CAPÍTULO 2

'Por la guerra viene pobreza et lazeria et pesar, et nasçe della desonra et muerte, et quebranto et dolor, et deserviçio de Dios et despoblamiento del mundo, et mengua de derecho et de justicia.'

El 25 de abril de 1295, Sancho IV falleció a causa de su larga enfermedad.1 Su muerte fue especialmente inoportuno, pues su heredero, el infante Fernando, con nueve años aún era demasiado joven para gobernar y, lo que es más importante, era, según la definición legal más estricta, ilegítimo, ya que los reiterados esfuerzos de Sancho y de su consorte María por obtener la dispensa necesaria para regularizar su matrimonio ante la Iglesia habían resultado infructuosos.2 La alta nobleza, que en gran medida se había mantenido obediente durante el reinado de Sancho IV, se apresuró a sacar partido de la incertidumbre que rodeaba el acceso de Fernando al trono. En mayo, Diego López, jefe del clan Haro desde la muerte en 1288 de su hermano Lope Díaz a manos de la guardia real, y exiliado en Aragón desde ese suceso, penetró en Castilla al frente de un ejército con el propósito de recobrar por las armas el señorío de Vizcaya, antigua posesión de los Haro que había pasado a manos de la Corona tras la muerte de Lope. La reina viuda María de Molina, que gobernaba en nombre de su hijo Fernando, despachó contra Diego López a Juan Núñez de Lara y Nuño González de Lara, enemigos tradicionales de la casa de Haro; sin embargo, éstos terminaron por aliarse con él y llegaron a amenazar con reconocer a Alfonso de la Cerda como rey de Castilla. Por esas fechas llegaron noticias desde la frontera de que el turbulento hermano de Sancho IV, el infante Juan, asentado en Granada desde 1292, se preparaba para entrar en Castilla con un gran ejército musulmán y proclamarse rey de Castilla y León.3 La situación de Fernando IV era, en apariencia, sumamente delicada. No obstante, la intensa labor política de María de Molina y del influyente infante Enrique, reconocido como tutor del rey en las Cortes de Valladolid de aquel verano, resultó fructífera: sirvió para consolidar el nuevo régimen castellano, neutralizar en parte la oposición nobiliaria al rey niño y obtener, antes de noviembre, el homenaje del infante Juan, de Diego López de Haro y de los Lara al sucesor de Sancho IV.4 Sin embargo, este éxito diplomático arduamente conseguido palideció ante una nueva y muy grave amenaza para la posición de Fernando.

Después de la exitosa empresa castellano-aragonesa contra Tarifa en 1292, las relaciones entre Sancho IV y Jaume II de Aragón se habían deteriorado progresivamente.5 Tras la muerte del rey castellano, Jaume abandonó toda pretensión de cordialidad con la casa real castellana: en Anagni acordó la paz con Felipe IV de Francia, poniendo fin al prolongado conflicto entre Aragón y Francia, y a comienzos del otoño repudió a su esposa castellana, Isabel, con el fin de afianzar el acuerdo mediante su matrimonio con Blanca de Anjou, hija de Carlos II de Nápoles.6 En enero del año siguiente, Jaume II, decidido a aprovechar la frágil situación interna de Castilla, selló una alianza con Alfonso de la Cerda y el infante Juan. En virtud de ella, se comprometía a reconocer al primero como rey de Castilla, Toledo, Jaén y Córdoba, y al segundo como rey de León, Galicia y Sevilla; a cambio, Alfonso cedía a Jaume el reino de Murcia, cuya ocupación permitiría al monarca aragonés ensanchar las fronteras de la Corona de Aragón.7 Para marzo de 1296, Jaume se había asegurado además el apoyo de los reyes de Portugal, Granada y Francia para este plan.8 En abril pasó a la acción: envió una fuerza encabezada por su hermano, el infante Pere, y por Alfonso de la Cerda para penetrar en Castilla la Vieja, mientras él mismo conducía otro ejército hacia el reino de Murcia, donde – conviene recordarlo – se hallaba una parte considerable del patrimonio de don Juan Manuel.9

La campaña murciana se abrió con la toma de Alicante y su ciudadela el 21 o 22 de abril, seguida pocos días después por la conquista del castillo de Guardamar.10 El ejército aragonés debió de pasar cerca de Elche, la joya de la herencia murciana de don Juan Manuel,11 en su marcha hacia Guardamar; sin embargo, Jaume II no trató de ocuparla de inmediato. La razón fue que, el 24 de abril, Sancho Ximénez de Lanclares, uno de los principales oficiales del joven señor, había previsto el peligro que amenazaba a la villa y logrado que el rey, todavía en Alicante, concediera al adelantado mayor de Murcia un plazo para decidir 'si volia a [Jayme] obeyr axi com a rey e senyor del regno de Murçia'.12 Durante los veintiséis días del plazo concedido a don Juan Manuel, Jaume II desplegó de forma contundente su poderío militar: aseguró Orihuela tras un asedio de diez días, culminado el 11 de mayo; ocupó varias posiciones menores a lo largo de la cuenca del Segura; y estableció un estrecho cerco sobre Murcia, capital del reino.13 Sin embargo, aquella demostración de fuerza no logró quebrar la resistencia de don Juan Manuel y de su entorno. Su fidelidad a Fernando IV había quedado ya patente poco antes, cuando su lugarteniente en Murcia, Juan Sánchez de Ayala, emprendió una breve guerra marítima contra Aragón en defensa del honor de la infanta castellana Isabel,14 desairada por Jaume II; ahora, de nuevo, se negaban a someterse. Ni tampoco lo hizo Violante, hermanastra de don Juan Manuel, que hacia el 20 de abril había sido emplazada a prestar homenaje a Jaume.15

Es posible que Jaume no quisiera avanzar contra Elche hasta haber consolidado su control sobre Murcia y otros puntos estratégicos del sur del reino;16 en todo caso, concedió a don Juan Manuel otros quince días para decidir si se sometía.17 Sin embargo, al no prestarse el juramento de fidelidad, el 31 de mayo el monarca aragonés ordenó a su medio hermano, Jaume Pérez, que condujera una compañía a Elche y pusiera cerco a la villa. Sin embargo, al día siguiente dejó sin efecto la orden y concedió a don Juan Manuel un nuevo plazo de cinco o seis días para reconsiderar su postura,18 presumiblemente tras una súplica de clemencia de última hora. La casa Manuel, desde luego, trataba simplemente de ganar tiempo, confiando en la pronta llegada de una fuerza auxiliar castellana que expulsara a los invasores de la región. Pero aquella esperanza era ilusoria: los escasos recursos militares de Fernando IV se hallaban entonces plenamente comprometidos por la invasión de Castilla misma.

En la segunda semana de junio, agotada finalmente su paciencia, Jaume II abandonó la operación emprendida contra Lorca y regresó a las cercanías de Alicante para poner cerco a Elche.19 Por esas mismas fechas, un destacamento aragonés al mando del vizconde Jaspert de Castellnou taló los alrededores de Villena. La devastación habría podido extenderse hasta Chinchilla, donde don Juan Manuel y los suyos habían buscado refugio, si Jaume II – quizá preocupado por contener el uso de la fuerza en una tierra ya escasa de hombres y recursos – no hubiera rechazado la petición del vizconde de recibir más caballería.20

Durante más de un mes, los habitantes de Elche resistieron tenazmente a los sitiadores aragoneses. Pero las condiciones dentro de la villa se fueron deteriorando, y el 20 de julio don Juan Manuel, preocupado por el bienestar de sus vasallos, nombró a dos miembros destacados de su casa – Alfonso García de Pampliega y Gómez Fernández – para negociar la rendición de Elche.21 Para el 26 de julio, las partes habían llegado ya a un entendimiento con Jaume II. Las principales disposiciones del acuerdo resultante – conocido comúnmente como la Tregua de Elche – fueron las siguientes: los derechos sobre Elche permanecerían en manos de la Corona de Aragón hasta que don Juan Manuel cumpliera veintiún años, el 5 de mayo de 1303, fecha en la que la villa debía revertir a la casa de Manuel; si antes de entonces don Juan reconocía las pretensiones del rey de Aragón sobre el reino de Murcia, Elche le sería restituida de inmediato; en cualquier caso, conservaría el derecho a percibir las rentas y derechos debidos por los cristianos, musulmanes y judíos de Elche, Santa Pola, Aspe, Chinosa y Monóvar; y, si el rey de Aragón o cualquiera de sus vasallos quebrantaba las condiciones de la tregua, don Juan recibiría una justa indemnización en el plazo de sesenta días.22

El 27 de julio, los procuradores de don Juan juraron en su nombre observar la tregua y abstenerse de atacar los lugares murcianos que habían pasado a dominio aragonés. No obstante, preocupados por salvaguardar la dignidad y el honor de la casa de Manuel, se reservaron el derecho de combatir junto a Fernando IV en caso de que el rey emprendiera una expedición para liberar el reino.23 Durante los días siguientes se tramitaron otras formalidades relativas a la capitulación de Elche, que culminaron el 5 de agosto con el homenaje y juramento de fidelidad prestados por el concejo de la villa al rey de Aragón.24

Los términos de la Tregua de Elche bien podrían haber resultado mucho más perjudiciales para los intereses de don Juan Manuel. Es cierto que, en Elche, había perdido una de sus posesiones más valiosas. Sin embargo, esta debía revertir a la Casa de Manuel en 1303, y únicamente su fidelidad al rey de Castilla le impidió recuperarla antes de esa fecha. Sería ingenuo sostener que Jaume II accedió a unos términos tan moderados por la petición de Alfonso García y Gómez Fernández de que tuviera en consideración 'los buenos e grandes deudos que el dicho don Johan a con [él] e la su edat que agora es'.25 Probablemente, Jaume actuó así con el propósito de mitigar la hostilidad de la Casa de Manuel hacia la Corona de Aragón y reducir el riesgo de que esta se mostrara díscola en su ausencia. Si esa fue realmente la táctica, no surtió efecto: hacia el 22 de agosto, apenas dos semanas después de que Jaume abandonara la región, Ferrando el Romo, teniente gobernador de Buñol, escribió a la corte aragonesa comunicando que 'Gomes Ferrandes amo de Don Johan Emanuel' había entrado en Requena 'con companya e cavayllo', posiblemente con vistas a emprender una ofensiva contra la cercana ciudad de Valencia.26

Dejando a un lado la continua desobediencia de la Casa de Manuel, la invasión aragonesa del reino de Murcia había sido un éxito rotundo: de todas las posesiones de la región, solo Lorca y los castillos de Alcalá y Alhama habían escapado al alcance de Jaume II.27 La campaña aragonesa contra Castilla, por el contrario, fue un fracaso rotundo. La fuerza expedicionaria liderada por Alfonso de la Cerda y el Infante Pere había devastado la comarca al este de San Esteban de Gormaz y posteriormente se unió a las huestes del Infante Juan y Juan Núñez de Lara para sitiar Mayorga de Campos. Esperaban que aquella plaza real cayera rápidamente. Pero el asedio se prolongó durante varias semanas. En agosto, la peste hizo estragos en el ejército aragonés y acabó con la vida del infante Pere. El asedio fue levantado y los restos del ejército invasor se retiraron a Aragón.28

La fortuna sonreía a Fernando IV, pues esta providencial epidemia eliminó no solo el peligro procedente del este, sino también, indirectamente, la amenaza del oeste en la persona del rey Dinis de Portugal, quien, al enterarse en septiembre del desastre de Mayorga, abandonó alarmado una incursión en territorio castellano que le había llevado hasta Simancas, a la vista de Valladolid.29 Y el rey niño de Castilla recibió un impulso adicional cuando el infante Enrique alcanzó un acuerdo preliminar con Muhammad II de Granada: a cambio de Tarifa, el soberano nazarí proporcionaría al gobierno castellano veintitrés bastiones sureños, una considerable suma de dinero y apoyo militar contra el infante Juan y Alfonso de la Cerda. Además, prometió ayudar a don Juan Manuel a recuperar el reino de Murcia.30

De hecho, la mejora de la situación política de Fernando IV fue tal que su administración pudo emprender, en octubre de 1296, una contraofensiva contra sus enemigos internos, entre cuyas operaciones figuró el asedio de la fortaleza larense de Paredes de Nava.31

Con los enemigos internos y externos de la Casa de Castilla en retirada por el momento, el gobierno castellano pudo, al comenzar el nuevo año, convocar una reunión de las Cortes de Castilla. Uno de los últimos en llegar a esta reunión, celebrada en Cuéllar entre febrero y marzo de 1297, fue don Juan Manuel. Al ver que nobles menos fiables, como Juan Alfonso de Haro y Fernán Rodríguez de Castro, habían sido recompensados con importantes señoríos a cambio de promesas de obediencia y apoyo militar, el señor de Villena, pese a contar apenas catorce años de edad, había adquirido ya suficiente madurez política para exigir una compensación material por la pérdida de Elche. Con tal propósito, solicitó la villa conquense de Alarcón como indemnización. Según la Crónica de Fernando IV, el infante Enrique se mostró comprensivo y prometió ayudar a su sobrino en todo lo que estuviera en su mano para asegurarle aquella posesión. María de Molina, por el contrario, se opuso a que don Juan Manuel obtuviera aquella villa, temerosa de que 'si á don Juan diese cambio por aquel, que eso mesmo querrian todos los otros que perdieron algo en tierra de Murcia'. Pero la influencia de Enrique en este asunto fue, según se nos dice, tal que María de Molina se vio obligada a entregar Alarcón al príncipe adolescente.32 Este episodio resulta revelador menos por las maniobras que por el matizado cambio que pone de manifiesto en el comportamiento político de la Casa de Manuel. Durante 1295 y 1296, don Juan Manuel y su séquito habían antepuesto los intereses de la Corona a sus propias ambiciones materiales; su actuación en Murcia constituye un claro testimonio de ello. Pero la petición de Alarcón por parte del señor de Villena puede verse como la manifestación de una visión política más pragmática y atenta a los intereses de su propia casa, similar a la de miembros más experimentados de la alta aristocracia.

Se sabe muy poco sobre las actividades o el paradero de don Juan Manuel entre la primavera de 1297 y el verano de 1299, debido a la escasez de fuentes primarias para este periodo. Lo que hay sugiere que pasó al menos parte de este periodo en torno a su nueva posesión de Alarcón,33 probablemente dedicado a la caza, pues los principales miembros de su casa eran aficionados a esta actividad y los alrededores de la villa ofrecían condiciones ideales para practicarlad.34 Habiendo obtenido ya una compensación satisfactoria por la pérdida de Elche, Juan probablemente dejó de considerar la recuperación de aquella posesión murciana una prioridad, en buen medida porque las escrituras de Alarcón contenían una cláusula que le obligaba a devolver la villa a la Corona si recuperaba Elche.35 Sin embargo, siguió preocupado por garantizar el respeto de los limitados derechos que aún conservaba en Elche y, en el otoño de 1297, envió a Sancho Ximénez de Lanclares y Ruy Domínguez de Segovia a la curia aragonesa con una larga lista de supuestas vulneraciones de la Tregua de Elche. Entre las quejas figuraba la acusación de que funcionarios aragoneses recién instalados se habían apropiado de bienes pertenecientes a sus vasallos, así como la denuncia de que determinados alquileres y otras rentas tradicionalmente percibidos por la Casa de Manuel ya no llegaban a manos del señor de Villena. En una carta del 22 de noviembre, el rey de Aragón respondió favorablemente a las acusaciones, asegurando a Juan que él y sus vasallos serían restituidos en aquello que les correspondía por derecho y comprometiéndose además a investigar las restantes supuestas vulneraciones de la tregua.36 Las cartas intercambiadas entre las cortes manuelina y aragonesa entre diciembre de 1297 y marzo de 1298 versan sobre nuevas presuntas vulneraciones de la tregua. Antes del 15 de diciembre, Juan se había quejado ante Jaume II de que Pedro Zapata, señor de Tous y alcaide del castillo de Mula, había tomado prisionero a un vasallo manuelino durante la tregua. El monarca aragonés respondió prometiendo adoptar las medidas oportunas si Juan enviaba 'un procurador [...] que al dito Pero Çapata demande por tregua al dicho cavallero'.37 Y el 17 de febrero de 1298 el rey de Aragón escribió a Juan exigiendo la restitución de las propiedades en Villena que este había confiscado a Martín Ximénez de Alcalá, un noble que anteriormente había residido en dicha localidad, pero que por entonces vivía en Xàtiva. El 26 de marzo, el príncipe castellano accedió a regañadientes a cumplir los deseos de Jaume, aunque insistió en que Martín Ximénez 'era vecino de Villena e lo desamparo et se fue ende como no devia'.38 Otros asuntos relacionados con la Tregua de Elche debían ser tratados por don Juan Manuel y un cortesano aragonés llamado Bernat Mercer en un encuentro previsto para enero de 1298.39 Sin embargo, el 26 de marzo ambas partes aún no se habían entrevistado,40 y no hay indicios firmes de que llegara a celebrarse.

Los intercambios diplomáticos mencionados merecen especial atención, ante todo, porque señalan el comienzo del vínculo político entre don Juan Manuel y Jaume II. Hasta entonces, como hemos visto, la actitud del señor de Villena y de su casa hacia el rey de Aragón había sido resueltamente hostil. Pero la firma de la Tregua de Elche obligó a ambas partes a establecer y mantener una relación política funcional. Estos intercambios, formales y mesurados, allanaron el camino hacia una cooperación más estrecha entre don Juan Manuel y Jaume II, vínculo que llegaría a constituir el eje del poder político del señor de Villena, como veremos más adelante.

La guerra emprendida contra Fernando IV por sus enemigos después de 1296 se caracterizó, ante todo, por su desorden. La principal ofensiva de 1297 fue una operación conjunta de Juan Núñez de Lara y el infante Juan contra tierras de la Corona situadas al noroeste de Valladolid, lo que llevó a las fuerzas de la regencia de Fernando IV a sitiar al señor de Lara en Ampudia hacia el verano de aquel año. La operación regia fracasó,41 y a comienzos del año siguiente Juan Núñez se unió a Alfonso de la Cerda en la ofensiva contra Almazán. Absorbida por esta amenaza y por una posterior acción militar contra Deza,42 el gobierno castellano no pudo impedir que los aragoneses tomaran el castillo de Alhama, en el reino de Murcia, por aquellas mismas fechas.43 Las restantes plazas que Castilla conservaba en el reino de Murcia también habrían podido perderse si Jaume II no se hubiera visto absorbido por los asuntos mediterráneos y no hubiera tenido que desplazarse a Sicilia, donde había reinado anteriormente, para intervenir en la guerra contra su hermano Fadrique.44 Este asunto ocupó a Jaume II hasta aproximadamente marzo de 1299, cuando, ante el temor de posibles incursiones castellanas y granadinas en sus dominios, regresó a la Península para asegurar las fronteras de Aragón.45 Regresó después a Sicilia, aunque no permaneció allí mucho tiempo: abandonó la campaña contra su hermano Fadrique a comienzos del verano. Una vez de vuelta en sus propios reinos, Jaume II volvió a dirigir su atención hacia la conquista del reino de Murcia y preparó una fuerza para atacar Lorca y su castillo.46 Al conocer los planes del monarca aragonés, la reina viuda y regente María de Molina envió a la zona una compañía de caballeros con una cuantiosa suma de dinero. Asimismo, ordenó a don Juan Manuel, que tenía Lorca en tenencia de la Corona, que entrase en la villa con sus vasallos para defenderla. Según las fuentes, el señor de Villena cumplió lo que se le había ordenado.47 Situado sobre un alto peñón, el castillo de Lorca no era, desde luego, una fortaleza fácil de tomar. Pero resultaba imprescindible asegurar su defensa, pues era la última plaza de verdadera importancia estratégica que Castilla conservaba en el reino de Murcia. Por razones tanto simbólicas como militares, el gobierno de Fernando IV no podía permitir que Lorca cayese en manos aragonesas.

Una vez Lorca quedó debidamente guarnecida, don Juan Manuel se dirigió a la más septentrional de sus posesiones: Peñafiel. El regreso del joven señor de Villena a Peñafiel pudo evocar el tiempo que había pasado allí junto a Sancho IV en el otoño de 1294, pues el 11 de octubre envió una delegación a Perpiñán para negociar con representantes de la casa real mallorquina las capitulaciones del matrimonio que Sancho había concertado para él aquel año.48 Para el 20 de noviembre, las capitulaciones matrimoniales habían quedado redactadas y ratificadas.49 A comienzos del año siguiente, la infanta Isabel, de dieciséis años, fue conducida a través de Aragón por Juan Bretón, vasallo de don Juan Manuel, hasta Requena, donde fue entregada a su esposo.50

Aunque don Juan Manuel no se había casado por debajo de su rango, difícilmente podía decirse que este matrimonio fuese ventajoso. En aquella época, las uniones matrimoniales eran, ante todo, alianzas políticas: un medio para consolidar o mejorar la posición política de cada parte. Y, como miembro de la realeza castellana, el señor de Villena era un candidato matrimonial excepcionalmente atractivo. Sin embargo, quizá reacio a contrariar los deseos de Sancho IV, optó por emparentar con una casa relativamente ajena al núcleo de la política peninsular. Un enlace, por ejemplo, con la casa real portuguesa o con una familia castellana de primer orden, como los Lara o los Haro, habría parecido una alternativa más ventajosa. Sin embargo, como veremos más adelante, aquella elección no habría de acarrearle perjuicio político.

Don Juan Manuel no parece haber desempeñado un papel activo en la política castellana durante los primeros meses de 1300.51 No resulta claro, en cambio, a qué dedicó aquel tiempo; pero no sería descabellado pensar que pasó la mayor parte – si no la totalidad – de ese periodo en compañía de su nueva esposa, quizá en el apacible entorno de Alarcón. Conforme con su suerte, don Juan Manuel permaneció leal a Fernando IV entre 1297 y 1299. Sin embargo, aquella lealtad no le reportó ninguna recompensa material. Cuando, a comienzos de 1300, el gobierno castellano concedió amplias tierras a los Haro en reconocimiento de sus esfuerzos por someter a Juan Núñez de Lara en mayo de 1299,52 el señor de Villena se sintió agraviado y, en las Cortes celebradas en Valladolid en mayo, reclamó ante María de Molina la entrega de Alarcón en calidad de mayorazgo y la posesión vitalicia de Alcaraz y Huete.53 Según informó al rey de Aragón el noble Bernat de Sarrià a finales de junio, María de Molina no accedió a las pretensiones de don Juan Manuel.54 Con todo, existen indicios de que al menos la villa de Huete le fue concedida.55 No obstante, parece claro que el señor de Villena no quedó plenamente satisfecho con lo que había obtenido en Valladolid. Así lo revela un documento enviado a la curia aragonesa, hacia finales de septiembre, por el vizconde Jaspert de Castellnou, en el que este advertía a su soberano, Jaume II, de que el príncipe castellano estaba reuniendo fuerzas en Castillo de Garcimuñoz con vistas a una ofensiva contra el reino de Murcia,56 cuyo objetivo principal era, casi con toda seguridad, la recuperación de Elche. Una carta fechada el 21 de septiembre, por la que don Juan Manuel solicitaba al rey de Aragón autorización para que varios de sus caballeros acudiesen a la corte aragonesa 'para que fablen convusco [Jaume] algunas cosas de la mi pro', indica que el joven señor estaba dispuesto, al menos inicialmente, a tratar por vía negociada la satisfacción de sus pretensiones.57 Pero las cartas de salvoconducto para estos enviados no fueron expedidas hasta el 7 de octubre,58 cuando la casa de Manuel ya había perdido la paciencia y había dado comienzo a las hostilidades.59

Don Juan Manuel no tardó en tener motivos para arrepentirse de sus actos. Su intervención militar no hizo sino enemistarlo con el rey de Aragón, quien respondió a esta violación de la Tregua de Elche mediante la confiscación de las rentas de Elche y la devastación de tierras manuelinas.60 Descontento con esta decisión, don Juan Manuel envió a Sancho Ximénez de Lanclares a la corte aragonesa antes del 21 de noviembre para reclamar el levantamiento de la confiscación de las rentas y la reparación de los daños ocasionados por las incursiones aragonesas. A tan desvergonzada petición, el rey de Aragón respondió con frialdad y sarcasmo:

Quant a alló dels dans donats per la gent de la terra nostra a la vostra terra vos responem que nos som molt volenterosos de fer fer esmena de tots los dans si dats son ço que no sabem a la vostra terra depus la treva. E vos fetz fer esmena de tots los dans qui per les gents de la vostra terra son dats a les gents nostras depuys la treva presa.61

Poco después, don Juan Manuel recibió de la curia aragonesa una reclamación escrita de indemnización por una suma no inferior a 500.000 sueldos, pagadera en un plazo de sesenta días.62 A continuación lo visitaron dos procuradores aragoneses, Lope López de Bailo y Guillén de Freixa, enviados por Jaume II para exigirle formalmente la enmienda y restitución íntegra de todos los daños causados contra lo pactado: 'enantar e requerir e demandar [...] al noble Don Johan Manuel emienda e entegra restitucion de todas las malifeytas, daynos e malos que por lo dito Don Johan Manuel fueron feytos a nos [...] contra las posturas'.63

Las presiones ejercidas por la casa de Aragón eran lo último que necesitaba el señor de Villena, pues los gastos de su reciente operación militar habían agotado sus arcas. Y, privada ahora de su principal fuente de ingresos – las rentas de Elche – la casa de Manuel difícilmente podía reponerlas. Además, don Juan Manuel aún no había recibido la totalidad de la dote correspondiente a su matrimonio con la infanta Isabel.64 Las dificultades financieras que padecía por entonces la casa de Manuel quedan de manifiesto en una carta escrita por Isabel el 31 de diciembre de 1300 a Pere Escribà, bayle de Elche. En ella pedía a este oficial que rindiese ante su marido 'la cuenta del almoxarifadgo de Elche este anno [...], que es mucho mester para saber quanto es lo que avemos ende avido en este anno [...]. Et otrosi los dies mille maravedises del alfarda traet me los [ende] convusco que los he mucho mester para la mi despensa'.65

La intervención militar de don Juan Manuel no solo menoscabó su frágil relación con Jaume II, sino también el precario proceso de paz entre Castilla y Aragón, en marcha desde septiembre.66 Con sus fuerzas ya movilizadas, el rey de Aragón lanzó en diciembre una operación destinada a tomar Lorca y su fortaleza.67 En gran medida por las deficientes comunicaciones de la época, la regencia castellana no tuvo noticia de la amenaza que pesaba sobre Lorca hasta comienzos del año siguiente, cuando la ciudad ya había caído.68 Temiendo que también se perdiera la fortaleza, María de Molina reunió rápidamente un ejército de unos cuatro mil caballeros y partió hacia el reino de Murcia en compañía de su hijo Fernando IV y de los principales nobles leales, uniéndosele en el camino don Juan Manuel y su esposa Isabel.69 A más tardar el 31 de enero, el ejército castellano había llegado a Alcaraz, aún a unos setenta kilómetros de su destino previsto,70 solo para descubrir que la expedición había sido inútil: la villa de Lorca, junto con su castillo y sus torres adyacentes, había caído en poder de los aragoneses en los últimos días de diciembre.71

Con todo, el ejército castellano aún tenía una tarea que cumplir. Tras la toma de Lorca y su fortaleza, los aragoneses habían puesto sitio a los castillos manuelinos de Mula y Alcalá. Las tropas de Fernando IV acudieron de inmediato a levantar los asedios y lograron hacerlo con rapidez.72 Alentado por este éxito, el ejército castellano marchó hacia el este, en dirección a Murcia, para enfrentarse a Jaume II. El rey aragonés se había trasladado apresuradamente desde Lorca hasta esta ciudad a comienzos de año para reunirse con su esposa Blanca, que estaba ya próxima a dar a luz.73 Jaume II tuvo noticia de la llegada de las fuerzas castellanas, pero no abandonó la ciudad de Murcia, presumiblemente porque no deseaba dejar atrás a su esposa, que no debía de hallarse en condiciones de viajar. Sin embargo, la fortuna estuvo del lado del monarca aragonés: el asedio de la ciudad terminó en un fracaso absoluto,74 pues duró, con toda seguridad, menos de dos semanas, y probablemente no más de tres días.75

Desde cierto punto de vista, la expedición castellana había terminado en fracaso: el ejército real llegó demasiado tarde para salvar el castillo de Lorca y dejó escapar una ocasión excepcional de capturar al principal enemigo exterior de Fernando IV, el rey de Aragón. Con todo, había demostrado al menos que el régimen del monarca castellano contaba ya con la solidez necesaria para emprender una operación militar coordinada. Jaume II parece haberlo comprendido claramente, pues en abril de 1301 pactó con Muhammad II de Granada un acuerdo de defensa mutua.76 Probablemente deseoso de poner término a las frecuentes y perjudiciales incursiones musulmanas contra sus dominios del sureste,77 don Juan Manuel procuró también alcanzar un acuerdo con el rey de Granada. A mediados de junio encargó a Bernat de Sarrià, procurador general del reino de Murcia,78 que notificase a la corte granadina su voluntad de concertar una tregua de cinco o seis años y que recabase luego del rey de Aragón una carta de respaldo para ese acuerdo. Urgido por la necesidad de alcanzar algún acuerdo, el príncipe castellano pidió además a Pere Escribà, bayle de Elche, que hiciese llegar a Muhammad II una carta en blanco, provista del sello manuelino, para que el monarca musulmán pudiera consignar en ella sus propias condiciones para una tregua. Aunque Sarrià no se oponía a que don Juan Manuel alcanzase una tregua con el rey de Granada, siempre que su duración no excediese la de la Tregua de Elche, no estaba dispuesto a escribir a Muhammad II sobre el asunto ni a autorizar el viaje de Escribà sin la aprobación previa de Jaume II. Así pues, el 20 de junio dirigió una carta a su soberano solicitando permiso para entablar ese contacto.79 La respuesta de Jaume II no se ha conservado, pero probablemente fue negativa, pues no existe prueba documental – ni indicio alguno de otra naturaleza – de contactos diplomáticos entre las cortes granadina y manuelina durante 1301.

En su carta al rey de Aragón, Sarrià había incluido un resumen de los acontecimientos políticos de Castilla. Sarrià informaba de que una embajada francesa había salido de la corte castellana con un presente de María de Molina compuesto de 'moltes joyes', tras haber negociado, al parecer, los esponsales de Fernando IV con una hija de Felipe IV y los de Alfonso de la Cerda con la infanta Isabel de Castilla, doble enlace destinado, sin duda, a poner fin definitivo a la disputa sucesoria castellana. Señalaba asimismo que la buena relación entre Fernando IV y los Haro empezaba a deteriorarse por la amistad que el monarca había trabado con el infante Juan, quien en junio del año anterior había renunciado formalmente a sus derechos sobre cualquier parte del reino de Castilla y jurado fidelidad al joven rey;80 y que don Juan Manuel, al saber que 'alcuns lan malmenat ab lo Rey de Castela', había acudido a una reunión de la corte en el reino de León 'ab gran companya'.81 No sabemos quién había dicho qué para malquistar a Fernando IV con el señor de Villena, aunque no es imposible que el joven monarca hubiera tenido noticia de las gestiones de su primo para alcanzar un acuerdo político con Granada y se hubiera sentido ofendido. Conviene recordar que cualquier asociación percibida entre la familia real castellana y los musulmanes habría sido mal vista por el papa Bonifacio VIII, quien aún no había legitimado la sucesión de Fernando.

En esa misma carta, Sarrià advertía a su soberano de que aquel era un momento propicio para emprender una ofensiva contra Castilla, pues, después de cinco años de conflictos civiles, el reino se encontraba debilitado y sumido en una penuria generalizada.82 Por fortuna para Fernando IV, Jaume II tuvo que hacer frente a graves problemas internos: una revuelta de ricoshombres aragoneses motivada por cuestiones de remuneración y por la imposición de un tributo real sobre la sal, conocido como la salga.83 De hecho, la situación interna de Aragón era tan crítica que, en septiembre de 1301, Jaume II envió una embajada a la curia castellana para solicitar la paz. María de Molina, sin embargo, ni siquiera accedió a abrir negociaciones preliminares: comunicó a los embajadores aragoneses que no consideraría la paz mientras Jaume no renunciase a los territorios murcianos anexionados en 1296 y en los años siguientes.84 La reina viuda estaba en condiciones de adoptar una línea firme porque su hijo Fernando IV contaba, por primera vez en su reinado, con el apoyo decidido de la aristocracia. Esto quedó de manifiesto cuando Jaume II se avino a ceder algunas tierras.85 La gravedad de la situación interna de Aragón queda de manifiesto en la documentación conservada, que revela que varios ricoshombres aragoneses descontentos habían ofrecido apoyar una empresa castellana contra Murcia prevista para finales de aquel año.86 Sin embargo, aquella operación militar nunca llegó a emprenderse, principalmente porque el infante Juan – buen amigo del rey de Aragón – se oponía firmemente a ella.87 Otra posible razón fue la distracción provocada por la llegada de la tan esperada bula de legitimación del matrimonio consanguíneo de María de Molina y Sancho IV,88 documento que validaba el derecho de Fernando IV a gobernar y privaba a Alfonso de la Cerda de su principal argumento sucesorio: la ilegitimidad del monarca castellano. La posición más ventajosa que ocupaba ahora el rey de Castilla frente al monarca aragonés quedó de manifiesto en enero de 1302, cuando Jaume II ofreció devolver todo el reino de Murcia, salvo Alicante, a cambio de la paz.89

Si el gobierno castellano hubiese aceptado esta oferta, don Juan Manuel habría recuperado, sin duda y de inmediato, sus posesiones de Elche, y habría podido volver a ejercer su prestigioso cargo de adelantado mayor del reino de Murcia. Con todo, hasta donde permite saber la documentación conservada, no parece haber protestado cuando el acuerdo fue rechazado. Probablemente sus preocupaciones se hallaban en otra parte. Antes del 10 de octubre de 1301, Isabel Manuel había ordenado a Pere Escribà, bayle de Elche, que recaudase las rentas adeudadas a su marido y las trasladase a Alicante, junto con una abundante provisión de víveres; desde allí, ella y don Juan Manuel zarparían poco después hacia la isla de Mallorca.90 Isabel se hallaba enferma, y se esperaba que un viaje a tierras familiares y a un clima marítimo más benigno favoreciese su recuperación. Sin embargo, por razones desconocidas, la joven infanta no regresó a su tierra natal, sino que fue trasladada a Escalona. Allí su estado empeoró y, en diciembre de 1301, murió trágicamente.91 La ausencia de don Juan Manuel de la política castellana durante buena parte de 1302 podría indicar hasta qué punto lo afectó aquella pérdida. Sin embargo, considerada en términos estrictamente políticos, la muerte de Isabel amplió las posibilidades de su carrera al dejarlo libre para concertar un matrimonio mucho más influyente.

Quizá María de Molina no aprovechó las recientes ofertas de paz de la Corona de Aragón porque confiaba en que la situación interna de Castilla se mantendría estable, lo que les permitiría a ella y a su hijo presionar, por medios diplomáticos o militares, hasta alcanzar un acuerdo en sus propios términos. Si fue así, subestimó ingenuamente las ambiciones egoístas de la alta aristocracia castellana. El 6 de diciembre de 1301 Fernando IV alcanzó la mayoría de edad. Consciente de que el monarca tenía ya derecho a gobernar por sí mismo, el infante Enrique, preocupado por conservar su elevada posición política, conspiró con Juan Núñez de Lara y el infante Juan para separar al joven soberano de su madre y establecer su propia influencia en la corte. Con el pretexto de una partida de caza, condujeron a Fernando IV a León, donde lo persuadieron de que María había asumido la regencia únicamente para promover sus propios intereses materiales.92

Que el impresionable monarca ya no confiaba plenamente en su madre quedó de manifiesto a finales de diciembre, cuando no la acompañó a Vitoria para asistir a una reunión urgente con los embajadores del rey de Francia sobre los recientes incidentes en la frontera navarra.93 El infante Juan y Juan Núñez no tardaron en cansarse de su nueva alianza con el autoritario infante Enrique y, en las primeras semanas de 1302, comenzaron a cooperar de forma encubierta para desacreditarlo y reforzar sus propias posiciones. Cuando Fernando IV concedió a Juan Núñez el prestigioso oficio de mayordomo mayor sin consultar a Enrique,94 el anciano infante comprendió que estaba quedando marginado. Su respuesta fue recabar el apoyo del poderoso Diego López de Haro y amenazar con hacer la guerra al rey y a sus nuevos colaboradores. Fernando IV logró aplacar a su tío abuelo mediante una importante concesión de tierras.95 Pero la obediencia del infante no duraría mucho.

A finales de abril o comienzos de mayo de 1302, Fernando IV convocó en Medina del Campo su primera reunión de Cortes.96 En esta reunión, cuyo principal propósito parece haber sido la obtención de fondos,97 don Juan Manuel obtuvo de su soberano la confirmación escrita del fuero y las libertades que Alfonso X, abuelo de Fernando IV, había concedido a la villa de Escalona. Esto demuestra que, tras los problemas del año anterior, ambos habían vuelto a mantener buenas relaciones.98 Y quizá fue a instancias de don Juan Manuel como Fernando IV ordenó enviar hombres de armas castellanos al reino de Murcia para recuperar Lorca y otras posesiones confiscadas por los aragoneses en 1296 y en los años posteriores.99 Esta empresa militar, ya en marcha a finales de mayo, no parece haber dado grandes resultados,100 quizá porque las tropas de Fernando IV tuvieron que desviar su atención hacia una incursión musulmana en la frontera occidental del reino de Murcia.101 Después de las Cortes de Medina del Campo, Fernando IV tuvo un desacuerdo con el infante Juan y Juan Núñez acerca de sus remuneraciones,102 por lo que ambos nobles no lo acompañaron a Burgos, donde se había convocado a los estamentos de Castilla.103 Tampoco don Juan Manuel acompañó a su soberano a Burgos, quizá porque había dejado resueltos sus asuntos políticos en la asamblea de Medina.104 Es posible que se retirase entonces a Peñafiel, su residencia estival predilecta, pues en agosto se hallaba en la cercana Palencia, donde su pariente Alfonso – hijo mayor y heredero del infante Juan – contrajo matrimonio con Teresa Núñez. La unión estaba destinada a consolidar la amistad entre el padre del novio y el hermano de la novia, Juan Núñez. Según relata Fernán Sánchez, durante las celebraciones de la boda de Palencia el infante Juan y Juan Núñez se reconciliaron con Fernando IV. Al saber que ambos nobles habían vuelto al favor real, el infante Enrique se alarmó y amenazó por segunda vez con alzarse en armas contra el rey. Deseosa de evitar un nuevo estallido de guerras intestinas, María de Molina animó a Enrique a pedir a Fernando IV el oficio de mayordomo mayor, ocupado entonces por Juan Núñez. Enrique lo solicitó, y el rey se lo concedió; pero, según se nos dice, solo porque el infante Juan y Juan Núñez 'consejáronle [al rey] que lo ficiese, tanto que don Enrique partiese mano de don Diego é de los otros que se tenian con él'. Sin embargo, el anciano infante no permaneció apaciguado mucho tiempo, 'porque vió de cómmo profazaban dél en casa del Rey, é que le non facian aquella honra que devian'. La situación empeoró con la decisión de Fernando IV – al parecer ajeno a la delicadeza de la política interna castellana – de firmar en septiembre de 1302 un pacto secreto con el infante Juan y Juan Núñez contra el infante Enrique, Diego López de Haro y su propia madre, María de Molina. Al enterarse de este acuerdo, Enrique comenzó de inmediato a negociar una alianza opuesta con Diego López, Juan Alfonso de Haro y otros nobles descontentos con la excesiva influencia que ejercían en la corte Juan Núñez y el infante Juan. María de Molina también participó en estas negociaciones, principalmente, según refiere Fernán Sánchez, porque 'tovo [ella] que por esta manera podría al Rey guardar de tan grand pleito commo rescelaba que le vernia si ella no lo guardase, seyendo ella con don Enrique'. Y probablemente fue gracias a su influencia en las conversaciones que la mayoría de los presentes decidió limitarse a exigir al joven rey de Castilla que 'si [él] les quisiese tomar las heredades o las tierras, que ellos todos gelo mostraren primeramente al Rey, e si gelo non emendase, que le desirviesen commo a rey e commo a señor'.105 El infante Enrique y Diego López quedaron hondamente decepcionados por aquel resultado – a su juicio, demasiado moderado – y, antes de que terminara el año, el primero renunció a su cargo de mayordomo mayor en señal de protesta,106 mientras que el segundo concluyó una alianza militar con Felipe IV de Francia.107


  1. Gaibrois de Ballesteros, Historia del reinado, II, pp. 377-78.↩︎

  2. La política exterior de Sancho IV estuvo condicionada por la cuestión de la dispensa. En distintos momentos de su reinado, intentó atraerse el favor de la casa real francesa, que mantenía estrechos vínculos con el papado. Gaibrois de Ballesteros trata este asunto por extenso en su Historia del reinado.↩︎

  3. 'Crónica de Fernando IV', ed. por Cayetano Rosell, en Biblioteca de Autores Españoles, pp. 93-170 (pp. 93-94).↩︎

  4. Al infante Juan se le apaciguó con la promesa de restituirle todos los bienes que Sancho IV le había confiscado; Juan Núñez y Nuño González recibieron grandes sumas de dinero; y Diego López de Haro obtuvo el señorío de Vizcaya: 'Crónica de Fernando IV', p. 96.↩︎

  5. No resulta fácil precisar las razones, aunque parece existir alguna conexión con los esfuerzos diplomáticos castellanos por propiciar un acercamiento entre Aragón y Francia. Para algunas observaciones sobre este asunto, véase Gaibrois de Ballesteros, Historia del reinado.↩︎

  6. 'Crónica de Fernando IV', p. 97; Benavides, Memorias, II, nº XI, p. 20.↩︎

  7. Este acuerdo fue ratificado en Serón el 4 de febrero; incluía el matrimonio concertado entre Alfonso de la Cerda y Violante de Aragón, hermana de Jaume: Zurita, Anales, II, p. 495 (Libro V, Capítulo 20).↩︎

  8. 'Crónica de Fernando IV', p. 100.↩︎

  9. Zurita, Anales, II, pp. 496-99 (Libro V, Capítulos 20, 21).↩︎

  10. Juan Manuel del Estal, El Reino de Murcia bajo Aragón (1296-1305). Corpus documental. I/1 (Alicante:

    Diputación de Alicante, 1985), pp. 20, 27-29. El único relato narrativo coetáneo conservado de la invasión aragonesa del reino de Murcia se halla en la Crònica de Ramon Muntaner; no obstante, esta fuente no se empleará aquí, pues en ocasiones incurre en inexactitudes factuales y presenta a veces una cronología desordenada.↩︎

  11. Don Juan Manuel subraya la singularidad de esta posesión en el Libro de las armas, donde afirma que 'fue siempre commo reyno e sennorio apartado, que nunca obedesçió a ningund rey': Juan Manuel: Obras Completas, I, p. 132.↩︎

  12. AGS, nº VI, pp. 225-26.↩︎

  13. del Estal, El Reino de Murcia, I/1, pp. 29-58.↩︎

  14. La operación, coordinada en noviembre de 1295 por Bonajunta de las Leyes, hijo del célebre jurista Jacobo de las Leyes, dio evidentemente resultado, pues el 28 de marzo de 1296 el cortesano manuelino Juan Sánchez de Ayala autorizó a Bonajunta a vender el botín obtenido: AGS, nº III, pp. 223-24.↩︎

  15. Violante Manuel, como hemos visto antes, había heredado las propiedades murcianas de Elda y Novelda. Al enterarse de que el rey de Aragón deseaba incorporar estos lugares al dominio aragonés, Violante y su marido portugués, el infante Alfonso, solicitaron protección al hermano de este último, Dinis de Portugal: AGS, nº IV, pp. 224-25.↩︎

  16. La ciudad de Murcia cayó finalmente el 19 de mayo. Los historiadores murcianos Juan Torres Fontes y Ángel Luis Molina Molina se equivocan al afirmar que 'ciudades como Orihuela y Murcia no se prepararon siquiera para la defensa, sino que antes de la llegada de la hueste aragonesa, ya efectuaran su proclamación': del Estal, El Reino de Murcia, I/1, p. 58; Juan Torres Fontes y Ángel Luis Molina Molina, 'Murcia Castellana', en Historia de la Región Murciana, 3 (1980), pp. 296-387 (p. 379).↩︎

  17. 'Tenguem per be de alongar la dita treua el dit dissapte a XV dies primer vinents e continuaments comptats.' Jaume II a Sancho Ximénez de Lanclares, 17 de mayo: AGS, nº VI, p. 226.↩︎

  18. Ibid., nº VI, p. 227.↩︎

  19. del Estal, El Reino de Murcia, I/1, p. 80.↩︎

  20. AGS, nº VI, p. 227. Juan Manuel del Estal creía que los aragoneses eran reacios a recurrir a la guerra para someter a los habitantes del reino de Murcia. Véase El Reino de Murcia, I/1, p. 30.↩︎

  21. 'Obtinuit etiam locum de Elche, in quo tam multi boni milites vassalli nobilis viri dompni Johannis filii dompni

    Hemanuelis fuissent, timens ne dicti sui milites in pugna forsitan dicti castri perirent, mandavit eisdem ut locum ipsum de Elche traderent seu dimiterent regi Aragonie supradicto.': Jofré de Loaysa, Crónica de los reyes de Castilla. Fernando III, Alfonso X, Sancho IV y Fernando IV (1248-1305), ed. por Antonio García Martínez, 2ª ed. (Murcia: Universidad de Murcia, 1982), p. 210; Elías Olmos Canalda, 'Inventario de los documentos escritos en pergamino del Archivo Catedral de Valencia', Boletín de la Real Academia de la Historia, 103 (1933), pp. 141-293, 543-616 (p. 235).↩︎

  22. AGS, nº VI, pp. 228-30.↩︎

  23. Ibid., nº VI, pp. 230-31.↩︎

  24. Ibid., nº VII, p. 231.↩︎

  25. Ibid., nº VI, p. 228.↩︎

  26. del Estal, El Reino de Murcia, I/1, nº 133, pp. 249-50. No parecería haber otra explicación adecuada para los movimientos de Gómez Fernández, dada la proximidad de Requena a Valencia y su distancia respecto de otras propiedades de castellanos recientemente conquistadas en el reino de Murcia.↩︎

  27. 'Crónica de Fernando IV', p. 103. Fernán Sánchez afirma que Mula también resistió la conquista, pero las pruebas documentales lo desmienten, pues muestran que la villa cayó antes del 31 de mayo: del Estal, El Reino de Murcia, I/1, p. 69.↩︎

  28. 'Crónica de Fernando IV', pp. 102-04; Zurita, Anales, II, p. 512 (Libro V, Capítulo 23).↩︎

  29. Dinis se había vuelto contra Fernando IV principalmente porque los regentes de este último no habían cumplido una promesa, hecha en otoño de 1295, de fijar en términos más favorables la frontera entre Castilla y Portugal: 'Crónica de Fernando IV', pp. 104-05.↩︎

  30. Zurita, Anales, II, p. 532 (Libro V, Capítulo 29). Aunque este acuerdo nunca se formalizó, Mahoma no volvió a inquietar a Castilla durante el resto de su reinado.↩︎

  31. Este asedio no tuvo éxito. 'Crónica de Fernando IV', pp. 106-07.↩︎

  32. Ibid., p. 108. Las escrituras de propiedad se otorgaron en Cuéllar el 26 de marzo: Pilar León Tello, Inventario del Archivo de los Duques de Frias (Madrid, 1967) nº 1086, p. 165.↩︎

  33. El 26 de marzo de 1298 don Juan Manuel se encontraba en el castillo de Garcimuñoz, a pocos kilómetros al noroeste de Alarcón: AGS, nº XVI, p. 239.↩︎

  34. La caza se convertiría en el principal pasatiempo e interés de don Juan Manuel, quien escribiría un tratado sobre el tema: Libro de la caza.↩︎

  35. 'En cualquier tiempo que cobrase Elche, por guerra ó por paz, que la diese el Rey á don Juan é que tornase don Juan á Alarcon al Rey, é desto fueron luégo fechas las cartas é los previllejos.': 'Crónica de Fernando IV', p. 108.↩︎

  36. AGS, nº XII, pp. 234-38.↩︎

  37. Ibid., nº XII, p. 238.↩︎

  38. Ibid., nºs XV, XVI, pp. 238-39.↩︎

  39. Implícito en una carta del 5 de enero en la que se acredita a Mercer ante el señor de Villena: ibid., nº XIV, p. 238.↩︎

  40. Se desprende del contenido de una carta abierta emitida por don Juan Manuel en esa fecha: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nº 110, p. 105.↩︎

  41. Según la Crónica de Fernando IV (p. 109), el asedio carecía de propósito, debido principalmente a la apatía de los sitiadores.↩︎

  42. 'Crónica de Fernando IV', pp. 110-11.↩︎

  43. El castillo de Alhama fue sitiado a más tardar el 23 de enero de 1298, y el asedio había tenido éxito antes del 3 de febrero: del Estal, El Reino de Murcia, I/1, nºs 154, 157, pp. 285-86, 289-90.↩︎

  44. Sicilia había sido durante varios años un foco de conflicto en la política franco-aragonesa. Para una discusión sobre la complicada lucha por el control de la isla, véase Jesús Ernest Martínez Ferrando, Jaume II: o el seny català (Barcelona: Aedos, 1956).↩︎

  45. Zurita, Anales, II, p. 563 (Libro V, Capítulo 38).↩︎

  46. Esto ocurrió después del 10 de julio, pues en esa fecha aún no había regresado a la Península: Jesús Ernest Martínez Ferrando, Jaime II de Aragón: su vida familiar, 2 volúmenes (Barcelona: CSIC, 1948), II, nº 58, p. 123.↩︎

  47. 'Crónica de Fernando IV', p. 116.↩︎

  48. El rey de Mallorca, Jaume II, había recibido de nuevo la investidura de Mallorca y Menorca de manos de su primo y homónimo Jaume II de Aragón el 29 de junio de 1298, tras haber perdido ambas islas diez años antes como castigo por un acto de rebelión contra Alfonso III de Aragón: AGS, nº XIX, p. 241.↩︎

  49. Según los términos del contrato, el señor de Villena debía recibir de la Corona de Mallorca una dote de 15.000 marcas de plata, pero él mismo debía pagar a la infanta unas arras de 1.200 marcas anuales: ibid., nº XIX, p. 241.↩︎

  50. Ibid., nº XXI, pp. 242-43; 'Chronicon', p. 676.↩︎

  51. Su nombre no aparece ni una sola vez en las fuentes narrativas ni documentales entre enero y abril de 1300.↩︎

  52. 'Crónica de Fernando IV', p. 116.↩︎

  53. Mercedes Gaibrois de Ballesteros, María de Molina: tres veces reina (Madrid: Espasa-Calpe, 1967), pp. 117-18. Respecto a la petición de don Juan Manuel sobre Alcaraz, Aurelio Pretel Marín sostiene que 'algo de esto debían temer ya los alcaraceños, que [...] solicitaron de la Reina una serie de garantías muy similares a las que obtuvo en 1295 la hermandad de Murcia.' Los vecinos de Alcaraz solicitaron tales garantías no en 1300, sino en 1299, lo que puede sugerir que hubo un intento anterior de don Juan Manuel de asegurarse esta propiedad: Aurelio Pretel Marin, Una ciudad castellana en los siglos XIV y XV (Alcaraz, 1300-1475), (Albacete: Instituto de Estudios Albacetenses, 1978), p. 325; Aurelio Pretel Marin, Don Juan Manuel, señor de la llanura (Repoblación y gobierno de la mancha albacetense en la primera mitad del siglo XIV), (Albacete: Instituto de Estudios Albacetenses, 1982), p. 45.↩︎

  54. Gaibrois de Ballesteros, María de Molina, p. 118.↩︎

  55. Don Juan Manuel estuvo en Huete el 3 de julio de 1300, y parece que también pasó allí la Navidad de 1300: AGS, nºs XIX, XXIX, pp. 241, 246-47.↩︎

  56. Ibid., nº XXVI, p. 245.↩︎

  57. Ibid., nº XXV, p. 244.↩︎

  58. Ibid., nº XXV, p. 245.↩︎

  59. Esto se desprende de una carta de Jaume II a Bernat de Sarrià fechada el 1 de octubre: ibid., nº XXIX, p. 247.↩︎

  60. del Estal, El Reino de Murcia, I/1, nº 168, pp. 303-04.↩︎

  61. AGS, nº XXVIII, p. 246.↩︎

  62. 'Don Jayme por la gracia de Dios rey de Aragón etc. Al noble varon Don Johan, fijo del infante Don Manuel [...] vos no guardando las [...] posturas [...] con gran gente de cauallo e de pie entrastes en el Reyno nuestro de Murcia, e aquí talando logares feçiestes muytos daynos e males e matastes homnes I...] e leuastes ende muytos homnes cautiuos, los quales males et daynos [...] estimamos de quinientos mille solidos de reals de Valencia [...] requerimos vos que vos nos fagades integra emienda [...] dentro sexanta días.': del Estal, El Reino de Murcia, I/1, nº 168, pp. 303-04.↩︎

  63. AGS, nº XXIX, p. 247.↩︎

  64. Ibid., nº XIX, p. 241.↩︎

  65. Ibid., nº XXIX, pp. 246-47.↩︎

  66. Ibid., nº XXVII, p. 245.↩︎

  67. Probablemente poco después del 1 de diciembre y, desde luego, no más tarde del 17 de diciembre: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nºs 129, 130, pp. 122-23.↩︎

  68. Parece que capituló el 19 de diciembre: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nºs 134, 135, pp. 131, 132; 'Crónica de Fernando IV', p. 118.↩︎

  69. Juan e Isabel estaban en Huete. 'Crónica de Fernando IV', p. 118.↩︎

  70. AGS, nº XXXI, p. 248.↩︎

  71. Probablemente el día 29, día en que Jaume II confirmó los privilegios de Lorca: 'Crónica de Fernando IV', p. 118; del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nº 129, p. 122.↩︎

  72. No antes del 3 de febrero, pues los documentos muestran que en esa fecha el asedio de Mula continuaba: 'Crónica de Fernando IV', p. 118; del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nº 185, pp. 170-71.↩︎

  73. 'Crónica de Fernando IV', p.118; del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nºs 145, 146, 161, pp. 143-45, 158.↩︎

  74. Jofré de Loaysa (Crónica de los reyes de Castilla, p. 212), cuyo testimonio es generalmente fiable, afirma que el mal tiempo y la falta de provisiones provocaron la muerte de muchos hombres de armas y caballos, lo que obligó al ejército castellano a levantar el asedio. En la Crónica de Fernando IV (p. 118) Fernán Sánchez, que suele culpar a la aristocracia de los fracasos y reveses castellanos, afirma que el asedio fracasó por traición.↩︎

  75. El asedio debió de comenzar después del 10 de febrero, ya que en esa fecha Jaume II aún pudo enviar varios mensajeros desde la ciudad; y terminó antes del 23 de febrero, pues para entonces el rey de Aragón se encontraba en Alicante. Es Fernán Sánchez quien afirma que la operación no duró más de tres días: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nºs 192-195, pp. 174-78; 'Crónica de Fernando IV', p. 118.↩︎

  76. Benavides, Memorias, II, nº CLXXXI, pp. 252-54; AGS, nº XXXII, pp. 248-49.↩︎

  77. La frontera murciana con Granada era extremadamente larga y contaba con amplias zonas deshabitadas, lo que facilitaba la penetración de los musulmanes.↩︎

  78. Este título equivalía al cargo castellano de adelantado mayor..↩︎

  79. AGS, nº XXXIV, p. 250.↩︎

  80. Diego López de Haro y el infante Juan eran enemigos acérrimos debido a sus pretensiones rivales sobre el señorío de Vizcaya. El desarrollo de esta disputa se analiza en César González Mínguez, Fernando IV de Castilla (1295-1312). La guerra civil y el predominio de la nobleza (Vitoria: Colegio Universitario de Álava, 1974).↩︎

  81. AGS, nº XXXIV, pp. 250-51. A veces se convocaban Cortes separadas para los reinos de León y Castilla cuando había desacuerdo entre los principales barones.↩︎

  82. Ibid., nº XXXIV, p. 251. En 1301, según Fernán Sánchez, 'fué en toda la tierra muy grand fambre; [...] é tan grande la mortandad en la gente que bien cuidáran que muriera el cuarto de toda la gente de la tierra':

    'Crónica de Fernando IV', p. 119. El historiador del siglo XVII Diego de Colmenares creía que la hambruna y la peste de este periodo fueron causadas por una sequía que afectó a toda España: Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla, 2 volúmenes (Segovia: Academia de la Historia y Arte de San Quirce, 1969-70), I (1969), p. 445.↩︎

  83. Zurita, Anales, II, pp. 608-09 (Libro V, Capítulo 51).↩︎

  84. AGS, nº XXXIV, p. 251.↩︎

  85. Alicante, Orihuela, Elche y Crevillente: ibid., nº XXXIV, p. 251.↩︎

  86. Ibid., nº XXXIV, p. 251.↩︎

  87. En una carta coetánea, el testigo catalán Pere de Monteagudo afirma que el infante Juan dijo a María de Molina que 'si els richs homens quis son desavenguts ab lo Rey darago uenen así quel major enemic quils ajen lur sere yo et si ells fan mal al Rey darago yo me yre a ell ab be M homens de cavayl axi com lo pus honrat parent e amic que yo he apres del rey don Ferrando que guardare com a senyor': ibid., nº XXXIV, p. 251.↩︎

  88. 'Crónica de Fernando IV', pp. 119-20.↩︎

  89. Ibid., pp. 121-22.↩︎

  90. AGS, nº XXV, pp. 252-53.↩︎

  91. 'Era M.CCC.XXXIX [...] obitu Dna. Infantissa in Escalona in mense Decembris.': 'Chronicon', p. 676.↩︎

  92. 'Crónica de Fernando IV', pp. 120-22.↩︎

  93. Ibid., p. 122; AGS, nº XXXVII, p. 254.↩︎

  94. 'Crónica de Fernando IV', pp. 122-23.↩︎

  95. Atienza y San Esteban de Gormaz: ibid., p. 123.↩︎

  96. Ibid., pp. 123-24; Manuel Colmeiro, Cortes de los antiguos reinos de Castilla y León, 3 vols. (Madrid: Real Academia de la Historia, 1861), I, p. 161.↩︎

  97. Lo sugiere el hecho de que las principales cuestiones tratadas en esta reunión fueran esencialmente las mismas que se abordaron en las reuniones de Cortes del año anterior: Colmeiro, Cortes, I, pp. 165-66; cf. Cortes, I, pp. 151-61.↩︎

  98. 15 de mayo de 1302: Benavides, Memorias, II, nº CCIV, pp. 291-94.↩︎

  99. Que tal operación tuvo lugar se desprende de una carta enviada por el rey de Aragón el 31 de mayo de 1302, en la que ordenaba a Bernat de Sarrià dirigirse al reino de Murcia y reforzar las fortalezas aragonesas de la región, pues tropas castellanas estaban 'in locis eiusdem regni talandum segetes et arbores et malum ac damnum inferendum et signater in Lorcam'; así como de la correspondencia emitida en la misma fecha en la que se ordenaba a Guillén de Angleraria, procurador general del reino de Valencia, organizar la defensa de las fronteras de este reino con Castilla: del Estal, El Reino de Murcia, I/2, nºs 212, 213, pp. 207-08.↩︎

  100. La Crónica de Fernando IV no menciona ningún éxito militar castellano en esta época.↩︎

  101. Varias fortalezas, entre ellas el castillo de Bedmar, fueron capturadas como resultado de esta ofensiva musulmana, ordenada por el belicoso Muhammad III (1302-09), que había sucedido a su padre Muhammad II en abril de 1302: 'Crónica de Fernando IV', p. 125.↩︎

  102. 'É en este tiempo mesmo el infante don Juan é don Juan Nuñez demandaron al Rey en el sobramiento de los sus dineros muchas cosas é grandeza de que el Rey se sintió por agraviado.': ibid., p. 125.↩︎

  103. La reunión de Medina del Campo había estado limitada a los reinos de León, Toledo y Extremadura: Colmeiro, Cortes, I, p. 161.↩︎

  104. Fernán Sánchez no hace constar la presencia de don Juan Manuel en estas Cortes, y su nombre no aparece en la lista de participantes de una carta, emitida por la cancillería castellana durante esa asamblea, que confirma los privilegios y fueros de la ciudad de Burgos: 'Crónica de Fernando IV', p. 125; Benavides, Memorias, II, nº CCXV, pp. 316-22.↩︎

  105. 'Crónica de Fernando IV', pp. 125-26.↩︎

  106. Ibid., p. 127.↩︎

  107. Georges Daumet, Mémoire sur les relacions de la France et de la Castile de 1255 à 1320 (París: Fontemoing,

    1914), nº XXV, pp. 225-26.↩︎