén Barberá visitó a la infanta para administrarle medicamentos al menos en dos ocasiones en 1307,59 y que en 1315 acudió nuevamente a verla por orden de Jaume, quien había tenido noticia de «las muytas enfermedades que avia, e assi que era ya cayda en specie de ética (tuberculosis)»;60 de hecho, tan grave era entonces su estado que el rey de Aragón llegó a pedir permiso a don Juan Manuel para trasladarla a Valencia, donde, según afirmaba:

aura [la infanta] beneficio del ayre do es nasçida e criada, e aura plazer e consolacion con la infanta dona Leonor, e con la infanta dona Violante, su hermana, e nos que y enviaremos algunos de sus hermanos, senyaladamente porque aya plazer con ellos; e aun aura y cumplimiento de fisigos e de todas otras cosas medicinales, las quales se troban millor aca que alla.61

Pero don Juan Manuel no permitió que su esposa adolescente fuera trasladada fuera de Castilla.62

En los turbulentos años que siguieron a la muerte de los infantes don Juan y don Pedro, la infanta Constança sintió un deseo cada vez mayor de ver a su padre. En 1320 hizo preparativos para visitarlo en Valencia, pero, una vez más, su marido le impidió viajar.63 Lo intentó de nuevo en 1323, pero su padre no pudo recibirla debido a lo apretado de su itinerario.64

El estado de salud de la infanta, tanto físico como mental, fue deteriorándose progresivamente. En agosto de 1325, el infante don Joan visitó a su hermana en Garcimuñoz. La encontró en un estado lamentable: lloraba sin cesar, se negaba a tomar sus medicinas y deseaba desesperadamente que la llevaran a Valencia. El 12 de octubre, deseoso de levantar el ánimo de su hija, Jaume le escribió prometiéndole que pronto la vería en Valencia.65 La disputa de noviembre entre el infante don Joan y don Juan Manuel, así como el traslado poco después a Valladolid de su hija Constanza, todavía muy pequeña, difícilmente pudieron contribuir a mejorar el estado de ánimo de Constança. De hecho, la documentación de cancillería indica que recibió tratamiento médico por problemas de salud mental en tres ocasiones distintas durante 1326. Aunque su estado pareció mejorar hacia finales de aquel año,66 volvió a sufrir problemas psicológicos a comienzos de 1327. Convencida de que ver a su padre era esencial para su recuperación, Constança se puso en contacto con él en abril para concertar una visita a la corte aragonesa durante el verano.67 Pero el ya anciano rey de Aragón, cuya propia salud era delicada, no respondió de inmediato. Dolida, Constança volvió a escribirle, esta vez para reprocharle su aparente falta de preocupación por su bienestar y, más concretamente, que no hubiera enviado – como don Juan Manuel había solicitado en varias ocasiones – médicos de la corte aragonesa para que la examinaran.68 Constança necesitaba atención médica con urgencia, pues había contraído una nueva y virulenta enfermedad, posiblemente un nuevo episodio de tuberculosis.69 Quizá fuera esta enfermedad la que acabó con su vida en septiembre de 1327.

Como ocurre con otras desgracias en la vida de don Juan Manuel, apenas disponemos de testimonios que nos permitan comprender cómo reaccionó emocionalmente ante este acontecimiento. El hecho de que pasara la mayor parte de 1327 en Garcimuñoz o en sus alrededores, donde Constança residió durante los últimos meses de su vida, podría indicar a primera vista que, hacia el final de esta, estaba profundamente preocupado por su bienestar. Sin embargo, resulta igualmente posible que optara por permanecer cerca de aquella fortaleza, situada en el corazón de sus dominios conquenses, principalmente por razones de seguridad personal, consciente de que el rey de Castilla podía estar tramando su asesinato.70

La tristeza de don Juan Manuel se vio agravada por la muerte, el 2 de noviembre, de su amigo y aliado de muchos años, Jaume II de Aragón, a la edad de sesenta y tres años. Aunque la relación entre ambos había atravesado altibajos en los últimos años, don Juan Manuel sabía que, en momentos de grave necesidad o dificultad, siempre podía contar con el apoyo de su suegro.

El futuro era ahora incierto. El señor de Villena mantenía relaciones suficientemente buenas con el heredero y sucesor de Jaume II, Alfons IV, pero seguía sin estar claro si el nuevo rey se mostraría tan receptivo como lo había sido su padre a las peticiones de ayuda y favor procedentes de la corte manuelina.

Pronto llegaron nuevas noticias desagradables. A finales de noviembre o comienzos de diciembre, don Juan Manuel recibió noticia de que su hija Constanza había sido trasladada de Valladolid a Toro por orden de Alfonso XI y recluida en el alcázar de aquella villa. El hecho mismo de su encarcelamiento ya era inquietante, pero la decisión de llevarla a Toro – escenario del despiadado asesinato de Juan el Tuerto – confería al acto implicaciones aún más siniestras. El cronista regio Fernán Sánchez trata de justificar el encierro de Constanza, afirmando que el rey de Castilla la había recluido porque:

don Joan hijo del ynfante don Manuel sel avia mostrado por su contrario, ca en tienpo que era ydo el rrey a aquella guerra de los moros este don joan no le vino a servir y enbio a ffazer algunas fablas con el rey de Granada en gran deseruiçio del rrey de Castilla: e catadas todas estas cosas, e acordandose del casamiento que avie fecho con doña Constanca fija de don Joan, que lo fiziera por desviar muchos males e daños que le podrian venir si el con esta rrazon no partiera la amistad que era entre don Joan e don Joan [sennor de Vizcaya].

Sánchez, sin embargo, omite señalar que había sido el propio monarca adolescente quien había desencadenado este conflicto mediante el asesinato de Juan el Tuerto y el repudio de Constanza. De no haberse producido estos hechos, don Juan Manuel no habría tenido motivo alguno para renunciar a su posición de relevancia en la corte castellana.71

El señor de Villena, con su honra aún más mancillada, no pudo contener su furia: rompió sus vínculos de vasallaje con el joven rey y emprendió una feroz campaña de violencia y rapiña contra las tierras de la Corona.72 El 16 de diciembre, deseoso de ampliar la campaña, don Juan Manuel escribió a su fiel vasallo Pedro Martínez Calvillo, alcaide del castillo de Lorca, pidiéndole que procurase concertar una alianza militar con Granada contra Alfonso XI y que, además, obligara a los habitantes de Lorca a hacer la guerra contra los de la ciudad de Murcia, cuya inquebrantable lealtad a la Corona había sido desde hacía tiempo motivo de irritación para don Juan Manuel.73

También se redactaron cartas dirigidas a los vasallos manuelinos Sancho Ximénez de Lanclares, Pedro Martínez, Íñigo Ximénez Lorca y Alfonso Fernández, instándolos a contribuir a esta guerra.74 Pero ninguna de estas cartas llegó a su destino. El correo que las llevaba, el escribano Ruy Pérez, fue apresado a las afueras de Librilla por caballeros leales al gobernador de facto de Murcia, Pedro López de Ayala. Se hicieron copias de las cartas halladas en su poder y se enviaron a Alfonso XI. El rey de Castilla, ocupado en aquel momento en una operación destinada a romper el sitio benimerín de Gibraltar,75 se indignó, como era de esperar, al leer su contenido y, el 10 de enero de 1328, ordenó a Pedro López que infligiera a Ruy Pérez y a quienes habían sido apresados con él un castigo espantoso: «que les cortedes los pies e las manos e les saquedes los ojos e los mandedes degollar».76

La cancillería manuelina redactó nuevas cartas, que esta vez sí llegaron a su destino. Tras recibir sus instrucciones, Calvillo se dirigió a la corte del rey de Granada. El rey Nasr, ya en guerra con Alfonso XI, se mostró más que dispuesto a concertar una alianza militar con la Casa de Manuel contra el rey de Castilla y, para finales de enero, este vio atacados sus dominios en varios frentes: por los musulmanes en Andalucía; por caballeros y vasallos leales a don Juan Manuel en torno a los obispados de Cuenca y Sigüenza, el arzobispado de Toledo, las comarcas de Valladolid y Cuéllar y Can de Roa; y por el propio señor de Villena, quien, según nos dice Fernán Sánchez, llevó una fuerza contra La Sisla (Toledo), «et quemó et destruyó y muchos logares, et mató y muchos omes, et levó robado todo lo que y falló».77 Este episodio pone claramente de manifiesto la contradicción inherente a la actitud de la nobleza castellana del siglo XIV: defensora de la cruzada contra el infiel musulmán cuando convenía a sus intereses, pero, en momentos de conflicto con la Corona, más que dispuesta a subordinar el fervor religioso a la conveniencia política.

Testimonios posteriores nos indican que don Juan Manuel solicitó asimismo a Alfons IV que actuara contra el rey de Castilla. Pero el monarca aragonés, deseoso, al parecer, de continuar la labor de su padre encaminada a revalidar el Tratado de Ágreda, se mostraba poco dispuesto a prestar a don Juan Manuel un apoyo manifiesto. Con todo, conocía bien los antecedentes del conflicto y veía con simpatía la posición del señor de Villena. Deseoso de poner fin al asunto, Alfons envió el 20 de febrero una embajada para instar a Alfonso XI a que restableciera sus relaciones con don Juan Manuel, abandonando su propósito de casarse con María de Portugal y respetando su compromiso con Constanza.78 Entretanto, de manera discreta, Alfons permitió que su hermano, el infante don Pere, y Jaume de Xérica prestaran ayuda a don Juan Manuel en operaciones de devastación y saqueo en torno a Alcaraz, Requena, Atienza, Ayllón, Sepúlveda, Curiel (de Duero) y Fuentidueña.79

Alfonso XI, naturalmente, no tenía intención alguna de restablecer su matrimonio con Constanza Manuel.80 En aquel momento, una reconciliación con su primo don Juan Manuel le importaba menos que una alianza con Portugal. Sin embargo, necesitaba poner fin a la campaña de violencia y destrucción que se estaba llevando a cabo contra las posesiones de la Corona y, con este propósito, el rey de Castilla ordenó a su consejero de confianza, Garcilaso de la Vega, que regresara al norte y dirigiera la lucha contra los enemigos de la Corona.81 Pero las cosas no salieron según lo previsto. En un giro irónico, Garcilaso – célebre por haber alentado a Alfonso XI a llevar a cabo ejecuciones sumarias – encontró la muerte mientras trataba de reunir fuerzas en Soria, asesinado por los habitantes de la villa, que temían que hubiera acudido allí para castigarlos o encarcelarlos.82

Al conocer la muerte de su consejero de confianza, Alfonso XI abandonó a regañadientes su campaña militar en Andalucía y regresó a Castilla, donde, entre el 17 y el 22 de marzo, puso sitio a la villa manuelina de Escalona,83 convencido, según sugiere Fernán Sánchez, de que, si lograba apoderarse de aquella fortaleza toledana y también de Peñafiel, «que fincaria mengado [don Johan] de muy grand parte del poder que avia».84 Además, el rey de Castilla envió hombres para recuperar el alcázar de Cuenca y los castillos de Huete y Lorca, todos los cuales habían sido entregados en prenda a la Casa de Manuel como garantía de su matrimonio con Constanza.85 El 1 de abril, Alfonso XI ordenó a Guillén de Rocafull, antiguo enemigo de don Juan Manuel, que hiciera la guerra desde Abanilla contra el señor de Villena, ofreciéndole las tierras de este como compensación por los daños o pérdidas que pudiera sufrir a consecuencia del conflicto.86

Al tener noticia del sitio de Escalona, don Juan Manuel reunió sus fuerzas y se puso en marcha para socorrerla. Pero él y sus hombres no pudieron cruzar el Tajo a causa de «las grandes auenidas que fisieron oganno los rios», por lo que optaron por distraer al rey de Castilla atacando la posesión regia de Huete, contra la que emplearon máquinas de asedio.87 Sancho Manuel – hijo ilegítimo de don Juan Manuel – recibió órdenes de devastar los alrededores de Cuenca.88

Deseoso de intensificar la presión sobre Alfonso XI, el señor de Villena volvió a solicitar ayuda a su cuñado Alfons IV (8 de abril).89 Pero el monarca aragonés se negó a prestársela. Deseoso de preservar la paz tanto dentro de los estados cristianos peninsulares como entre ellos, Alfons ya había enviado a Gonzalo García a Castilla con la misión de reconciliar a los dos primos enfrentados. García logró, meritoriamente, restablecer el diálogo entre don Juan Manuel y Alfonso XI, y ambos pudieron acordar una tregua.90 Sin embargo, aquel acuerdo se vino abajo rápidamente. Don Juan Manuel, consciente de que el diálogo era necesario para resolver su disputa con Alfonso, había levantado el sitio de Huete y se había retirado a Garcimuñoz.91 Pero el rey de Castilla no levantó, en correspondencia, el sitio de Escalona. El señor de Villena protestó ante Alfons IV de Aragón y le instó a que presionara al rey de Castilla para que respetase los términos de la tregua. Alfons IV respondió que ya había planteado la cuestión durante las recientes conversaciones castellano-aragonesas celebradas en Tarazona y que volvería a insistir en ella.92 Añadió Alfons que Alfonso XI le había comunicado que los hombres de don Juan Manuel seguían devastando tierras de la Corona.93 Fuera esto cierto o no – y bien podía serlo, pues, dados los lentos medios de comunicación de la época, no todos los vasallos o partidarios manuelinos habrían tenido noticia inmediata de la tregua – lo cierto era que, al levantar el sitio de Huete, don Juan Manuel había realizado un gesto significativo. Y el rey de Castilla no había correspondido. Furioso por ello, el señor de Villena reanudó las hostilidades y, en algún momento anterior al 17 de junio, lanzó una violenta ofensiva contra el reino de Murcia.94

Deseoso, además, de contar con mayores apoyos entre la aristocracia castellana, por aquellas mismas fechas concertó una alianza política con la poderosa Casa de Lara. El acuerdo quedó sellado con el matrimonio de don Juan Manuel y Blanca Núñez. Según se afirma, don Juan Manuel había estado prometido en 1305 con la madre de Blanca, Juana («La Palomilla»).95 Este nuevo matrimonio revestía una doble importancia, pues don Juan Manuel, que rondaba ya los cuarenta y cinco años, carecía de heredero varón.96

El conflicto entre don Juan Manuel y Alfonso XI adquirió una dimensión internacional con la intervención del papa Juan XXII. Fernán Sánchez de Valladolid, canciller de Castilla – y, posteriormente, autor de las crónicas regias citadas en este trabajo – había informado al pontífice de que Alfonso se había visto obligado a abandonar su campaña contra los moros a causa de la insubordinación de su primo don Juan Manuel.97 El asunto preocupaba al papado no solo por razones ideológicas, sino también porque aquella empresa había sido financiada con fondos de la Iglesia. El obispo de Cartagena, Pedro Martínez – que había acompañado a Fernán Sánchez a la curia pontificia – fue elevado al cardenalato y recibió el encargo de mediar entre los dos parientes enfrentados. Según se nos dice, Martínez habló primero con Alfonso XI. Lamentablemente, la única información de que disponemos acerca de este episodio es la que proporciona la crónica regia, la cual, en una de las manifestaciones más evidentes de la parcialidad de Fernán Sánchez contra la aristocracia castellana en general y contra don Juan Manuel en particular, se limita a enumerar las razones por las que el rey de Castilla consideraba que no podía levantar el sitio de Escalona. Ni siquiera se nos dice si Martínez llegó a hablar con don Juan Manuel.98

Alfons IV de Aragón, que mantenía un contacto regular con su amigo el papa Juan XXII acerca de los problemas de Castilla,99 seguía comprometido con la pacificación de aquel reino y, el 13 de junio de 1328, envió a su emisario de confianza Blasco Maza a la curia castellana con plenos poderes para «tractar e firmar posturas e convenencias por nos en nombre nuestro con el [...] Rey de Castiella e confirmar aquellas que el Rey de Castiella et el Rey de Portugal fizieron agora», con la condición de que la cancillería de Alfonso XI expidiera «una carta apartada fuera de las ditas posturas en la qual prometa a nos que por rason de las ditas posturas nunca nos requiera que seamos contra el dito don Johan [...] Ca en otra manera seria gran desonestat e reprension nuestra si eramos contra el dicho don Johan».100 Como aliado formal del rey de Castilla, Alfons IV se encontraría en una posición idónea para mediar en una reconciliación entre Alfonso XI y don Juan Manuel. Sin embargo, el prolongado sitio de Escalona constituía un claro obstáculo para las negociaciones.

En el verano de 1328, el panorama político de Castilla cambió de manera sustancial. El año anterior, como ya se ha visto, don Juan Manuel había dicho a Jaume II que, a su juicio, la lamentable conducta de Alfonso XI era consecuencia de los perniciosos consejos de sus tres principales asesores: Garcilaso de la Vega, Alvar Núñez de Osorio y Yusef. No cabe duda de que los tres, preocupados por conservar su posición, habían estado maniobrando contra el señor de Villena y obstaculizando cualquier reconciliación con el joven monarca. Garcilaso, sin embargo, había muerto ya, y Alvar Núñez estaba a punto de perder su posición en la corte. Hacia finales de julio, Alfonso XI se vio obligado a levantar el sitio de Escalona «por algunos movimientos e bollicios que recrecieron en Valladolit».101 Muchos personajes destacados de los centros urbanos de Castilla la Vieja estaban descontentos con la manera en que Alfonso XI conducía los asuntos de Estado. Y, al igual que don Juan Manuel, consideraban que el problema residía en los consejeros del rey. Les preocupaba especialmente la influencia aparentemente excesiva que Alvar Núñez ejercía en la corte, como ponía de manifiesto la acumulación en su persona de varios cargos regios.102 El rey de Castilla se trasladó a Valladolid para resolver el asunto. Pero una confederación de destacados prelados y aristócratas se negó a permitirle la entrada en la ciudad mientras Alvar Núñez siguiera formando parte del séquito regio. De hecho, tan poderosa era la alianza nobiliaria formada contra el rey, y tan firmes se mantuvieron sus integrantes en su exigencia, que Alfonso no tuvo más remedio que destituir a Núñez.103 En una carta pública fechada el 15 de agosto, Alfonso declaró que había adoptado esta medida «por muchos agravios e desafueros quel conde habia fecho e fasia en la mi tierra e por otras cosas muchas que el fasia en la mi casa et en el mio sennorio que non eran mio serviçio». Añadió que había permanecido completamente ajeno («desapercibido») a los abusos del conde; pero esto resulta verdaderamente difícil de creer.104

Con el sitio de Escalona ya levantado y Alvar Núñez apartado de la corte, el clima político en Castilla se había vuelto claramente más propicio para una reconciliación entre don Juan Manuel y su rey. Las negociaciones con ese fin habían comenzado en la segunda mitad de julio,105 y para el 24 de agosto ambos parecían encontrarse de nuevo en buenos términos: ese día, Alfonso XI escribió para asegurar al concejo de Murcia la buena conducta futura de don Juan Manuel, indicio bastante claro de que tenía intención de restituirle en el cargo de adelantado mayor en el reino de Murcia;106 y se hablaba de que el señor de Villena participaría en las próximas Cortes de Burgos.107

Sin embargo, para octubre habían vuelto a surgir desavenencias entre ambos. La disputa fue evidentemente grave, pues a finales de aquel mes el nombre de don Juan Manuel había sido eliminado de nuevo de la lista de confirmantes de los diplomas regios.108 Parece lógico atribuir estos nuevos problemas a la celebración, el mes anterior, del matrimonio entre Alfonso y la infanta María de Portugal, acontecimiento que, comprensiblemente, habría reavivado antiguos agravios y ofensas al honor.109 Fernán Sánchez, en cambio, atribuye la ruptura a los rumores difundidos por Fernán Rodríguez, prior de San Juan, y sostiene que este informó a don Juan por carta de que en la corte se tramaba una conspiración para asesinarlo.110 Según la documentación aragonesa, el señor de Villena, auxiliado por su ya anciano medio hermano Sancho Manuel, llevó a cabo aquel otoño una campaña de devastación y destrucción en torno a Toledo y Cuéllar. Además, la crónica regia afirma que Alvar Núñez, ya caído en desgracia, concertó por aquellas mismas fechas una alianza con la Casa de Manuel.111 Aunque se trata de una afirmación inesperada y llamativa, dada la prolongada enemistad entre este conde y don Juan Manuel, las exigencias políticas y militares podían propiciar incluso las coaliciones más improbables. Si Núñez llegó efectivamente a ayudar al señor de Villena contra Alfonso XI, su apoyo duró poco, pues a finales de 1328 encontró la muerte a manos de un asesino llamado Ramir Flores, que actuaba por orden del rey de Castilla.112

En la primavera de 1329, Alfonso XI decidió regresar al sur para combatir a los musulmanes y logró obtener de los estamentos de Castilla los recursos necesarios para financiar la campaña. Teniendo presente lo ocurrido el año anterior, hizo cuanto pudo por reducir a don Juan Manuel a la obediencia, cediéndole las posesiones de Aza y Galve y otorgándole los dos principales cargos militares de Castilla: adelantado mayor en el reino de Murcia y adelantado mayor de la frontera.113 Asimismo, consciente de que el honor de la Casa de Manuel seguía menoscabado como consecuencia de su repudio de Constanza, el rey de Castilla exploró la posibilidad de concertar para la reina repudiada otro matrimonio de dignidad equivalente, tratando de prometerla al joven infante don Pere, heredero de la Corona de Aragón.114

Don Juan Manuel acogió favorablemente estas concesiones, pero siguió desconfiando de Alfonso. La experiencia, desde luego, demostraba que tenía buenas razones para ello. En 1327, el joven monarca había atraído a Juan el Tuerto a la corte regia con promesas de favor, solo para hacerlo asesinar. Más recientemente, Alvar Núñez había sido muerto por orden del rey. Y circulaban rumores sobre una conspiración regia contra el propio don Juan Manuel. Dando prioridad absoluta a su seguridad personal, el señor de Villena declinó la invitación a acompañar a la hueste regia a Andalucía y pidió que se le permitiera, en cambio, prestar servicio desde el reino de Murcia, «asi como siempre lo fisiera el infante don Manuel mio padre a los reyes do el viene et yo eso mesmo las mas veses que acaesçio de yr contra los moros».115

Hacia finales de 1329, Alfonso XI mantuvo correspondencia con Alfons IV de Aragón – quien había aceptado sumarse a la cruzada contra los musulmanes – acerca del papel militar que debía desempeñar don Juan Manuel. Alfons, diplomático prudente como su padre, propuso que don Juan Manuel acompañara a la hueste aragonesa en sus operaciones. Alfonso XI indicó que estaba dispuesto a aceptar esta solución de compromiso y, en enero de 1330, el rey de Aragón escribió al señor de Villena invitándolo a combatir a su lado.116 Las hostilidades no comenzaron en serio hasta el verano. En agosto de 1330, las fuerzas cristianas lanzaron una ofensiva en dos frentes contra el reino de Granada. Un ejército dirigido por Alfonso XI puso sitio a Teba (Hardales) a más tardar el 7 de agosto,117 y conquistó la plaza antes de que terminara aquel mes.118 El rey de Castilla tomó después Antequera y Alvochen, seguidas de los castillos de Cañete y Pliego.119 La operación cristiana desarrollada más al este tuvo menos éxito. Se había acordado que el rey de Aragón encabezaría la ofensiva desde Murcia; pero, distraído por los acontecimientos de Cerdeña,120 su contribución resultó escasa: apenas un pequeño ejército al mando del vizconde de Cabrera, prior de los Hospitalarios, y de Jofre Gilbert de Cuilles, gobernador del reino de Valencia.121 Esta fuerza tenía instrucciones de reunirse con don Juan Manuel, el maestre de Calatrava y el obispo de Cartagena en Lorca; pero los lorquinos, muy probablemente ignorantes de la proyectada guerra contra los musulmanes, se negaron a permitir la entrada de los aragoneses en la villa.122 Otro problema era que los murcianos, que arrastraban una larga historia de conflictos con don Juan Manuel, se mostraban reacios a servir bajo las órdenes de su nuevo adelantado.123

Estas dificultades acabaron por resolverse y, el 21 de agosto, un ejército conjunto de unos tres mil caballeros y peones partió de Lorca y penetró en Granada. Según un informe enviado por Jofre Gilabert al rey de Aragón, las fuerzas cristianas no atacaron como una sola unidad, sino en dos frentes, entablando escaramuzas con las guarniciones de Huércal y Vera. Su relato es lo bastante detallado como para permitirnos apreciar que los logros obtenidos fueron, en el mejor de los casos, modestos.124 La operación no pudo prolongarse más de una semana, pues el 28 de agosto don Juan Manuel se encontraba de nuevo en Lorca, preparando otra.125 No puede determinarse si este nuevo proyecto llegó a materializarse; de hecho, la única otra información conservada sobre la empresa cristiana en torno a Murcia es una carta del señor de Villena, fechada el 10 de octubre, en la que solicitaba a Jaume II materiales para construir galeras en Cartagena con vistas a un ataque naval contra Granada.126

Por cuanto podemos determinar, don Juan Manuel cumplió en este momento con lo que se esperaba de él en la lucha contra los musulmanes de Granada. Puede que no obtuviera éxitos destacables, pero probablemente ello se debió más a la falta de recursos que a la falta de voluntad. Al fin y al cabo, había previsto prestar apoyo auxiliar a un ejército regio aragonés dirigido por Alfons IV, no asumir él mismo la dirección de la campaña.127 De hecho, la empresa contra Granada en su conjunto no parece haber estado particularmente bien planificada ni ejecutada, y probablemente por ello, hacia finales de año, Alfonso XI decidió concertar una tregua con Nasr de Granada. Fernán Sánchez sostiene que lo hizo:

veyendo de como Don Joan fijo del Infante Don Manuel non queria sosegar en su servicio, et que levára dél los dineros, et non ge los fuera servir: et otrosí que le facia grand daño en la tierra, et que en quanto Don Joan asi lo feciese, non podrian los de la tierra darle lo que él avia menester para la guerra de los Moros.128

Pero las pruebas disponibles distan mucho de respaldar esta interpretación.129

No obstante, las relaciones entre don Juan Manuel y Alfonso XI siguieron siendo tensas, como pone de manifiesto la observación de Jaume de Xérica, hacia noviembre de 1330, de que los meritorios esfuerzos de don Juan Manuel podían no recibir de su soberano el debido reconocimiento: «ell fasiendo bien nol fuese reconocido; ante le pudiesse seer periglo del cuerpo e de lo suyo».130

La impresión que se desprende es que, por muy fielmente que el señor de Villena sirviera a su reino en la guerra y mantuviera su obediencia, nada de ello bastaba para Alfonso XI.


  1. AGS, núm. CCCLXXXVI, pp. 509-10; «El agitado año», p. 19.↩︎

  2. Crónica de Alfonso XI, p. 198.↩︎

  3. «Envió mandar á los del Concejo de Valladolid [...] que veniesen ante él, et dixoles: [...] ca pues sus tutores andaban desavenidos, et por la su desavenencia eran destroidas et hermadas muchas villas et logares en los sus regnos, et la justicia non se complia, que si él tardase mas la estada allí, que todos sus regnos serian en grand perdicion»: Crónica de Alfonso XI, p. 198.↩︎

  4. «Por rason de la desabenençia que fue entre el infante Don Felipe e Don Joan [fijo del Infante Don Johan] e por muchos males e dannos que fasían de cada dia en la mi tierra acorde de faser llamar a cortes»: AGS, núm. CCCLXXXVI, pp. 509-10.↩︎

  5. El ascenso de la nobleza urbana durante el reinado de Alfonso XI es estudiado en la monografía de Salvador de Moxó, «De la nobleza vieja a la nobleza nueva. La transformación nobilaria castellana en la baja edad media», Cuadernos de Historia. Anexos de la revista Hispania, 3 (1969), pp. 1-209.↩︎

  6. Crónica de Alfonso XI, p. 199.↩︎

  7. Véase «El agitado año» (p. 44), y la lista de testigos de González Crespo, núm. 81 (p. 130).↩︎

  8. Se recuerda aquí al lector que la madre de la niña llevaba el mismo nombre, aunque con una grafía ligeramente distinta: Constança.↩︎

  9. AGS, núm. CCCC, p. 517.↩︎

  10. Crónica de Alfonso XI, p. 200; AGS, núm. CCCCL, p. 552.↩︎

  11. AGS, núm. CCCVI, p. 523.↩︎

  12. Crónica de Alfonso XI, p. 200.↩︎

  13. El infante don Felipe asumió posteriormente el cargo de mayordomo mayor. Crónica de Alfonso XI, p. 200;

    González Crespo, doc. 81, p. 130.↩︎

  14. El cargo de canciller fue conferido posteriormente, no a Garcilaso de la Vega, como afirma Fernán Sánchez, sino al buen amigo de don Juan Manuel, el obispo de Ávila: Heinrich Finke, Acta Aragonensia (Berlin; Leipzig: Dr Walther Rothschild, 1908-66), II (1908), 865; Crónica de Alfonso XI, p. 200.↩︎

  15. En una carta del 13 de octubre, don Juan Manuel trató de justificar su silencio sobre el asunto: «et porque [...] non era çierto de todos estos pleitos a lo que auien de venir non uos quis enbiar desir ninguna cosa desto»: AGS, núm. CCCC, p. 517.↩︎

  16. AGS, núm. CCCCV, pp. 521-23.↩︎

  17. Crónica de Alfonso XI, p. 201.↩︎

  18. Fernán Sánchez afirma que, además de buscar una alianza con Aragón, Juan el Tuerto contempló la posibilidad de resucitar la pretensión al trono del ya anciano pretendiente Alfonso de la Cerda; pero no existe documentación que lo confirme: Crónica de Alfonso XI, p. 201.↩︎

  19. 'Audito insuper [...] tractatu matrimonii inter nobilem Johannem de Viscaya, et [...] Blancham neptem nostram [...] quia nobis videtur honorificum et accomodum placuit multum nobis [...]. III nonas decembris 1325.': AGS, núm. CCCCXIV, pp. 528-29.↩︎

  20. Con tal eficacia consiguió aparentarlo que el experimentado cortesano aragonés Gonzalo García escribiría a Jaume II para comunicarle «quanto sentimento e plazer mostraua el Rey de Castella quando oya faular del casamiento que se tractaua entre don Johan e doña Blancha»: ibid., núm. CCCCXIV, p. 528.↩︎

  21. Ibid., núm. CCCCXIV, p. 528.↩︎

  22. Ibid., doc. CCCCIX, pp. 524-25. Para afianzar esta reconciliación, don Juan Manuel se ocupó de que el arzobispo fuera restituido en la cancillería de Castilla. Así lo demuestran los diplomas: en la lista de testigos de un privilegio rodado de 22 de febrero que confirmaba los privilegios de la ciudad de Ávila, el arzobispo aparece descrito únicamente como «primado de las Españas», mientras que en una confirmación fechada el 12 de abril para el monasterio de San Nicolás del Camino suscribe como «primado de las Españas e chançeller de Castiella»: González Crespo, núms. 93, 99, pp. 155, 169.↩︎

  23. AGS, núm. CCCCXII, р. 527.↩︎

  24. In a letter of 12 June Gonzalo García mentioned to Jaume II that 'los moros [...] que gela destraguan cada dia': ibid., núm. CCCCXIV, р. 528.↩︎

  25. Crónica de Alfonso XI, pp. 200-02.↩︎

  26. Uno de los primeros monasterios agustinos fundados en Castilla: RAH, Col. Sal. y Cas., M-8, fol. 10.↩︎

  27. Crónica de Alfonso XI, p. 202. La Gran Crónica de Alfonso XI ofrece un relato más detallado de esta batalla, que puede consultarse en el artículo de Diego Catalán «Batalla de Guadalhorce», en La tradición manuscrita en la "Crónica de Alfonso XI" (Madrid: Gredos, 1974), pp. 360-66.↩︎

  28. Crónica de Alfonso XI, p. 202.↩︎

  29. AGS, núm. CCCCXIX, p. 532.↩︎

  30. Crónica de Alfonso XI, p. 202.↩︎

  31. Tras este asesinato, Alfonso XI incorporó el título de señor de Vizcaya a su propia intitulación y se incautó de todas las posesiones vinculadas a él, «que eran mas de ochenta villas e castillos e lugares fuertes»: González Crespo, núm. 118, p. 214; Crónica de Alfonso XI, pp. 202-03; AGS, núm. CCCCXX, pp. 532-33.↩︎

  32. Hilda Grassotti estudia en su obra La ira regia en León y Castilla (Buenos Aires, 1965) el modo en que los ricos hombres, sustraídos a la justicia ordinaria, eran castigados por sus soberanos.↩︎

  33. AGS, núm. CCCCXXV, pp. 535-36.↩︎

  34. Juan arrived in Garcimuñoz no later than 2 January 1327: Crónica de Alfonso XI, p. 203; AGS, núms. CCCCXXI,

    ССCСXXII, рр. 533-34.↩︎

  35. «Et el Rey fué desto maravillado, ca non le avia él fecho á este Don Joan ninguna cosa porque debiese él irse de la frontera, et desamparar el menester en que él estaba en su servicio del Rey en la guerra con los Moros por el oficio del Adelantamiento que tenia dél»: Crónica de Alfonso XI, p. 203.↩︎

  36. AGS, núm. CCCCXXIII, pp. 534-35; Crónica de Alfonso XI, pp. 203-04.↩︎

  37. AGS, núm. CCCCXXIII, pp. 534-35.↩︎

  38. El 28 de febrero, don Juan Manuel escribió desde Montalbo para agradecer a Jaume esta promesa de apoyo: ibid., núms. CCCCXXV, CCCCXXVI, pp. 535-36.↩︎

  39. Crónica de Alfonso XI, p. 203.↩︎

  40. «Et Don Joan [...] oida la demandería que le dixeron [los mandaderos] de parte del Rey, envió poner sus escusas por que [...] no podia venir al Rey segun que él le enviaba mandar: así que por la su respuesta se pudo entender, que él non avia voluntad de venir facer servicio al Rey»: ibid., p. 203.↩︎

  41. Casi con toda seguridad entre el 28 de febrero y el 20 de marzo, y no en abril, como afirman algunas fuentes: González Crespo, núm. 121, p. 222; AGS, núm. CCCCXXVIII, рр. 537-38.↩︎

  42. Felipe había pasado mucho tiempo en aquella región durante su etapa como tutor. Para testimonios de ello, véase García Fernández, núms. 01-92, pp. 16-23.↩︎

  43. AGS, núm. CCCCXXVIII, pp. 537-38.↩︎

  44. Si damos crédito a la crónica regia, antes de septiembre de 1327 «enviaba [Don Joan] mensajeros al Rey de Granada para ser su amigo et ayudarle contra el Rey de Castiella»: Crónica de Alfonso XI, p. 207. El tercer estado se encontraba en una situación difícil cuando un señor se rebelaba contra el rey, pues tenía obligaciones feudales hacia ambos. En 1329, deseoso de evitar futuros conflictos de lealtad, Alfonso XI promulgaría una ordenanza que impedía a los habitantes de Murcia anteponer sus vínculos con su señor a los que debían a su soberano: AGS, núm. CCCCLXXX, pp. 577-78.↩︎

  45. Ibid., núm. CCCCXXX, pp. 538-39. Jaume conocía bastante bien a Garcilaso, pues este había servido como mayordomo del infante don Pedro, difunto yerno del soberano aragonés.↩︎

  46. 2 April. Ibid., núm. CCCCXXXVI, pp. 543-44.↩︎

  47. Ibid., núm. CCCCXXXII, p. 540.↩︎

  48. Ibid., núm. CCCCXXXV, p. 543.↩︎

  49. Ibid., núm. CCCCXXXIV, pp. 541-42.↩︎

  50. Ibid., núm. CCCCXXXIV, p. 541.↩︎

  51. Ibid., núm. CCCCXXXIV, pp. 541-42.↩︎

  52. Ibid., núm. CCCCXXXVIII, p. 544.↩︎

  53. Ibid., núm. CCCCXXXIV, p. 542.↩︎

  54. «El rey vino á Sevilla [et] falló y mandaderos que le avia enviado el Rey de Portogal, con quien le envió rogar que casase con la Infanta Doña María [...]; et respondió á los mandaderos del Rey de Portogal que le placia de facer lo que avia dicho en fecho de aquellos casamientos»: Crónica de Alfonso XI, p. 209; García Fernández, núms. 118, 119, pp. 28-29.↩︎

  55. AGS, núm. CCCCXXXV, p. 547.↩︎

  56. Ibid., núm. CCCCXXIX, p. 538.↩︎

  57. Probablemente aún vivía el 15 de septiembre, pues en una carta dirigida a Jaume II en esa fecha don Juan Manuel no comunica su fallecimiento. Murió antes del día 19 de aquel mes, fecha en la que Jaume escribió a sus hermanos para informarles de la triste noticia: ibid., núms. CCCCXLIV, CCCCXLV, p. 548-49.↩︎

  58. Ibid., núm. CCIX, p. 380.↩︎

  59. Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, II, núm. 119, p. 158.↩︎

  60. Ibid., I, núm. 136.↩︎

  61. Ibid., I, núms. 136-37; II, núms. 170, 234.↩︎

  62. Ibid., I, núm. 137.↩︎

  63. AGS, núm. CCCLVI, p. 489.↩︎

  64. Ibid., núm. CCCLXXVIII, p. 503.↩︎

  65. Finke, II, 867.↩︎

  66. AGS, núms. CCCCX, ССССХ, ССССХХІ, рр. 526, 532, 534.↩︎

  67. «Aun me batratan a las veses la dolençia mas si yo a vos viesse tengo que luego seria bien guarida». Constança a su padre, Jaume II, 17 de abril: ibid., núm. CCCCXXXI, p. 540.↩︎

  68. «Es porque me avedes olvidado o porque no es vuestra voluntad que you guaresca deste mal?» Presa del remordimiento, Jaume ordenó inmediatamente a Juncte, médico del arzobispo de Zaragoza, que se dirigiera a Garcimuñoz, y en julio envió también allí a otro médico, Amell: ibid., núm. CCCCXXXIII, p. 541; Martínez Ferrando, Jaime II: su vida familiar, II, núms. 448, 452, pp. 647, 650.↩︎

  69. «Fago vos saber que sobre la dolençia que fasta aqui [oue] que me creçio agora otra dolençia muy fuerte». AGS, núm. CCCCXXXIII, p. 541.↩︎

  70. Durante aquel periodo, la documentación sugiere que don Juan Manuel no se alejó más allá de Montalbo, situado a unas veinte millas al noroeste de Garcimuñoz: AGS, núms. CCCCXXI-CCCCL, pp. 533-58.↩︎

  71. Ibid., núm. CCCCL, p. 552; Crónica de Alfonso XI, p. 209.↩︎

  72. Chronicon, p. 678; AGS, núm. CCCCL, p. 558.↩︎

  73. El memorial redactado por la cancillería manuelina para Calvillo resulta de gran interés y, pese a su extensión, merece ser reproducido aquí: «que el Rey de Granada ayude a Don Johan contra el Rey de Castiella e que non se puedan abenir con el Rey de Castiella sin voluntad de Don Johan que no sea tenido de ayudar al Rey de Castiella nin a ningun otro xiano contra el Rey de Granada por la una frontera nin por la otra. Et que ayude el Rey de Granada a Don Johan commo amigo a amigo con todo quanto oviese con villas e castiellos e gente e que faga guerra al Rey de Castiella e que nunca se pueda abenir con el sin voluntad de Don Johan. Et otrosi Don Johan quel ayudara contra el Rey de Castiella e le fara guerra con villas e con castiellos e con su cuerpo e con su gente e que no se averna con el Rey de Castiella sin voluntad del Rey de Granada. Et si esto no se fiçiere que faga este otro pleito. Que bien sabe que muchos infantes de Castiella non aviendo heredat ninguna nin fortalezas fallaron cobro e conçeio en la casa de Granada en auer tales omnes por vasallos tovieron por rraçon de sse parar a sus faciendas e de les dar muy grand aver. Et agora Don Johan por esto quel façe dandol el Rey de Granada commo pueda Don Johan mantener mille caualleros que sera su vasallo e le servira con el cuerpo e con los vasallos e con la heredat e con quanto houiese e que acogera a el e a sus gentes en las sus villas en guisa que pueda façer guerra e acogerse a ellas en saluo. Et si esto non si fiçier e el rey de Granada ha voluntad de auer la mayor onrra que nunca ovo Rey de Granada e acrecentar su ley mas que nunca Rey de Granada la acrecento que Don Johan le vendra de sus logares fortaleças sennaladas en su comarca de que podra façer quanto quisiere e si quisiere aun mas adentro quel vendra otros lugares en guisa que pueda yr de la tierra que agora tienen los moros fasta en Toledo o fasta en Castiella en guisa que los moros que quisieren façer la guerra puedan yr cada dia por lo suyo. Yo don Johan»: AGS, núm. CCCCL, pp. 552-53.↩︎

  74. Ibid., núm. CCCCL, pp. 553-55.↩︎

  75. Una fuerza benimerín, estimada en unos siete mil hombres, había cruzado recientemente el Estrecho. Tarifa también se encontraba sitiada: ibid., núms. CCCCL, CCCCLI, pp. 552, 558.↩︎

  76. Ibid., núm. CCCCLII, p. 559.↩︎

  77. Crónica de Alfonso XI, p. 210.↩︎

  78. «E asi le digan [...] quel le caye mucho fazer guisado e razon e tener lo que prometido ha e catando en como el Papa dispenso en su casamiento a suplicacion [del Rey daragon] e del senyor Rey daragon padre del dito Rey et en quanto gran cort se fizo e catando quanto deudo ha la Reyna con el mesmo e con el Rey darago que quiera que lo que fizo bien e con Dios que finque como fincar deue e con esto toldra escandalo e bolliçio de sos regnos e podra meior servir Dios et tener justicia en sus tierras»: AGS, núm. CCCCLIV, p. 561.↩︎

  79. Fernán Sánchez afirma que «el Rey Don Alfonso de Aragon envió á Don Jayme de Xérica et á Don Pedro su hermano que venieron en su ayuda [de Don Joan]»: Crónica de Alfonso XI, p. 210. Sin embargo, la documentación indica que el papel del rey de Aragón en este asunto fue más permisivo que activo: AGS, núms. CCCCLXI, CCCCLXVII, pp. 567-71.↩︎

  80. De hecho, el 25 de marzo el rey de Castilla se pondría en contacto con Afonso IV de Portugal para reafirmar su intención de casarse con María: García Fernández, núm. 139, p. 33..↩︎

  81. Crónica de Alfonso XI, p. 210.↩︎

  82. Ibid., p. 211.↩︎

  83. El día 17, Alfonso XI se encontraba apenas unos kilómetros al sur de Escalona, en Santa Olalla. El 22, don Juan Manuel escribió a Alfons IV disculpándose por no poder asistir a la ceremonia de coronación de este, «[porque] esta el Rey [de Castella] sobre Escalona et la tiene çercada»: AGS, núms. CCCCLVI, CCCCLVII, pp. 562-63.↩︎

  84. Crónica de Alfonso XI, p. 212.↩︎

  85. Ibid., p. 212.↩︎

  86. AGS, núm. CCCCLIX, pp. 564-65.↩︎

  87. Ibid., núm. CCCCLX, p. 566.↩︎

  88. Ibid., núm. CCCCLXVI, p.570.↩︎

  89. «Porque vos pido por merçed senor que querades vos en esto faser por mi lo que deuedes en me acorrer con alguna gente»: ibid., núm. CCCCLX, p. 566.↩︎

  90. Ibid., núm. CCCCLXIV, p. 569.↩︎

  91. La crónica regia reconoce que don Juan Manuel abandonó la operación contra Huete, aunque sostiene que lo hizo porque Alfonso XI «envió caballeros et escuderos de su casa que entrasen en la villa, et que ayudasen á los de Huepte en las peleas que avian con [Don Joan]. Et Don Joan por esto, et otrosí veyendo que estando allí non podia facer grand deservicio al Rey, fuése de allí con toda su compaña para un su logar que decian el castiello de Garci Moñoz»: Crónica de Alfonso XI, p. 212; AGS, núm. CCCCLXIX, p. 571.↩︎

  92. AGS, núm. CCCCLXIV, p. 569.↩︎

  93. Ibid., núm. CCCCLXIV, p. 569.↩︎

  94. En esta empresa recibió la ayuda de Jaume de Xérica: ibid., núms. CCCCLXVII, CCCCLXX, pp. 570-72.↩︎

  95. El padre de Blanca era Fernando de la Cerda, pretendiente al trono de Castilla: ibid., núm. CCCCLXIV, p. 569.↩︎

  96. Véase AGS, núm. CCCLXXIV, p. 501.↩︎

  97.  Crónica de Alfonso XI, p. 213; García Fernández, núm. 138, p. 32.↩︎

  98. «Et el Cardenal fabló con el Rey segun que el Papa le enviára mandar: et dixo al Rey que toviese por bien que Don Joan oviese con él alguna avenencia. Et él ante todos los de su Corte, que eran y ayuntados, dixo como él feciera á Don Joan mucha merced et mucha honra, et que le diera oficios los mas honrados de su señorío; et otrosí que le diera grand parte de las rentas del su regno que tomase dél en tierra: et aviendo el Rey enviado á Don Joan á la frontera á la guerra de los Moros, et seyendo su Adelantado, que se partió dende, et que le dexó la tierra de la frontera desamparada, seyendo la guerra de los Moros muy afincada. Et despues desto, queriendo el Rey ir á la frontera á aquella guerra que avia con los Moros, que le envió decir, que se maravillaba por quál razon se partiera de la frontera sin ge lo facer saber: et que él queria ir á la guerra de los Moros, et que le mandaba et le rogaba que veniese a él, porque podiese acordar con él en quál manera avia de facer. Et Don Joan que non quiso venir; et que se envió escusar por tales razones, que bien pudo entender el Rey et todos los que con él eran, que non avia voluntat de venir á su servicio: et el Rey non queriendo parar mientes á esto que Don Joan le facia, mas por lo asosegar en su servicio, et darle logar en que le serviese, que le envió decir, que él tenia acordado de ir á la frontera á la guerra de los Moros, et que le mandaba que fuese con él; et Don Joan que lo non quiso facer, et que envió poner amistad con el Rey de Granada para le deservir: et el Rey que fué de esa vez á la guerra de los Moros, el que les tomó á Olvera, et á Pruna, et Ayamonte, et la torre del Alhaquin. Et estando en esta guerra con los Moros, que Don Joan labró et enfortalesció todos sus castellos, et que los basteció del pan et de las viandas que tomó de los logares de la tierra del Rey; et que se envió despedir et desnaturar del Rey, non le aviendo él fecho ninguna cosa porque lo debiese él facer: et despues envió sus mandaderos al Rey de Granada, que es su enemigo, et enemigo de la ley de Dios et de la Christiandad, et puso con él amistad, et prometióle ayuda contra el Rey; et demas que le corria, et le robaba la tierra, et le posiera en ella fuego: por las quales cosas Don Joan cayera en muy grandes yerros, et non le guardára aquello que era tenido de le guardar así como á su Rey et á su Señor»: Crónica de Alfonso XI, pp. 213-14.↩︎

  99. Rosell, núm. 516, p. 261.↩︎

  100. AGS, núm. CCCCLXII, pp. 567-68.↩︎

  101. Ibid., núm. CCCCLXXII, p. 573.↩︎

  102. Alvar Núñez había acumulado numerosos títulos y cargos: conde de Trastámara, Lemos y Sarria; señor de Cabrera y Ribera; mayordomo mayor del rey; camarero mayor del rey; adelantado mayor de la frontera; y pertiguero mayor en tierra de Santiago: Crónica de Alfonso XI, pp. 210-11.↩︎

  103. Ibid., pp. 216-17.↩︎

  104. AGS, núm. CCCCLXXII, p. 573.↩︎

  105. Ibid., núm. CCCCLXXI, pp. 572-73.↩︎

  106. Ibid., núm. CCCCLXXIII, p. 574.↩︎

  107. Así se lo comunicó Bernat de Sarrià a Alfons IV el 8 de septiembre: ibid., núm. CCCCLXXIV, p. 574.↩︎

  108. Véase González Crespo, núm. 128, pp. 242-44.↩︎

  109. Crónica de Alfonso XI, pp. 217-18.↩︎

  110. Ibid., p. 220.↩︎

  111. Ibid., p. 218.↩︎

  112. Ibid., p. 219.↩︎

  113. Chronicon, p. 679; Crónica de Alfonso XI, p. 220. Antes del 10 de enero de 1328, Alfonso XI había privado a don Juan Manuel del título de adelantado mayor en el reino de Murcia y se lo había concedido en su lugar a Pedro López de Ayala: AGS, núm. CCCCLII, p. 559. Es posible que don Juan Manuel hubiera solicitado expresamente la posesión de Aza, pues allí había nacido la madre de santo Domingo, fundador de la Orden de Predicadores, de la que el príncipe castellano era protector: Escribano de la Torre, p. 179.↩︎

  114. AGS, núm. CCCCXCVI, pp. 588-89.↩︎

  115. Ibid., núm. CCCCLXXXII, p. 579.↩︎

  116. Ibid., núm. CCCCLXXXII, pp. 579-80.↩︎

  117. Ibid., núm. CCCCLXXXIX, p. 584.↩︎

  118. Crónica de Alfonso XI, p. 227.↩︎

  119. AGS, núm. CCCCLXXXIX, p. 584; Crónica de Alfonso XI, p. 227.↩︎

  120. Zurita, II, 334 (Libro VII, cap. 11).↩︎

  121. AGS, núms. CCCCLXXXV, CCCCLXXXIX, pp. 581, 584.↩︎

  122. AGS, núm. CCCCLXXXVIII, p. 583.↩︎

  123. El 15 de agosto, un irritado Alfonso XI escribió a los murcianos exigiéndoles que prestaran ayuda a su adelantado mayor en la campaña contra los musulmanes: ibid., núm. CCCCLXXXVII, р. 582.↩︎

  124. Ibid., núm. CCCCLXXXVIII, pp. 582-84.↩︎

  125. Ibid., núms. CCCCLXXXIX, CCCCXC, pp. 584-85. La operación se menciona en el Libro I, capítulo 70, de El Libro de los Estados (p. 213).↩︎

  126. AGS, núm. CCCCXCI, p. 585.↩︎

  127. En su carta del 10 de octubre, don Juan Manuel reprochó a Alfons que no hubiera llevado la guerra contra los musulmanes: «bien sabedes en como todos los reyes sodes tenudos de faser guerra a los moros por tierra e por mar serviendo a Dios.»: ibid., núm. CCCCXCI, p. 585.↩︎

  128. Crónica de Alfonso XI, p. 227.↩︎

  129. La cuestión del servicio militar de don Juan Manuel se aborda en varios documentos del invierno de 1330-31. Ninguno de ellos menciona conducta indebida alguna por su parte.↩︎

  130. AGS, núm. CCCCXCII, pp. 586-87.↩︎