CAPÍTULO 3
«E luégo enviaron por don Juan, fijo del infante don Manuel, que se viniese ver con ellos [...] é acordaron que enviasen mover pleito al rey de Aragón.»
Lejos de avivar el descontento aristocrático en Castilla, Jaume II se esforzó a lo largo de 1302 por alcanzar un acuerdo de paz con Fernando IV. Sin embargo, sus esfuerzos no fructificaron, probablemente porque el joven rey castellano se hallaba absorbido por los problemas internos del reino. En enero de 1303, una embajada aragonesa acudió a la corte castellana e instó a Fernando IV a dejar temporalmente de lado los asuntos internos y dirigirse a la corte de Dinis I de Portugal. El monarca portugués se había ofrecido a presidir las negociaciones encaminadas a concertar una tregua. El 27 de enero, Fernando IV se comprometió a estar en Badajoz «encima deste mes de febrero que viene».1
Antes de partir hacia Portugal, el soberano castellano, temeroso de que el infante Enrique y Diego López pudieran cometer alguna traición durante su ausencia, se esforzó deliberadamente por persuadir a ambos magnates de que abandonaran su oposición y lo acompañaran, junto con la corte castellana, a Badajoz. Pero parece que Fernando no hizo sino acrecentar el descontento de ambos magnates: los registros de la cancillería muestran que, el 17 de febrero, el infante Enrique, mientras aún negociaba con su joven sobrino, escribió en secreto a Jaume II, asegurándole que haría de él «el mejor Rey e el más onrado que nunca ouo en Aragón» si abandonaba su propósito de alcanzar un acuerdo con el rey de Castilla.2
Siguió un periodo de intensas maniobras diplomáticas. Hacia la tercera semana de marzo, Enrique convocó en Olmedo una asamblea secreta de magnates castellanos descontentos, entre los que figuraban Diego López de Haro, su hijo Lope Díaz, Juan Alfonso de Haro y el joven don Juan Manuel, que contaba entonces veinte años.3 Aunque la crónica regia detalla cómo, durante los meses anteriores a la reunión de Olmedo, el infante Enrique y la familia Haro fueron mostrándose cada vez más descontentos con la dependencia de Fernando IV respecto del infante Juan y de Juan Núñez de Lara, así como con el favor que les dispensaba, no revela con precisión cuándo ni por qué don Juan Manuel comenzó a mostrarse descontento con el proceder del rey castellano. Tampoco resulta especialmente esclarecedora la documentación de cancillería en este punto. Lo poco que sabemos acerca del señor de Villena durante el año anterior indica que no mantenía malas relaciones con Fernando ni con sus principales consejeros: en agosto de 1302, como hemos visto, asistió a la boda del heredero del infante Juan con la hermana de Juan Núñez. Según se desprende de los registros, tampoco había tomado parte en el levantamiento nobiliario de aquel otoño. La documentación de 1303 revela que el rey de Castilla había prometido a don Juan Manuel ciertas tierras en torno a Atienza, pero no llegó a entregárselas;4 mientras no haya indicios en contrario, cabe suponer que este incumplimiento fue la causa de la tensión entre ambos.
No se ha localizado aún en los archivos castellanos y aragoneses documentación que permita conocer con detalle lo tratado en Olmedo. Aunque cabe, desde luego, la posibilidad de que los testimonios pertinentes no hayan llegado hasta nosotros, el tenor de las cartas que el infante Enrique y Lope Díaz enviaron a Jaume II por esas fechas sugiere que se evitó deliberadamente poner por escrito el contenido de aquellas conversaciones, para impedir que cayera en manos ajenas. Parece probable que los pormenores de las deliberaciones de los rebeldes fueran transmitidos oralmente a Jaume II por mensajeros del infante Enrique y de don Juan Manuel.5
En cuanto al fondo de las conversaciones de Olmedo, Zurita permite entrever algo de lo que pudo tratarse. Según refiere el cronista aragonés, el infante Enrique envió a Gonzalo Ruiz, su mayordomo, a Almazán para comunicar a Alfonso de la Cerda que «queria[n] servirle y seguir su querrella el infante [Enrique] y don Diego [...] y don Joan hijo del infante don Manuel y don Lope Díaz [...] y don Joan Alonso [...] y todos los caballeros que eran de aquel bando. Y querían luego tomar su voz y recibirle por rey y señor natural del reino de Castilla y León.»6 Aunque de lo anterior podría concluirse fácilmente que don Juan Manuel y los demás magnates estaban tan descontentos con el gobierno de Fernando IV que se hallaban dispuestos a destronarlo, parece más probable que este ofrecimiento de apoyo al pretendiente al trono castellano constituyera un instrumento de presión destinado a forzar a Fernando IV a atender sus reivindicaciones políticas.
Alfonso de la Cerda debió de acoger con tal entusiasmo la oferta de apoyo de los rebeldes que no se detuvo a cuestionar sus motivos. Su ánimo se hallaba entonces muy decaído por varias razones: la defección de su amigo Juan Núñez, que en 1299 se pasó al servicio de Fernando IV en 1299; la legitimación pontificia, en 1301, de los hijos de Sancho IV y María de Molina, que consolidó la posición de Fernando IV; el acercamiento entre su antiguo aliado, el infante Juan, y el rey castellano en 1300; y los recientes esfuerzos de otro de sus valedores, Jaume II de Aragón, por alcanzar un acuerdo con la corte castellana. El 28 de marzo, el pretendiente castellano envió a Jaume II una carta de tono acerbo, en la que le reprochaba no haber respetado sus compromisos y le exigía que reparase su falta comprometiéndose a apoyar a los rebeldes castellanos.7
El monarca aragonés, de hecho, ya había decidido aliarse con los magnates castellanos disidentes, aunque principalmente en beneficio propio: con el formidable infante Enrique, los principales miembros de la familia Haro y el cada vez más influyente don Juan Manuel de su parte, Jaume II se encontraría en mejor posición para negociar un acuerdo favorable sobre los territorios murcianos en futuras negociaciones de paz con Castilla. Hacia comienzos de abril de 1303, Jaume II envió a sus vasallos Artal de Azlor y al prior de Santa Ana para entablar negociaciones con la coalición rebelde y obtener de al menos tres de sus cuatro principales integrantes compromisos escritos de obedecerle y prestarle ayuda, así como de jurar fidelidad a Alfonso de la Cerda. Una vez recibidos tales compromisos y juramentos, Azlor y el prior quedarían facultados para garantizar formalmente «por el sennyor Rey daragon lo que los ditos ricos homnes demandan que los atienda el Rey daragon».8 Cuando salían de Valencia, estos emisarios fueron interceptados por Alfonso de la Cerda, quien, sin duda receloso ante la idea de que una delegación aragonesa tratara con aquellos nobles disidentes en su ausencia, los persuadió de abandonar su misión y regresar a la curia aragonesa, adonde él mismo se dirigía para mantener nuevas conversaciones con Jaume II.9 En fecha no anterior al 10 de abril, una nueva delegación encabezada por Artal de Azlor y Sancho García de Loriz partió de Valencia, esta vez acompañada por Alfonso de la Cerda, para reunirse con los rebeldes castellanos en Almazán. Sin embargo, el encuentro no llegó a celebrarse, pues, cuando los tres llegaron a Almazán el 17 de abril, el infante Enrique y sus partidarios, quizá cansados de esperar, se habían dispersado. Finalmente, Enrique fue localizado en Alcalá de Henares y se fijó una nueva fecha para la reunión.10 Hacia el 10 de mayo de 1303, en San Esteban de Gormaz, dieron finalmente comienzo las conversaciones entre ambas partes. Las negociaciones resultaron satisfactorias: al infante Enrique, Diego López y Juan Alfonso de Haro se les concedió una audiencia formal con Jaume II, que habría de celebrarse en Ariza en junio.11
Don Juan Manuel no participó en la reunión de San Esteban. Tras las conversaciones de Olmedo, parece que se dirigió no a Almazán, sino a los alrededores de Alarcón, sin duda en parte para entregarse a su pasión por la caza, aunque cabe suponer que principalmente porque aquel emplazamiento facilitaba el rápido intercambio de mensajes con la corte aragonesa, establecida por entonces en Valencia. Esto cobraba especial importancia en aquel momento, pues la tregua de Elche debía expirar el 5 de mayo. Pero las cláusulas de una nueva tregua no podían acordarse por correspondencia, de modo que el 6 de abril don Juan Manuel envió desde Montalbanejo a su canciller Gonzalo Martínez y a Pedro López de Ayala para solicitar una reunión con Jaume II.12 Los mencionados cortesanos cumplieron su misión con toda premura y se reunieron de nuevo con su señor, bien en Zafra de Záncara – aldea que don Juan Manuel había adquirido recientemente por compra o cesión – bien en la cercana Cervera de Llano.13 Traían buenas noticias: Jaume II había accedido a una breve prórroga de la tregua de Elche, hasta el 26 de mayo, y había fijado el 8 de mayo para celebrar una entrevista personal.14
Quizá con cierta inquietud, don Juan Manuel partió para entrevistarse con el rey de Aragón. Hasta donde sabemos, ambos solo se habían encontrado una vez antes, en la boda de Jaume II con Isabel, hija de Sancho IV. Desde aquel acontecimiento, el soberano aragonés había deteriorado las relaciones al repudiar a Isabel en 1295 y apoderarse, desde 1296, de posesiones pertenecientes a los Manuel en el reino de Murcia. Solo en las últimas semanas el señor de Villena, como miembro de la alianza rebelde, había dado muestras de estar dispuesto a mantener relaciones amistosas con el rey de Aragón.
Don Juan Manuel llegó a Xàtiva, lugar elegido para su entrevista con Jaume II,15 no antes del 7 de mayo, fecha en la que la cancillería aragonesa expidió salvoconductos para Pedro López de Ayala y Gonzalo Martínez, sin cuya compañía el príncipe castellano no habría emprendido el viaje.16 La corte aragonesa ya se encontraba en la villa, adonde había llegado el 3 de mayo o poco antes.17 Las conversaciones formales entre el rey de Aragón y Juan, que el día 5 de aquel mes había cumplido veintiún años, comenzaron el jueves 9 de mayo. Si al inicio de las negociaciones reinó cierto clima de cautela o desconfianza, este se disipó rápidamente, pues, al concluir las conversaciones de aquel día, ambos habían alcanzado un acuerdo político y militar, sellado mediante una alianza matrimonial. Los principales artículos del acuerdo militar eran los siguientes: Jaume II protegería a don Juan Manuel frente a todos sus enemigos, incluido, si fuera necesario, Fernando IV, pero no frente a los reyes de Francia y Mallorca ni a los infantes de la Cerda.18 Por su parte, don Juan Manuel prestaría a Jaume II, si este se lo requería, ayuda militar contra todos sus adversarios, con excepción de Fernando IV, María de Molina, el infante Enrique, la familia Haro, el arzobispo de Toledo y el rey de Mallorca. No obstante, en caso de guerra abierta entre Jaume II y Fernando IV, don Juan Manuel permanecería neutral.19 Reviste especial interés esta última cláusula. Al comprometerse a no intervenir en conflicto alguno entre las monarquías castellana y aragonesa, don Juan Manuel había repudiado de hecho sus vínculos de vasallaje con Fernando IV, pues, como vasallo suyo, estaba obligado a acudir a su llamada y prestarle servicio militar cuando así se le requiriese. Juan había permanecido fiel a su primo Fernando durante los turbulentos primeros años de su reinado, pero, como hemos visto, había recibido escasa recompensa por aquella lealtad. En cambio, otros miembros de la aristocracia castellana habían sacado gran provecho de sus maniobras políticas desestabilizadoras. A juzgar por este acuerdo con el rey de Aragón, para 1303 el señor de Villena había aprendido mucho del ejemplo de los demás magnates castellanos.
Que Jaume II atribuía considerable valor a una alianza con don Juan Manuel queda de manifiesto en el hecho de que, para afianzarla, estaba dispuesto a autorizar el matrimonio de este con su segunda hija, la infanta Constança, de tres años de edad. La unión era, desde luego, beneficiosa para ambas partes: Jaume II sabía que su influencia en la esfera política castellana no podía sino aumentar si tenía por yerno a un joven príncipe castellano de creciente ascendiente. Juan, por su parte, comprendía que, con el poderoso rey de Aragón como suegro, su posición política no podía sino fortalecerse y sus posibilidades de recuperar su patrimonio murciano quedarían prácticamente aseguradas.
La restitución de las posesiones de Elche fue tratada, de hecho, en los capítulos del proyecto de contrato matrimonial, entre los cuales destacaban los siguientes: el 26 de mayo de 1311, don Juan recibiría bajo su custodia a la infanta Constança, junto con una dote de 5.000 marcas de plata; en esa misma fecha – o antes, si estaba dispuesto a reconocer a Jaume II como rey de Murcia – el joven príncipe recuperaría Elche, Aspe, Chinosa, Monóvar, el puerto de Santa Pola y todas las demás posesiones que habían pertenecido anteriormente a la familia Manuel, siempre que se obtuviera la dispensa pontificia para el matrimonio en el plazo de tres años;20 de no obtenerse, la unión sería declarada nula y sin efecto.21
A la firma de la alianza y del contrato matrimonial siguieron diversos festejos. Entre los pagos efectuados por el tesorero real de Aragón por esas fechas figura uno de 125 sueldos barceloneses abonado el 14 de mayo a «Lorens, juglar del noble don Johan Manuel», y otro por la misma cantidad, satisfecho el 17 de mayo a «P. Figuerola, ciutada de Valencia, los quales lo SR li mana dar per donar e per pagar aquels a alguns mariners qui menaren regatan e deportant en un leny en la playa de Valencia lo dit SR e el noble en Johan Manuel diluns a 14 dies del present mes de maig».22 Los registros de tesorería revelan asimismo que don Juan recibió del rey de Aragón, como obsequio «II penes vayres, qui costarem 520 sb.», además de un escudo de armas realizada en Barcelona.23
Mientras Jaume II mantenía discretamente negociaciones diplomáticas con la aristocracia castellana, Fernando IV trabajaba con el rey de Portugal y con los plenipotenciarios aragoneses Gonzalo Pérez y Ramón de Montrós para concertar una tregua entre Castilla y Aragón Las conversaciones sobre esta cuestión comenzaron en firme en Badajoz, probablemente el 22 de abril,24 y se prolongaron hasta el día 26, fecha en que se aprobó una tregua de catorce meses.25 El acuerdo probablemente no fue motivo de celebración, pues Fernando IV parecía estar al corriente de las maquinaciones del soberano aragonés.26 No obstante, el rey castellano siguió insistiendo en que se pusiera formalmente fin a la guerra entre Castilla y Aragón y, antes del 11 de mayo, envió a Juan Núñez de Lara ante Jaume II para ofrecerle Alicante, Guardamar, Monteagudo y, si fuese necesario, Cartagena y Serón como base para resolver el contencioso territorial murciano.27 Pero Jaume sabía que, una vez formalizada la alianza con los nobles castellanos disidentes, sería la corte aragonesa la que dictaría las condiciones de paz. Por ello, no tenía prisa por alcanzar un entendimiento político con su vecino occidental, como pone de manifiesto la nota que, hacia mediados de mayo, dirigió a su cuñado Dinis de Portugal, en la que le rogaba que «no ayades por mal porque nos luego non mandamos pregonar la tregua». Para justificar su renuencia a hacerlo, adujo el poco convincente pretexto de que «nos avemos posturas e convinencias con [...] don Alfonso [de la Cerda] e no podemos auer paz ni tregua menos de su voluntad».28
No obstante, la noticia del acuerdo de Badajoz no tardó en difundirse. Cuando el infante Enrique y Diego López de Haro supieron que en Portugal se había aprobado y ratificado una tregua entre Castilla y Aragón, se mostraron profundamente inquietos e instaron a Jaume II a garantizarles que no llegaría a acuerdo alguno con el gobierno castellano antes de que ellos se entrevistasen con él en Ariza. Jaume no puso reparo alguno y, antes de que concluyera mayo, se comprometió en los siguientes términos: «no pongamos pleyto ninguno con don Ferrando qui se dixe Rey de Castiella nin con don Johan linfante nin con don Juan Nunneç nin con mandaderos lures nin ayamos vista con los sobredichos don Ferrando infante don Johan e don Johan Nunneç».29 También don Juan Manuel se había inquietado. Tras sus conversaciones con el rey de Aragón, se había trasladado a Xorquera, con intención de dirigirse después a Tamajón para reunirse con su tío, el infante Enrique.30 Sin embargo, al saber que el cabeza del linaje de Lara se encaminaba hacia la corte aragonesa, el señor de Villena, temiendo sin duda que Jaume pudiera ser persuadido para concertar algún acuerdo de paz con Fernando IV antes de las vistas de Ariza, se dirigió no a Tamajón, sino a las inmediaciones de Alarcón «por destorvar a don Juan Núnnez», según explicaría al rey de Aragón en una misiva fechada en Zafra el 28 de mayo, «[des]te camino que quiere hacer o enbaratarme con él». En la misma carta, don Juan Manuel instaba a su futuro suegro – como también habían hecho Enrique y Diego López – a no mantener trato alguno con Núñez ni con ningún otro emisario que Fernando IV tuviera a bien enviar a la curia aragonesa,31 y reiteraría esta petición en otra carta despachada tres días después:
si vos queredes amor del [infante don Enrique] e de don Diego e de to[dos los] otros nuestros amigos e que [fagan] todas las cosas que vos por bien tengades, [...] que partades la su vis[ta] en la mejor guisa que vos pudieredes e que vos non veades [con él] en ninguna manera.32
Sin duda, Jaume habría querido escuchar lo que Juan Núñez tenía que decir antes de reunirse con don Juan Manuel y sus aliados. Sin embargo, el rey de Aragón no deseaba poner en peligro la posibilidad de alcanzar un entendimiento con los rebeldes, por lo que, hacia los primeros días de junio, envió un mensajero para comunicar al cabeza del linaje de Lara que debía esperar hasta después de las vistas de Ariza antes de presentarse en la corte aragonesa.33
Las negociaciones formales entre Jaume II y los rebeldes castellanos no comenzaron antes del 17 de junio. Para el día 20 ya habían dado fruto: un acuerdo formal de amistad y ayuda mutua, acompañado de una serie de exigencias que Fernando IV debía satisfacer. Estas consistían en hacer absoluta la donación de Alarcón a don Juan Manuel, con independencia de que el joven señor recuperase o no Elche; ceder a Alfonso de la Cerda el reino de Jaén y las villas de Almazán, Pedraza y Val de Corneja; dotar a su hermano Fernando de un cuantioso patrimonio; declarar transmisibles por derecho hereditario las posesiones del infante Enrique; elevar a Diego López de Haro a la dignidad de conde; conferir a Lope Díaz de Haro el prestigioso oficio de mayordomo mayor del rey; y, por último, reconocer a Jaume II como señor del reino de Murcia y de Requena. Fernando tendría hasta el día de Navidad de 1303 para satisfacer estas exigencias. Si no lo hacía, los firmantes del pacto le harían la guerra hasta que accediera a ellas.34
Para reforzar el pacto, Jaume II se comprometió formalmente a no concertar una paz por separado con Fernando sin el consentimiento de sus nuevos aliados aristocráticos. Asimismo, les prestaría ayuda militar si el soberano castellano intentaba desheredarlos o despojarlos de aquello que legítimamente les pertenecía. A cambio, los nobles rebeldes le prestaron homenaje.35
Tras este encuentro con los rebeldes castellanos, Jaume II se apresuró a dirigirse a la cercana Daroca para hablar con Juan Núñez, quien había accedido a esperar allí hasta que concluyeran las vistas de Ariza. Don Juan Manuel se encaminó también a Daroca, quizá para asegurarse de que las conversaciones de Jaume con el cabeza del linaje de Lara no comprometieran en modo alguno lo acordado en Ariza. Ambos llegaron a Daroca el 24 de junio, solo para descubrir que Juan Núñez, quizá temiendo por su seguridad, había abandonado la región.36 Quizá convencido de que el acuerdo de Badajoz ya no podría influir en el rey de Aragón, don Juan Manuel se despidió de Jaume y partió hacia sus dominios en tierras de Cuenca.37
Tras las conversaciones de Ariza, el infante Enrique y Diego López se habían dirigido a las inmediaciones de Valladolid en busca de María de Molina. Necesitaban hablar con ella urgentemente, pues se habían comprometido por escrito ante el rey de Aragón a obtener, antes del 15 de agosto de 1303, su aprobación formal del pacto de Ariza y de sus condiciones, así como su consentimiento para una doble unión dinástica: el matrimonio de su hija, la infanta Isabel de Castilla, con Alfonso de la Cerda, y el de su hijo, el infante Pedro de Castilla, con una de las hijas de Jaume II.38 Que el rey de Aragón estaba dispuesto a modificar – o incluso abandonar – el pacto si la reina viuda no daba su conformidad se desprende de la existencia misma de aquel plazo. Esta condición debió de inquietar profundamente a Enrique, pues sabía que, aunque María, su antigua compañera en la regencia, deseaba distanciar a su hijo de sus consejeros sin escrúpulos, el infante Juan y Juan Núñez, su animadversión hacia el soberano aragonés bien podía constituir un obstáculo insalvable para que se adhiriese al acuerdo de Ariza y otorgase su consentimiento a los matrimonios propuestos.
Se sabe que una enfermedad impidió al anciano infante entrevistarse con María de Molina hasta la segunda, o quizá la tercera, semana de julio.39 Sin embargo, el día 7 de aquel mes respondió con seguridad a las consultas que Jaume II y don Juan Manuel le habían formulado por escrito acerca de la disposición de la reina viuda a adherirse al pacto de Ariza: «estamos seguros [de la Reina] quel plase de quanto fagamos e aun de mas si lo y ouiese».40 La seguridad mostrada por Enrique no coincidía plenamente con las noticias que el rey de Aragón había recibido de Diego López, quien se había entrevistado personalmente con María el 5 de julio o antes: «quel plazia [a la Reina] de seer en todas cosas saluo en que don Alfonso se llame Rey. Et otrosi en pleyto del casamiento de su fij[a] que quiere que el pleyto venga por Roma porque el pleyto sea mas cierto.»41 Jaume no tardaría en saber, por sus propias fuentes, que la postura de María respecto al acuerdo de Ariza coincidía en lo esencial con lo que Diego López había comunicado.42 El hecho de que la reina viuda se opusiera abiertamente a una sola de las propuestas formuladas por los rebeldes castellanos y el monarca aragonés debió de sorprender a muchos y, desde luego, muy especialmente al infante Enrique. La afirmación de González Mínguez de que «lo que pretende María [con esto] es ganar tiempo hasta que Fernando IV llegue a Castilla y pueda dar una solución definitiva» parece, a primera vista, muy convincente.43 Sin embargo, existen testimonios documentales que sugieren que su postura respecto a un entendimiento político con Jaume II se había suavizado realmente. Quizá el más convincente sea una carta de Bernat de Sarrià al rey de Aragón, fechada el 15 de agosto, en la que aquel revela que:
Dijous D dies anats dagost yo demaneu el dit Rodrigo los fets de Castella e dixme molt priuadament que certamente la Reyna auia otorgat quel Regne de Murcia romangues a uos e que ela heretaria conuinentment lo Rey don Alfonso e sou frare e entre les altes coses que li daria lo regne de Badayloç.44
En realidad, lo que María estuviera o no dispuesta a aceptar como base de un acuerdo respecto a Murcia y a la sucesión castellana tenía una importancia secundaria, pues, aunque Jaume II parece no haberlo advertido, la madre de Fernando IV no ejercía por entonces una influencia decisiva en la corte. De hecho, la cuestión de si respaldaría el pacto de Ariza pronto perdió toda relevancia. Hacia los últimos días de julio o durante la primera semana de agosto, el infante Enrique volvió a enfermar, esta vez de muerte. Si hemos de dar crédito a la crónica real, los días que precedieron a su fallecimiento estuvieron plagados de intrigas. Según esta fuente, el infante, ya gravemente enfermo, comunicó a los principales miembros de su casa que, puesto que no tenía heredero que le sobreviviese, deseaba que, a su muerte, la mayor parte de su patrimonio se repartiera entre su sobrino don Juan Manuel y Lope Díaz de Haro. María de Molina tuvo noticia de ello e informó de inmediato a los cortesanos de Enrique de que su señor debía legar sus tierras no a los citados magnates, sino a la Corona, de la que originalmente procedían. Tan pronto como Alfonso Díaz – el colaborador más cercano de Enrique y un firme adversario de Fernando IV – conoció la voluntad de la reina viuda en este asunto, envió un mensajero a las inmediaciones de Alarcón para instar a don Juan Manuel a dirigirse a Roa con la mayor rapidez posible. Según se nos cuenta, don Juan así lo hizo y, al llegar a aquella villa, encontró al infante Enrique «sin fabla é que non conoscia ya á ninguno»; y, creyéndolo muerto, «tomóle cuanto le falló en la casa, plata, é bestias, é cartas que tenía blancas del sello del Rey, é salió fuera de la villa é levó consigo cuanto y falló de don Enrique, é fuesse para Peñafiel».45
Hasta qué punto es verdadero el testimonio histórico expuesto anteriormente resulta difícil de determinar, pues no existe documentación pertinente con la que pueda contrastarse. Pese a su convencimiento de que «de los hombres de aquel tiempo todo o casi todo es creible», Giménez Soler no estaba dispuesto a aceptar, sin otras pruebas, que Juan Manuel hubiera cometido «[un] hecho tan grave y horrendo». Su argumento de que el sistema de comunicaciones de la época no habría permitido a don Juan llegar a Roa antes de la muerte del infante Enrique no resulta particularmente convincente.46 Sin embargo, merece elogio su disposición a cuestionar la veracidad del testimonio ofrecido por la crónica real – algo que, lamentablemente, muchos historiadores parecen reacios a hacer – pues su autor, Fernán Sánchez de Valladolid, no fue testigo presencial del episodio de Roa ni contemporáneo de este. El cronista real rara vez se mostraba benévolo con don Juan Manuel y los demás nobles de su entorno. Por consiguiente, no puede descartarse que recurriera ocasionalmente a rumores y leyendas como fuente de testimonio histórico, sobre todo cuando estos podían perjudicar la reputación de quienes actuaban contra Fernando IV. Nunca sabremos si así ocurrió en este caso, pero el relato parece, ciertamente, un tanto inverosímil.
A más tardar el 11 de agosto de 1303, el infante Enrique, a la edad de setenta y tres años, exhaló su último suspiro.47 La alianza rebelde entraría entonces en una lenta agonía. Ni don Juan Manuel ni su aliado más cercano, Diego López de Haro, abandonaron de inmediato el acuerdo de Ariza; sin embargo, durante las semanas siguientes ambos fueron tomando cada vez mayor conciencia del aislamiento que ocupaban en el escenario político castellano y comenzaron a considerar de qué modo podrían recuperar el favor de Fernando IV sin provocar la censura del rey de Aragón. Durante los primeros días de septiembre, don Juan Manuel, que por entonces residía en Peñafiel, recibió la visita de Diego, cuyo propósito era acordar una postura común antes de que volvieran a comunicarse con Jaume. Tras examinar las complejidades de la situación, decidieron que el mejor proceder consistía en comunicar al monarca aragonés su deseo de alcanzar un entendimiento con Fernando IV.48 Cuando Jaume tuvo noticia de sus intenciones – ya directamente por Diego López, con quien quizá se entrevistó en Daroca,49 ya por medio del cortesano aragonés Gonzalo García, con quien don Juan Manuel habló hacia finales de septiembre o comienzos de octubre50 – probablemente no formuló grandes objeciones. Las noticias que habían llegado a la corte aragonesa poco después del 7 de septiembre, según las cuales Fernando había concluido recientemente una alianza militar con Muhammad III de Granada y preparaba un ejército para emprender una campaña conjunta contra el reino de Murcia, debieron de hacer comprender al rey de Aragón que el equilibrio de fuerzas en la Península acababa de alterarse y que ya no se hallaba en condiciones de imponer sus exigencias a su vecino occidenta.51 Es posible, en efecto, que Jaume II incluso alentara a don Juan y a Diego López a llegar a un acuerdo con Fernando IV. Si ambos volvían a mantener buenas relaciones con el monarca castellano, Jaume podría servirse de su influencia para disuadir a Fernando de atacar los territorios murcianos que se encontraban bajo dominio aragonés.
Hacia finales de septiembre, don Juan Manuel realizó sus primeros y cautelosos intentos por restablecer relaciones cordiales con Fernando IV. Naturalmente, Fernando veía con desagrado que su primo hubiera concertado un pacto con Jaume II de Aragón. Pero lo que debió de irritar especialmente al soberano adolescente fue que las cartas que recientemente le habían sido remitidas desde la cancillería manuelina hubieran omitido, en la fórmula de salutación, su título de «Rey de Castilla». El señor de Villena envió una embajada a la corte castellana para proclamar su inocencia en este asunto y, con cierta audacia dadas las circunstancias, recordar a su monarca una petición que le había formulado a comienzos de aquel año relativa a ciertas tierras y derechos en los alrededores de Atienza. A más tardar el 9 de octubre, don Juan recibió en Santa María del Campo Rus, una pequeña villa situada inmediatamente al sur de su castillo de Garcimuñoz, una respuesta que, a primera vista, parecía alentadora: Fernando había aceptado sus alegaciones de inocencia y esperaba que compareciese personalmente ante la corte castellana para tratar la cesión de dichas propiedades.52 Pero no todo era lo que parecía. Por esas mismas fechas, don Juan Manuel supo por amigos de la corte regia que «la voluntad del rey no es contra ninguno mas que contra mí», como lo expresaría en una carta al rey de Aragón. Convencido de que «la manera de que [el rey] me cuyda enpeeçer es esta: yr[me] deteniendo por palauras non me dando nada de lo que yo he de aver del, por que yo aya a gastar lo mío, e los mios vasallos non me lo pueden soffrir», el señor de Villena decidió no aceptar la invitación de su soberano a comparecer ante la curia regia.53
Que Fernando IV estaba disgustado con don Juan Manuel era indudable. Sin embargo, este último parece no haber comprendido hasta qué punto. No tardaría en descubrirlo. Poco después del 9 de octubre, Gonzalo García, hombre de confianza de Jaume II, se presentó inesperadamente en la corte manuelina. Traía consigo un mensaje urgente del rey de Aragón: don Juan debía evitar cualquier encuentro con Fernando IV o, si ello no era posible, procurar al menos «que guarde muy bien [...] que no se meta en poder del dito Rey don Ferrando ni de ninguno de los suyos ni en lugar que sobreries le pudiesen seer ni echar mano de sus e que lo faga con gran seguridad», pues los espías aragoneses habían averiguado recientemente que «tratamiento ha estado del Rey don Ferrando quel noble don Johan fijo del infante don Manuel se vea con el e an empreso que en la vista sea el dito don Johan preso o muerto».54 Esta información confirmó lo acertado de la decisión de don Juan de rechazar la invitación a comparecer ante la corte.
Al rey de Castilla, desde luego, no le faltaban motivos para desear que su primo recibiese un severo castigo. Durante los seis meses anteriores, don Juan Manuel había amenazado con hacer la guerra a Fernando si este no satisfacía antes de Navidad una serie de exigencias; había jurado lealtad a un pretendiente al trono de Fernando; y había concertado una alianza militar y un matrimonio dinástico con una casa real que, técnicamente, seguía en guerra con Castilla. La gota que colmó el vaso para Fernando IV bien pudo ser la negativa de don Juan, contraviniendo sus obligaciones feudales, a incorporarse a comienzos del otoño a la hueste real reunida para una proyectada campaña destinada a recuperar los territorios conquistados por Aragón en Murcia.55
El señor de Villena parecía encontrarse en una situación sin salida. Difícilmente podía el rey de Castilla devolver a don Juan su favor mientras este se negara a respetar su vínculo de vasallaje. Sin embargo, don Juan estaba obligado por un acuerdo escrito a permanecer neutral en caso de que estallasen hostilidades entre Castilla y Aragón.56 En una carta enviada a la corte aragonesa a finales de octubre, don Juan Manuel pidió a Jaume II que lo liberase de aquella obligación. Alegaba que, según su interpretación, podía mantener vigentes cuantos acuerdos hubiera concertado con la Corona de Aragón, siempre que, cuando fuese requerido para ello, no se negara a incorporarse a la hueste real castellana en sus campañas militares.57 Pero difícilmente podía esperarse que Jaume consintiera en ello, habida cuenta de los planes de Fernando IV de hacer la guerra en el reino de Murcia. Sin duda disgustado por la descarada e interesada petición de su futuro yerno de que se le permitiera tomar las armas contra la Casa de Aragón – pues tal era, ciertamente, el sentido de su solicitud – Jaume rechazó, durante los primeros días de noviembre, la petición del señor de Villena de que algunos halconeros de la casa real aragonesa pudieran acompañarlo en una cacería por los alrededores de Alarcón. El príncipe castellano, todavía joven y poco avezado en el arte de la diplomacia, se encontraba ahora privado del favor de dos cortes regias. En algún momento posterior al 14 de noviembre, y deseoso de reparar sus relaciones con el rey Jaume II de Aragón, don Juan viajó personalmente a la corte aragonesa. El motivo declarado de la visita era que poseía información relativa a Diego López que, a su juicio, no podía comunicarse adecuadamente ni por carta ni por medio de un enviado.58
Las conversaciones mantenidas parecen haber dado escasos resultados. Cuando don Juan Manuel planteó la espinosa cuestión de sus obligaciones militares y explicó que recientemente había enviado a la curia castellana una delegación integrada por su médico de confianza, Ças, y Pedro López de Ayala para tratar el asunto con Fernando IV, el rey de Aragón aconsejó al príncipe castellano que aguardase el regreso de sus enviados, escuchase cuanto tuvieran que comunicarle y, después, recabase el consejo de sus vasallos acerca del proceder que debía adoptar.59 Cabe interpretar esto, quizá, como una forma cortés de Jaume de aconsejar al joven noble castellano que actuase con menos impetuosidad y recabase con mayor frecuencia el parecer de quienes lo aventajaban en edad y experiencia.
Ayala y Ças regresaron a la corte de su señor muy probablemente antes de Navidad y, con toda certeza, no más tarde del 7 de febrero de 1304. Sus conversaciones con Fernando IV no habían dado buen resultado: lejos de ceder en la cuestión de la obligación de don Juan Manuel de acompañar a la hueste real en campaña, el joven monarca había fijado un plazo para que don Juan declarase si estaba con la Corona de Castilla o contra ella. Al saberlo, el señor de Villena, consciente de que tarde o temprano tendría que llegar a un acuerdo con su soberano, debió de temer que, al hacerlo, perdería también la amistad de Jaume II y, por extensión, su acuerdo matrimonial con Constança. Sin embargo, un giro radical en la política exterior castellana vendría a salvar su posición.
El día de Todos los Santos de 1303, don Juan Manuel y Diego López de Haro debían comparecer ante la corte castellana para entablar negociaciones formales de reconciliación con Fernando IV. Sin embargo, antes del 23 de octubre, el soberano castellano, por razones que se desconocen, había aplazado dichas conversaciones hasta la segunda mitad de noviembre.60 Considerando en aquel momento que era más conveniente apaciguar a su futuro suegro que recuperar el favor regio, y temiendo sin duda por su propia seguridad, don Juan, como hemos visto, prefirió visitar al rey de Aragón. Diego López, en cambio, sí se entrevistó con Fernando IV y, para el 29 de noviembre, se había reconciliado formalmente con su rey.61 En el transcurso de sus conversaciones – antes de que concluyeran las cuales, según se nos dice «revocó [Diego] todo el pleito que pusiera con el rey de Aragón»62 – el señor de Vizcaya, haciendo una breve referencia a su acuerdo político con Jaume II, se atrevió a sugerir que Fernando podría considerar la posibilidad de basar cualquier futuro acuerdo de paz con Aragón y Alfonso de la Cerda en las propuestas formuladas en Ariza. Pero el joven monarca, que acababa de recibir de Dinis de Portugal los detalles de otro proyecto que, en sus propias palabras, le parecía «muy mei[o]r pleito», no quiso tomar en consideración la propuesta de Diego.63
Hacia mediados de diciembre, el propio rey de Aragón recibió la propuesta portuguesa de paz, cuyos detalles no se han conservado.64 Dos semanas después, Jaume formuló su propia propuesta de arbitraje: el rey de Portugal y dos eclesiásticos – uno castellano y otro aragonés – deberían elaborar una solución relativa al reino de Murcia, que habría de contar con la aprobación de los tres árbitros; por su parte, el acuerdo referente a Alfonso de la Cerda quedaría en manos de un tribunal compuesto por Dinis, Jaume y «una persona comunal digna de fe o religioso o seglar», cuyas decisiones necesitarían la aprobación de al menos dos de los árbitros para entrar en vigor..
El rey de Aragón encargó al infante Juan que expusiera estas bases a Fernando IV.65 El infante cumplió el encargo y, para el 24 de enero, el monarca adolescente las había aceptado en principio.66 Un mes después, Fernando IV enviaría de nuevo al infante Juan ante Jaume, provisto de autorización «para tractar, facer, poner, et abenir [...] pleyto ó pleytos, ó abenanza, treguas, ó postura, ó posturas de pas, et de amor con el muy noble, et muy onrado don Jaymes [...] rey de Aragon».67
Aunque alentadores, estos avances hacia la paz entre Castilla y Aragón no resolvían la cuestión de las obligaciones vasalláticas de don Juan Manuel. Pasada la Navidad de 1303, el señor de Villena trató una vez más de persuadir a Jaume II para que lo dispensara de su compromiso de guardar neutralidad en caso de que estallaran hostilidades entre ambos reinos. No hay constancia documental del resultado de estas gestiones, pero la conducta que siguió posteriormente indica que no se logró avance alguno. Parece que el plazo fijado para que don Juan Manuel confirmara su lealtad a la Corona castellana expiraba hacia mediados de febrero de 1304. Antes del día 7 de aquel mes, don Juan volvió a enviar a Pedro López de Ayala y a Ças a la corte castellana para solicitar una prórroga. Al mismo tiempo, otra embajada del señor de Villena se dirigió apresuradamente a la corte aragonesa para informar a Jaume II de esta petición y hacerle saber asimismo el consejo que don Juan había recibido de sus vasallos:
lo que el Rey [de Castiella] le enuiaba dezir [a don Johan] que lo no fiçiesse nin lo deuia fazer por la tregua que ha con el Rey daragon [...] lo que el deuia fazer que era esto: pues natural es del rey de Castiella que do el cuerpo del Rey fuesse que deuia ir con el con sus vassallos.68
Así pues, si se veía obligado a elegir, don Juan Manuel antepondría el cumplimiento de sus obligaciones vasalláticas al acuerdo contraído con la Corona de Aragón. Jaume II, poco satisfecho con semejante postura, escribió antes del 19 de febrero para recordar al noble castellano que lo que vinculaba a la casa de Manuel con la de Aragón no era una tregua, sino un pacto sellado mediante homenaje y juramento de fidelidad.69
La perspectiva de una paz y concordia generales no tardaría en atemperar las posturas en cuestiones de honor. En una fecha indeterminada del mes de mayo, Fernando IV hizo entrega a don Juan Manuel de la villa de Iniesta,70 claro indicio de que, para entonces, este último había satisfecho las condiciones impuestas por el monarca para su vuelta formal al favor regio. A juzgar por el tono cordial de la correspondencia intercambiada durante el mes de junio entre las cortes aragonesa y manuelina, Jaume II aceptó de buen grado aquella reconciliación.
Superadas ya sus diferencias, don Juan Manuel y Fernando IV comenzaron a pasar tiempo juntos. La documentación conservada permite situar al señor de Villena en compañía de su soberano durante al menos diecinueve de los cuarenta días comprendidos entre el 24 de mayo y el 2 de julio.71 Ambos tenían mucho en común: eran casi coetáneos y practicaban la caza con verdadera pasión. Sin embargo, sería ingenuo suponer que la prolongada permanencia de don Juan Manuel en la corte nada tuviera que ver con el hecho de que el influenciable monarca castellano estaba a punto de negociar con su homólogo aragonés un acuerdo sobre el reino de Murcia, en el que necesariamente habrían de resolverse las cuestiones de titularidad y jurisdicción que afectaban a los dominios manuelinos allí situados.
Las negociaciones de paz entre los reyes de Castilla y Aragón debían haberse celebrado antes del 1 de mayo, pero las discrepancias en torno a diversos pormenores del marco acordado para la paz,72 así como las luchas políticas en las que se hallaban envueltos Diego López de Haro y Juan Alfonso de Haro,73 provocaron su aplazamiento. Es posible que la guerra entre Castilla y Aragón no hubiese encontrado solución hasta el año siguiente, 1305, de no haber trabajado incansablemente el infante don Juan, entre marzo y junio, para reunir a los monarcas cristianos de la Península y hacer posible la apertura de negociaciones formales. Al infante, que aspiraba a una concordia política general por cuanto esta reforzaría su posición al frente del gobierno castellano, le interesaba especialmente alcanzar aquel entendimiento.74 Finalmente, en julio se acordaron el lugar y la fecha de las conversaciones y, hacia los primeros días de agosto, los reyes de Castilla, Aragón y Portugal llegaron a Torrellas, una aldea situada en las inmediaciones de Tarazona, donde dieron comienzo las negociaciones de paz.75
Para el 8 de agosto habían quedado resueltas las principales cuestiones que habían dado origen a la guerra. Se acordó que Alfonso de la Cerda recibiría un heredamiento integrado por Alba de Tormes, Béjar, Gibraleón, el Real de Manzanares, Val de Corneja y otros lugares de menor entidad, todos los cuales – dato significativo – quedarían fuera de la jurisdicción de la Corona de Castilla, así como rentas anuales por valor de, al menos, 400.000 maravedís. A cambio, Alfonso debía entregar a Fernando IV las villas de Almazán, Serón, Deza y Alcaraz, y dejar de titularse rey de Castilla y León.76 En esa misma fecha se procedió formalmente al reparto del reino de Murcia. La ciudad de Murcia, Lorca, Alcalá, Mula, Molina de Segura y todos los demás lugares situados al sur del curso del río Segura – con excepción de Guardamar y Cartagena – fueron adjudicados a Castilla. Por su parte, los territorios situados al norte de dicho río, «enca el regno de Valencia, entro al más susano cabo del término de Villena», quedaron asignados a Aragón, salvo Molina y la ciudad de Murcia, cuyos términos se extendían a ambos lados del Segura.77 Aunque el reparto del reino parece haber sido bastante equilibrado en términos de extensión territorial y población, los territorios adjudicados a Jaume II poseían un mayor valor económico, pues comprendían los importantes puertos mediterráneos de Alicante, Santa Pola, Guardamar y Cartagena. Fernando IV, no obstante, aceptó de buen grado la resolución y la ratificó sin demora en Campillo, el 9 de agosto.78 Al día siguiente, en Ágreda, él y Jaume II suscribieron un tratado de paz y amistad.79 En el acuerdo figuraban también Dinis de Portugal y, a instancias del rey de Castilla, Muhammad III de Granada.80 Así pues, la fecha del 10 de agosto señala no solo la conclusión formal de ocho años de guerra entre Castilla y Aragón, sino también el restablecimiento formal de la armonía peninsular, ausente desde la operación de Tarifa de 1292.
La adjudicación de Torrellas relativa al reino de Murcia no fue especialmente favorable para la Casa de Manuel. Los términos de aquel acuerdo estipulaban que, en adelante, los derechos de propiedad y la jurisdicción sobre el señorío de Elche corresponderían a la Corona de Aragón, al igual que la jurisdicción – aunque no la propiedad – sobre el señorío de Villena, lo que dejaba a Juan Manuel en la singular posición de ser un vasallo castellano con propiedades bajo dominio aragonés.81 Juan, presente en las deliberaciones de Tarazona,82 probablemente había abogado por que tanto Villena como Elche quedasen bajo dominio castellano, pues esta situación jurisdiccional habría hecho algo más probable la recuperación de esta última posesión, dada la maleabilidad de Fernando IV. Aunque no logró imponer por completo su criterio en este punto, Juan sí obtuvo una importante concesión: que, en lo sucesivo, Jaume II transmitiría a Fernando IV la propiedad de las posesiones de Elche, con la condición de que este le cediese antes del 15 de agosto de 1305 «[un] lugar que valga tanto en renda é homnes como vale Elg con sus términos é pertinencias».83
Violante Manuel, reunida en Tarazona con su hermanastro Juan, quizá después de muchos años de separación,84 también resultó perjudicada por el acuerdo de Torrellas, al perder en favor de Aragón las posesiones de Elda y Novelda. Según el relato de Fernán Sánchez, Fernando IV se comprometió a compensar tanto a Juan como a Violante por sus pérdidas.85 Pero el rey castellano no se esforzó demasiado por cumplir esta promesa. Como consecuencia, las relaciones entre la familia Manuel y la corte castellana se tornarían bastante tensas en los meses posteriores al acuerdo de Torrellas.86
Angel Canellas López, «Datos para la historia de los reinos peninsulares en el primer tercio del siglo XIV. Dieciocho nuevos documentos de la alacena de Zurita», Boletín de la Real Academia de la Historia, 145 (1955), pp. 251-86 (núm. I, pp. 266-67); AGS, núm. XXXVIII, p. 255.↩︎
AGS, núm. XLI, p. 257. Los diplomas reales atestiguan la presencia de Fernando IV en Cuéllar, donde se celebraron estas reuniones conciliadoras, entre el 14 y el 20 de febrero: AHN, Clero, carpeta 922, núm. 22; RAH, Col. Sal. y Cas., O-24, fol. 224v.↩︎
Fernán Sánchez afirma que la reunión tuvo lugar en Roa, pero la documentación conservada sugiere que en realidad se celebró en Olmedo, localidad cercana a Cuéllar: «Crónica de Fernando IV», p. 129; AGS, núm. XLII, pp. 257-58.↩︎
A finales de septiembre de 1303, don Juan Manuel envió un mensajero para reclamar a Fernando IV «las s[er]nas de Atienza e de los otros derechos que y son, de que yo tengo su car[ta] de commo me lo avia a dar.» Dado que Fernando permaneció fuera de Castilla entre abril y septiembre, la promesa de concederle estas tierras debió de hacerse en los primeros meses de 1303: Canellas López, «Datos», núm. VIII, p. 272.↩︎
Las cartas dirigidas a Jaume II se limitan a señalar que los nobles rebeldes deseaban celebrar una entrevista con el soberano aragonés y que de ella redundarían provecho y honra para ambas partes: AGS, núm. XLII, pp. 258-59.↩︎
Zurita, II, p. 639 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
«A mi sodes tenudo de ayudar segund las convinencias que son entre nos [...] Porque vos ruego [...] que vos dolades de la gran laseria que sabedes que yo passo e he pasado fasta aqui en muchas de maneras et pues veedes que Dios me quiere endereçar porque cobre lo mio e salga deste pobre estado en que bivo.»: AGS, núm. XLV, p. 261.↩︎
Ibid., núm. XLVI, p. 263; cf. Zurita, II, p. 640 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
Zurita, II, p. 641 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
Enrique había ido allí para convencer al influyente arzobispo de Toledo de que se pusiera parte de los rebeldes: AGS, núm. LVIII, p. 274.↩︎
Ibid., núm. LVIII, p. 274.↩︎
Ibid., núm. L, p. 267.↩︎
«Chronicon», p. 676; don Juan Manuel se encontraba en Zafra el 24 de abril: AGS, núm. LIV, p. 270.↩︎
AGS, núm. LIV, p. 270.↩︎
La reunión debía celebrarse inicialmente en Buñol, cerca de Valencia, pero, por razones que se desconocen, fue trasladada a Xàtiva: ibid., núm. LIV, p. 270.↩︎
Ibid., núm. LIV, p. 271.↩︎
Así se desprende de los pagos de tesorería expedidos desde dicho lugar en esa fecha: Eduardo González Hurtebise, Libros de tesorería de la Casa Real de Aragón. Reinado de Jaime II (Barcelona: Benaiges, 1911), p. 233.↩︎
Las crónicas contemporáneas se refieren con frecuencia a Alfonso de la Cerda y a su hermano menor Fernando como los «infantes de la Cerda».↩︎
Este acuerdo quedó afianzado mediante un intercambio de rehenes, es decir, de posesiones entregadas en garantía: Jaume II cedió Alicante, Montesa y Biar; don Juan Manuel entregó, por su parte, Villena, Xorquera y Sax. Algunos días después de la firma del acuerdo militar, Jaume II, sin duda a instancias de don Juan, accedió formalmente a extender su protección a las propiedades de Violante Manuel en Elda y Novelda: AGS, núm. XLIX, p. 266; del Estal, El Reino de Murcia, I/1, p. 342; José Navarro Payá, Personajes y episodios en la historia de Elda (Alicante, 1965), p. 21.↩︎
El matrimonio proyectado era consanguíneo: don Juan Manuel y la infanta Constança de Aragón descendían de una antepasada común, Beatriz de Saboya.↩︎
AGS, núm. XLIX, p. 266.↩︎
González Hurtebise, Libros de tesorería, p. 237.↩︎
González Hurtebise, Libros de tesorería, pp. 234, 257.↩︎
En esa fecha, Fernando y Dinis llegaron a Badajoz. Reinaldo Ayerbe-Chaux, «Manuscritos y documentos de don Juan Manuel», La Corónica, 16:1 (1987), pp. 88-93 (p. 90).↩︎
AGS, núm. XLVI, pp. 262-63.↩︎
No parece haber otra explicación para la concentración de hombres de armas castellanos en la frontera valenciana, mencionada en un documento aragonés fechado el 18 de abril de 1303: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, núm. 233, p. 218.↩︎
Al infante Juan se le había encomendado inicialmente esta misión, pero enfermó durante el trayecto: Benavides, II, núm. CCL, p. 383; AGS, núm. LX, p. 276.↩︎
AGS, núm. LXII, p. 277; cf. Zurita, II, p. 642 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
AGS, núms. LVIII, LXV, pp. 274, 278-79.↩︎
La documentación conservada sitúa a don Juan Manuel en Xorquera el 21 de mayo. Que tenía previsto reunirse con Enrique se desprende de una correspondencia fechada el 23 de mayo: AGS, núm. LXIV, p. 278; Canellas López, «Datos», núm. II, p. 268.↩︎
AGS, núm. V, p. 270.↩︎
Ibid., núm. VI, pp. 270-71.↩︎
Ibid, núm. LXVII, pp. 279-80; cf. Zurita, II, pp. 642-43 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
Canellas López, «Datos», pp. 237-38; AGS, núm. LXVIII, pp. 280-81.↩︎
Benavides, II, núm. CCXXXIV, pp. 351-53; cf. Zurita, II, p. 643 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
AGS, núms. LXIX, LXX, LXXVIII, pp. 282-83, 289; cf. Zurita, II, p. 643 (Libro V, Capítulo 59).↩︎
Para el 15 de julio ya había llegado a Cifuentes: AGS, núm. LXXVIII, p. 289.↩︎
AGS, núm. LXVIII, p. 281; «Crónica de Fernando IV», p. 130.↩︎
AGS, núm. LXXII, p. 285.↩︎
Ibid., núm. LXXIII, p. 286.↩︎
Ibid., núm. LXXII, pp. 284-85.↩︎
Ibid., núm. LXXVIII, pp. 289-90.↩︎
González Mínguez, Fernando IV de Castilla, p. 162.↩︎
AGS, núm. LXXIX, p. 290.↩︎
«Crónica de Fernando IV», pp. 131-32.↩︎
AGS, p. 22.↩︎
Ibid., núm. LXXX, p. 290.↩︎
Ibid., núm. LXXXV, LXXXVI, pp. 293-94.↩︎
El 10 de septiembre, Diego había propuesto que se celebrara dicho encuentro: ibid., núm. LXXXIII, p. 292.↩︎
Esta conversación tuvo lugar en Xorquera: ibid., núm. LXXXI, p. 291.↩︎
Ibid., núm. LXXXII, p.291. Para detalles de esta alianza, véase González Mínguez, Fernando IV de Castilla, pp. 119-21.↩︎
Canellas López, «Datos», núm. VIII, p. 272.↩︎
Ibid., núm. VIII, pp. 272-73.↩︎
AGS, núm. LXXXIV, p. 292.↩︎
Ibid., núms. LXXXV, XCI, pp. 293, 297.↩︎
Una de las cláusulas de la alianza de Ariza del 8 de mayo. El cortesano aragonés Gonzalo García se la recordó al señor de Villena durante una reunión celebrada en septiembre: ibid., núm. LXXXV, p. 293.↩︎
Don Juan Manuel se había enterado de ello por medio de Ças, uno de sus médicos judíos, que había estado recientemente en la corte para tratar a Fernando IV de una dolencia: ibid., núm. LXXXV, p. 293.↩︎
Ibid., núm. LXXXVII, pp. 294-95.↩︎
Ibid., núm. XCI, p. 297.↩︎
Ibid., núm. LXXXVI, p. 294.↩︎
Ibid., núm. CIX, p. 310. Giménez Soler fechó este documento el 29 de noviembre de 1304, pero fue redactado un año antes.↩︎
«Crónica de Fernando IV», p. 133.↩︎
AGS, núm. CIX, p. 310.↩︎
Ibid., núm. LXXXVIII, p. 295.↩︎
Ibid., núm. LXXXIX, pp. 295-96.↩︎
Ibid., núm. XC, pp. 296-97.↩︎
Benavides, II, núm. CCLV, pp. 388-89.↩︎
AGS, núm. XCI, p. 297.↩︎
Ibid., núms. XCI, XCII, pp. 297-98.↩︎
«Era M.CCC.XLI [...] dedit Rex Fernandis Dno. Joanni Aymesta, en el mense Madij.»: «Chronicon», p. 676.↩︎
AGS, núms. C-CIII, pp. 304-06.↩︎
Véase AGS, núm. XCIV, pp. 299-300.↩︎
En abril, las relaciones entre Diego López y Fernando IV se habían deteriorado. Se desconoce la causa, pero debió de tratarse de un asunto grave, pues el día 19 de aquel mes Diego y su hermano Juan Alfonso escribieron a Jaume II para ofrecerle su ayuda a fin de «mantener el regno de Murcia e ahun de leuar [su] honra mas adelante». Evidentemente, las relaciones entre la casa de Haro y la Corona castellana no mejoraron durante las semanas siguientes, ya que el 28 de junio el infante don Juan comunicó al rey de Aragón que Fernando IV había resuelto emprender una ofensiva militar contra las posesiones de Diego López: «Crónica de Fernando IV», p. 134; AGS, núm. XCV, CI, pp. 300, 304.↩︎
Durante este periodo, el infante realizó dos viajes a la corte aragonesa y uno a la corte portuguesa: González Mínguez, Fernando IV de Castilla, pp. 128-31.↩︎
AGS, núm. CII, p. 306.↩︎
Benavides, II, núm. CCLXXX, pp. 418-20. Probablemente fue por razones estratégicas, como ha señalado Zurita (II, p. 672), por lo que se asignaron a Alfonso de la Cerda señoríos ampliamente dispersos por Castilla, León y Andalucía, en lugar de un núcleo compacto de posesiones.↩︎
Benavides, II, núm. CCLXXIX, pp. 413-18. González Mínguez (Fernando IV de Castilla, p. 134) sostiene que Cartagena fue adjudicada a Aragón únicamente porque los miembros del tribunal de Torrellas desconocían la orografía del bajo Segura. Sin embargo, el contenido de una carta real de 16 de agosto dirigida al concejo de Murcia demuestra que, como cabría esperar, conocían perfectamente la ubicación de aquel puerto marítimo: «inte [...] Fferdinadum Regem Castelle [...] et Nos [Jacobus], pacis et conccordie dulcedine reformata et firmitet roborata in ipsius ordinatione taliter est conuentum quod Ciuitas Murcie et locus de Molina ac alia loca ultra Seguram, exceptis Cartagenia et Guardamar, remanent dicto Regno [Castelle], Cartagenia uero et Guardamar et alia loca citra flumen, usque ad superiorem locum termini de Bilena et deinde usque ad Bilenam Nobis remanent.»: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, núm. 295, p. 267.↩︎
Benavides, II, núms. CCLXXXII, CCLXXXIX, pp. 427-29.↩︎
Benavides, II, núm. CCLXXXVI, p. 427.↩︎
Fernando IV deseaba conservar la amistad del rey de Granada por razones económicas. Para más información al respecto, véase el artículo de Hilda Grassotti «Para la historia del botín y las parias en León y Castilla», Cuadernos de Historia de España, 40 (1964), pp. 102-03.↩︎
«Nos los arbitradores sentenciamos, pronunciamos, decimos, é mandamos que Cartagenia, Alcant, Elche con su puerto de mar é con todos los lugares, qui recuden á ell, Ella é Novella, Oriolla con todos sus términos é pertinencias, quantas han é deben haber é así como taja lagua de Segura enca el regno de Valencia entro al mas Susano cabo el término de Villena, sacada la ciudat de Murcia é Molina con sus términos, finquen é romangan al rey Daragon é de los suyos pora siempre, asi como cosa suya propia, con pleno derecho é seniorio; salvo que Villena quanto á la propiedat romanga é finque á don Johan Manuel. E si otros castillos habia alguno otro Rico home, ó órdenes, ó eglesias, ó caballero dentro los dichos términos, que finquen, ó sean daquellos cuanto á la propiedat; mas que Villena, é aquellos castiellos, que son dentro los dichos términos sean de la jurisdicion del Rey Daragon.»: Benavides, II, núm. CCLXXIX, pp. 415-16.↩︎
Benavides, II, núm. CCLXXXII, p. 423.↩︎
Ibid., II, núm. CCLXXXV, p. 426.↩︎
Violante había acudido a Tarazona como parte del séquito portugués. El hecho de que residiera habitualmente en Portugal parece confirmarse por su tendencia a escribir sus cartas en portugués, en lugar de hacerlo en su castellano natal. Véase AGS, núm. CX, p. 310.↩︎
«El rey de Aragon levó á Alicante, é Orihuela é todo lo al que es allende del río [de Segura], é demas que fincase con Elda é Novelda, que era de doña Violante Manuel, é Elche, que era de don Juan Manuel, é el rey don Fernando que les diese á ellos camio por ello.»: «Crónica de Fernando IV», p. 136.↩︎
La expresión «acuerdo de Torrellas» se emplea aquí en sentido amplio para englobar tanto el Tratado de Torrellas (8 de agosto) como el Tratado de Ágreda (9 de agosto).↩︎